Nada puede impedir un terremoto, pero sí podemos reducir sus consecuencias. Podemos tener la ilusoria convicción de que estamos plantados de manera segura sobre el piso, pero los eventos acaecidos el pasado 9 de octubre dejaron claro que eso no es más que una cómoda decisión mental.

Invitado por amigos voluntarios, pude ver de primera mano lo que un gran terremoto es capaz de hacerle a una estructura. Y viví una experiencia que me recordó lo frágil de la vida y la inmensa levedad de ser. Dentro de una estructura colapsada, viví una réplica significativa. Estando cerca del epicentro y con todos mis sentidos en alerta, les aseguro que es aterrorizante, pues la sensación de impotencia ante semejante fuerza es aleccionadora. Nada que hacer, solo orar y esperar.

Pero salimos sanos y asustados, gracias a Dios.

No puedo plasmar con palabras el silencio de una comunidad asustada. Si bien unas 60 o 70 personas estaban a menos de 30 metros de donde me encontraba a cada paso, podía escuchar mis pensamientos mientras revisaba estructuras afectadas.

Este terremoto dejó claro que existen demasiadas carencias en la inspección y el seguimiento de las obras que se llevan a cabo en el interior, especialmente en lugares de difícil acceso. Si bien la gente de esas comunidades construye con lo que puede, en el pedazo de tierra que puede conseguir y con poco dinero, pues la pobreza es su mayor esclavitud, la falta de supervisión de las autoridades es sonora, por decir lo menos.

¿Quién autoriza construcciones en laderas de cerros? ¿Quién otorga permisos de construcción en áreas inundables? ¿Cómo los políticos en campaña saben llegar a cada rincón alejado a buscar votos, pero las autoridades de servicios públicos no llegan allá?

La peor desgracia que sufre mi gente de campo es el hambre, la falta de oportunidades y el olvido estatal. Y es una desgracia que viene desde mucho antes del terremoto. Tal vez esta tragedia ha servido para ver “el otro país”. Es un país donde no hay agua potable, en donde el desayuno, el almuerzo y la cena son sueños lejanos, ya que allá se come cuando se consigue algo para comer. La definición de casa es apenas un lugar donde uno no se moje tanto y donde se pueda tener la posibilidad de echarse en una hamaca o en el suelo a reposar las fatigas y el hambre del día.

El otro país existe, pero lejos de la mirada de los gobiernos. Los políticos saben de su existencia, pero solamente la honran cada cinco años, cuando significa la perpetuación de su curul. Una lámina de zinc, cinco libras de arroz, tal vez diez palitos y “gracias por volver a darme una vida de lujos a mí y a los míos… nos vemos en cinco años”.

La peor catástrofe que vivimos no es un asunto natural. Los políticos enquistados por décadas en curules con la única intención de legislar para sus bolsillos son peores que cualquier terremoto. Gracias a su corrupción, en el país existe tanta gente pobre, que sufre y padece por falta de lo más básico, como son el agua, los alimentos, la salud y la educación. Pero lejos de cambiar su torcido rumbo, esos políticos parásitos defienden, con una cara más dura que el concreto, su derecho a exigir planillas que paga la gente del país. ¡Carajo!

Poder ver cara a cara el monstruo de la desigualdad no da miedo: da mucha rabia. Y la molestia surge de pensar cuántas casas, carreteras, escuelas y hospitales se pudieron construir en esos sitios apartados con el dinero que termina en el bolsillo de algún panzón sinvergüenza para el que la vida es beber whisky y tener queridas con salarios que le caen del cielo, mientras a 15 minutos de una calle hay niños que se acuestan en la tierra húmeda y con hambre. ¡Recarajo!

Amigo lector, las catástrofes que hay en las curules más señaladas del hemiciclo llegan allí de la mano de los votantes que, sumidos en la necesidad y la ignorancia, siguen empoderando a gente que representa la bajeza y la miseria humana. De manera paradójica, son esos políticos corruptos los que mantienen a sus votantes en la pobreza más terrible, pues así se aseguran de que los vuelvan a elegir.

Hay que romper el ciclo para evitar a toda costa que las catástrofes políticas sigan reinando en un país con todo el potencial de alcanzar un desarrollo pleno y equitativo para cada ciudadano.

Fuerza, Panamá, y mente a la hora de elegir. No más corruptos.

El autor es ingeniero civil y escritor.