«Voy al interior». Durante años pronuncié esa expresión con la naturalidad de quien pide un café. Nací en la ciudad de Panamá, crecí en San Miguelito y, como tantas personas, hablaba del interior sin detenerme a pensar en aquellas palabras. ¿Interior de qué? ¿Acaso la capital está fuera del territorio panameño?
No pretendo convertir una expresión cotidiana en un delito lingüístico. Yo también la utilizaba. Sin embargo, cuando comencé a vivir y trabajar en otras regiones del país, empecé a cuestionar esa costumbre y la facilidad con la que convertimos el lugar donde vivimos en una especie de medalla de superioridad. Unos presumen de capitalinos; otros defienden su provincia con uñas y dientes, como si el lugar de nacimiento viniera acompañado de un certificado de inteligencia, cultura y calidad humana.
¡Qué maravilla! Además de nacer, ya venimos con una categoría asignada por la geografía.
Mi vida en la capital tampoco fue un anuncio de prosperidad. Ganaba poco, pagaba pasajes y muchas veces caminaba para llegar a donde necesitaba. El Metro de San Miguelito facilitaba parte de mis desplazamientos y me permitía gastar menos en transporte que en otros lugares donde trabajé. Pero también me preocupaba la delincuencia en mi entorno y debía transitar por ciertas zonas de madrugada.
Y estaban los tranques, ese fenómeno que parece exigirle al trabajador algo más que puntualidad: poderes sobrenaturales. Una sale temprano para llegar a tiempo, pero basta un imprevisto para que la demora termine siendo responsabilidad de quien iba camino al trabajo. El tranque no puede presentarse ante el jefe a explicar sus motivos; una sí. Al parecer, además de cumplir con nuestras obligaciones, debemos adivinar el futuro. ¡Qué modernidad! Trabajadores obligados a desarrollar habilidades de clarividencia.
La capital tenía sus ventajas y sus dificultades. Yo todavía no sabía cuánto podía costar trabajar lejos de casa.
Mi profesión me llevó a Isla Colón, en Bocas del Toro. Acepté aquella oportunidad porque quería trabajar y ejercer como docente. La isla es hermosa, tiene paisajes dignos de una postal turística y recibe visitantes atraídos por su belleza. Pero las postales tienen una ventaja extraordinaria: no incluyen las facturas.
En el lugar donde vivía no contábamos con suministro de agua potable, así que debía comprar garrafones para beber. Había que cubrir el alquiler, la alimentación y otros gastos cotidianos. También experimenté dificultades para conseguir medicamentos y acceder a servicios de salud. Para llegar a tierra firme, debía pagar una lancha y después el transporte terrestre. Si necesitaba algo que no encontraba en la isla y no podía trasladarme ese día, tocaba esperar hasta el siguiente. Durante las huelgas y los cierres de vías, podían agravarse los problemas de abastecimiento.
La belleza del lugar no desaparecía por esas dificultades, pero tampoco las resolvía. Un destino puede ser maravilloso para quien llega de vacaciones y complicado para quien tiene que sostener allí su vida. No es una contradicción: es la diferencia entre visitar un paisaje y pagar por vivir en él.
También me preocupaba la posibilidad de un desastre natural y las dificultades que podría implicar una evacuación. No contaba con un seguro de vida que me ofreciera protección adicional. No fue la única razón para marcharme, pero formaba parte de una realidad que no podía ignorar.
Después continué mi camino laboral y llegué a Coclé. Hoy sigo asumiendo gastos relacionados con trabajar lejos de mi hogar en Chiriquí. En Isla Colón recibía un viático modesto, sujeto a descuentos, que no cubría todos los gastos de vivienda, alimentación y transporte. La diferencia salía de mi salario, con el que también debía atender las obligaciones de mi casa. En Coclé no recibo aquel viático, pero los gastos asociados con trabajar lejos de mi hogar continúan.
Y entonces aparece el famoso salario docente. Basta mencionarlo para que algunos imaginen una fortuna. Si además se habla de un viático, la fantasía financiera debe de ser extraordinaria. Lástima que el alquiler, la comida y el transporte no se paguen con la reputación de tener un buen sueldo.
Una cosa es cuánto gana una persona y otra cuánto le queda después de cubrir lo necesario para vivir y trabajar. El salario, por sí solo, no cuenta toda la historia. La aritmética puede ser poco sentimental, pero tiene una virtud: pone las apariencias en su sitio.
