En su libro Vida contemplativa, Byung-Chul Han nos habla del elogio de la inactividad. Al inicio de la obra podemos encontrar estas hermosas frases: “La inactividad es una forma de esplendor de la existencia humana” y “La vida solo recibe su resplandor de la inactividad”. Este libro me recordó otro que se llama El goce de la vida, de Lin Yutang, un libro de filosofía que habla del arte de echarse en una cama, disfrutar del té o de una simple conversación.
Uno de mis grandes placeres es encerrarme en mi biblioteca personal y no hacer nada, ni siquiera leer. Solo pensar y mirar mis libros. Miro sus lomos y, a veces, tomo uno solo para acariciarlo y recordar cómo llegó a mi estudio. Me abandono al ocio total y a mis pensamientos. No me preocupo por ser eficiente, ni rendir, ni ser funcional. Es un momento que me hace feliz porque no existe la angustia de producir nada.
Pienso que esta inactividad es otra forma de leer. La contemplación sin hacer nada es una forma de leer la vida desde el silencio. Abogo por una pedagogía del silencio y de no hacer nada como una aproximación a la felicidad que nos ayude a ordenar los pensamientos. En las escuelas debería haber un programa basado en la inactividad.
Anualmente celebramos en Panamá la Semana del Libro, que va del 22 al 29 de septiembre. Lo hacemos desde 1926. Siempre recordamos a ese amigo que es el libro haciendo murales o algunas actividades culturales. Está bien y es una forma de honrar al libro como una de las invenciones más importantes para transmitir el conocimiento. Sin embargo, podemos sumar a esto una idea más creativa y desafiante.
La escuela suele estar organizada en función de la productividad: estudiar, aprender, competir, rendir, demostrar, evaluar. ¿Qué tal crear un programa cultural en la Semana del Libro para reivindicar el derecho al ocio contemplativo, al silencio y a la conversación sin utilidad? Crear espacios en la biblioteca escolar donde se pueda no hacer nada, mirar libros, conversar o leer por placer, sin entregar nada a cambio. No trato de promover la holgazanería sin propósito; todo lo contrario: se trata de garantizar un espacio-tiempo escolar donde la comunidad pase el rato en la biblioteca o en los alrededores, sin obligación de aprender ni de ser evaluada, y donde el libro sea una invitación.
Una Semana del Libro donde no sea obligatorio leer, sino que se fomente el encuentro y la convivencia. Sin evaluaciones ni producto final. Donde la lectura no sea un deber, sino una carta de invitación, una cata de libros, un viaje de placer; donde el silencio se convierta en conversación, el aburrimiento sea bienvenido y la biblioteca sea una sala para pensar y contemplar sin preocupaciones por las tareas y el rendimiento escolar.
Bastaría un espacio con sillones, cojines, alfombras, petates, plantas y mesas bajas. Con el reloj cubierto, porque el tiempo es un distractor. Se colocarían carteles creativos como: “Aquí no se rinde, se piensa”, “Prohibido hacer tareas hoy”, “Puedes mirar los libros sin leerlos, son tus amigos”, “Aquí se viene a postergar el destino”, “Se vale no hacer nada” y “No hacer nada es pensar en silencio”.
Escribe el filósofo Lin Yutang que una vez escuchó a un viejo estudioso chino decir: “Hablar durante una noche es mejor que estudiar libros durante diez años”. Quiere decir que un momento de gran felicidad consiste en tener una buena conversación con un amigo. Añade: “Los sabios rara vez saben hablar, y los que hablan rara vez son sabios”. Estoy seguro de que muchos hemos podido comprobar esta afirmación. La humildad suele encontrarse en el silencio y en los lugares más ociosos.
“La verdadera felicidad se debe a lo vano e inútil, a lo reconocidamente poco práctico, a lo improductivo, a lo propio del rodeo, a lo desmedido, a lo superfluo, a las formas y a los gestos bellos que no tienen utilidad y que no sirven para nada”, nos dice Byung-Chul Han. Algo similar podemos parafrasear de Mario Bunge: lo inútil es útil en la medida en que sirve contra el poder arbitrario. La filosofía o la poesía parecen cosas inútiles que hacen perder el tiempo, pero es un tiempo libre para detenerse a pensar, y el pensamiento es peligroso para el poder.
La propuesta de no hacer nada no significa cruzarse de brazos y ver cómo se acaba el mundo. La contemplación y el silencio fortalecen las ideas y el pensamiento porque no los obligan a justificarse. Los liberan de la utilidad inmediata. Una escuela que solo produce respuestas enseña a obedecer; una escuela que también cultiva el silencio, la conversación y el ocio contemplativo enseña a pensar y a cuestionar.
El autor es escritor.

