Yo estudié mi maestría en la Universidad de Panamá entre 1990 y 1994. Allí nunca sentí un temblor. En Guatemala y en Panamá distinguimos entre temblor, o simplemente sismo, para un movimiento sísmico leve, y terremoto para algo fuerte. Pero lo de Panamá fue algo realmente fuerte, aun para los que estamos acostumbrados a terremotos, aunque quizás uno nunca llega a “acostumbrarse”.
Al oír la noticia del terremoto de Panamá el pasado viernes y, principalmente, conocer su magnitud, perdí un tanto mi ubicación; realmente me descompuse. Vinieron a mi mente todos mis profesores de la Universidad de Panamá y mis compañeros de estudio, hoy amigos de toda la vida. Escuchaba los relatos de los residentes de la ciudad de Panamá, quienes se veían realmente conmocionados, pero no observaba daños. Yo, que había vivido un terremoto en Guatemala de magnitud 7.5 que dejó más de 20 mil muertos, ya imaginaba un paisaje dantesco, pero afortunadamente no fue así. La ciudad de Panamá resistió bastante bien: osciló con el sismo.
Mientras observo un mapa de las placas tectónicas de Panamá, veo que Panamá se encuentra en una zona de contacto entre la placa de Nazca y la microplaca de Panamá, y en una interacción compleja con la del Caribe, la de Cocos y la Sudamericana. Esta configuración convierte al istmo en una zona de transición donde se acumulan tensiones, como lo esquematicé aquí, en La Prensa, en mi artículo del 5 de abril de 2026.
Al ver el dibujo de las placas, me parece increíble la relativa estabilidad sísmica de Panamá, aunque realmente está encima de placas en intenso movimiento relativo en el Cinturón de Fuego. La ciudad de Panamá está sobre roca, lo que ayuda a que las construcciones sean más estables. Y, sin embargo, el viernes 9 de octubre de 2026, poco después del mediodía, esa relativa estabilidad se interrumpió. El sismo de magnitud 7.7 tuvo su epicentro cerca de Pitaloza, en la provincia de Herrera, en la península de Azuero, a una profundidad somera de apenas 12 kilómetros. Fue superficial, y eso importa: cuanto más cerca de la superficie, más intensa es la sacudida en las zonas próximas.
La causa fue la liberación súbita de energía acumulada durante años en el sistema de fallas activas Azuero-Soná. Según el mecanismo focal del USGS, Servicio Geológico de los Estados Unidos, se trató de un movimiento de deslizamiento lateral izquierdo: dos bloques de roca que se deslizaron horizontalmente uno respecto del otro. No fue un empuje directo de subducción clásica, sino el deslizamiento a lo largo de una falla transformante dentro de esa zona de convergencia oblicua entre la placa de Nazca y la microplaca de Panamá.
Varios testigos panameños reportaron: “Se escuchó un ruido feo que venía del subsuelo”. No es imaginación ni un fenómeno paranormal: es la firma acústica de una ruptura sísmica superficial y energética, producto de un deslizamiento horizontal. Un testigo en Santiago describió exactamente eso: primero oyó un ruido como de un camión o un tren de carga y luego empezó a temblar.
El terremoto de Panamá de 2026 y el de Guatemala de 1976 fueron, en lo tectónico, parecidos. Ambos fueron de magnitud cercana a 7.5-7.7, de deslizamiento lateral, superficiales y con intensidad máxima IX en la escala de Mercalli. El de 1976 ocurrió en la falla de Motagua, a unos 5 km de profundidad, a las tres de la mañana. El de Panamá, en el sistema Azuero-Soná, a unos 12.6 km, al mediodía. Ninguno fue de subducción clásica. Sin embargo, uno dejó más de 23 mil muertos y el otro, según los primeros reportes, ninguno. La diferencia no está en la fuerza del planeta. Está en lo que había encima. En 1976, la sacudida fuerte golpeó zonas densamente pobladas, con muchísimas casas de adobe, un material de construcción hecho de arcilla o tierra. La gente estaba durmiendo. La ruptura se extendió cientos de kilómetros y atravesó áreas muy habitadas.
En Panamá, el epicentro estuvo en una zona rural de la península de Azuero, lejos de la capital. Las construcciones tienen, en promedio, mejor resistencia y el país lleva décadas con códigos de construcción. La población expuesta a la sacudida más intensa fue muchísimo menor que la expuesta en aquel trágico terremoto de Guatemala de 1976.
En agosto, al hablar del terremoto del Chocó colombiano, recordé que no basta con saber que vivimos sobre placas en movimiento: hay que construir de manera sismorresistente. No se trata de construir estructuras “completamente antisísmicas” —algo carísimo y casi imposible—, sino estructuras que resistan liberando energía primero en elementos no estructurales y, si es necesario, en los estructurales, pero sin colapsar, para salvar vidas.
Hay que aclarar que los recientes terremotos de Venezuela, de Chiapas-Guatemala, de Colombia y ahora este de Panamá, todos de 2026, no se desencadenan entre sí. Obedecen a sistemas de placas distintos. Pero todos nos recuerdan lo mismo: el planeta se mueve y la preparación no tiene temporada.
Se reporta que los mayores daños del terremoto se registraron en las provincias de Los Santos, Herrera, Coclé y Veraguas. Junto a eso, también se reporta que las construcciones de la ciudad de Panamá, principalmente sus altos edificios, resistieron bien el sismo.
Desde Quetzaltenango, Guatemala, expresamos nuestra solidaridad con los hermanos panameños, esperando que la calma retorne lo más pronto posible. Saludos.
El autor es ingeniero químico con especialización en matemática. Actualmente dirige el Instituto de Investigaciones de Ingeniería de la Universidad de San Carlos en Quetzaltenango.