No cuento esto para presentar mi trayectoria como la experiencia universal de los docentes ni para afirmar que todas las provincias viven las mismas circunstancias. Tampoco pretendo decir que la capital es peor o que el interior es mejor. Cada comunidad tiene sus particularidades, sus ventajas y sus dificultades. Precisamente por eso debemos evitar convertir las experiencias individuales en sentencias sobre regiones enteras.
Lo que sí me pregunto es por qué nos resulta tan fácil discutir dónde se vive mejor y tan difícil examinar qué condiciones necesitamos para vivir dignamente. Celebramos los paisajes, la comida, las tradiciones y las particularidades de cada lugar, y hacemos bien, porque forman parte de nuestra riqueza cultural. Pero una provincia no es superior porque tenga mejores playas, ni una ciudad porque concentre más edificios, comercios o servicios. Mucho menos porque quienes viven allí decidan atribuirse una importancia especial.
El problema aparece cuando el orgullo por nuestras raíces se transforma en desprecio por las de los demás. Podemos amar el lugar donde nacimos sin convertirlo en la medida del valor humano. Podemos reconocer las ventajas de la capital sin negar sus problemas y apreciar la vida en las provincias sin disfrazar sus dificultades con fotografías de paisajes hermosos.
Aquí la conversación deja de ser geográfica y se vuelve nacional.
Panamá tiene una ubicación estratégica, recursos naturales, actividad económica y atractivos turísticos. Sin embargo, para muchas personas, trabajar, trasladarse, acceder a servicios oportunos y sostener un hogar sigue siendo una lucha cotidiana. ¿Cómo medimos entonces la prosperidad? ¿Por la riqueza que produce el país, por las oportunidades que genera o por las posibilidades reales que tienen sus habitantes de construir una vida digna?
No basta con enumerar el potencial de una nación como si las posibilidades fueran resultados. Tampoco podemos afirmar que todo está mal sin reconocer los avances y las diferencias entre comunidades. Pero sí debemos examinar la distancia entre lo que un país puede ofrecer y lo que sus habitantes consiguen experimentar en su vida diaria. Esa distancia merece preguntas serias, datos, responsabilidad pública y voluntad de corregir lo que no funciona.
Tal vez por eso las rivalidades regionales me parecen una distracción poco provechosa. Mientras discutimos quién vive en la mejor parte de Panamá, muchas personas, tanto en la capital como en las provincias, están haciendo cuentas para llegar a fin de mes. Mientras defendemos nuestro pedacito de territorio como si nos perteneciera en exclusiva, olvidamos que compartimos el mismo país y que sus problemas no siempre respetan los límites provinciales.
Con el tiempo he aprendido que cambiar de lugar no solo modifica el paisaje: también puede cambiar la manera en que interpretamos lo que antes dábamos por sentado. Yo misma tuve que revisar mis palabras y mis ideas. No perdí mis raíces por hacerlo; gané perspectiva. Comprendí que ninguna región merece ser idealizada ni condenada por completo y que, detrás de las etiquetas geográficas, hay personas que trabajan, se esfuerzan, se equivocan, sueñan y procuran salir adelante.
Quizá esa sea una de las lecciones más sencillas y, a la vez, más difíciles de aceptar: el lugar donde nacemos no nos hace superiores; la capacidad de revisar nuestros prejuicios nos permite crecer. Reconocer que estábamos equivocados en algo no nos empequeñece. Al contrario, nos libera de la obligación de tener siempre la razón.
La próxima vez que diga «voy al interior», quizá recuerde que no estoy abandonando el centro de Panamá para entrar en una región secundaria. Simplemente me estoy trasladando de un lugar a otro dentro de mi propio país. Parece poca cosa, pero a veces el pensamiento comienza cuando dejamos de repetir una frase y empezamos a preguntarnos qué significa.
Si de verdad queremos sentir orgullo por Panamá, debemos ir más allá de sus paisajes, sus símbolos y las discusiones sobre qué región es mejor. También debemos preguntarnos qué estamos haciendo para que vivir aquí sea más digno para quienes lo habitan.
Porque un país no se vuelve próspero solo porque tenga riqueza, ni una persona se vuelve superior por vivir en determinada región. La verdadera medida está en lo que somos capaces de construir con lo que tenemos y en las condiciones que hacemos posibles para los demás.
Al final, la pregunta no es qué parte de Panamá es mejor. La pregunta es por qué, teniendo tantas posibilidades como país, todavía hay tantas personas para quienes vivir bien parece un lujo.
La autora es profesora de filosofía.


