Yo no quería irme de Panamá. El 20 de octubre de 1987, bajo la dictadura de Manuel Antonio Noriega, militares vestidos de civil allanaron y saquearon mi editorial; la persecución terminó obligándome a salir del país.
Dejar a mi hijo de siete años me partió en dos: tuve que ponerme a salvo lejos de él, cuando lo que más necesitaba era tenerlo cerca. Me dolía seguir viviendo mis días sin compartir los suyos, lejos también de mi madre, de mi hermano y de nuestra familia. Mi vida estaba aquí, en lo que amaba, en lo que todavía realizaba y en lo que soñaba hacer. Eso es también el arraigo: poder dejar algo a medias porque se confía en estar allí para terminarlo.
El 10 de julio de 1987 salí vestida de blanco como otras veces, pañuelo en mano, a la concentración pacífica convocada por la Cruzada Civilista Nacional alrededor de la iglesia del Carmen. Protestar era una manera de decir «¡basta!». Las unidades antimotines de las Fuerzas de Defensa, conocidas como los «Doberman», respondieron con gases lacrimógenos, perdigones, golpes y detenciones.
El aire ardía. Había que encontrar una esquina, una puerta, cualquier lugar donde esconderse. Logré hacerlo. Otros no. De aquellas horas no conservo una secuencia perfecta; recuerdo que habíamos llevado blanco para decir paz y el poder respondió como si la paz fuese una amenaza. La Gran Marcha Blanca quedó en nuestra memoria como Viernes Negro.
La violencia llegó también a las redacciones. La Prensa había estado sometida a censura previa, con zonas de sus páginas dejadas en blanco. El 21 de julio publicamos la separata Nunca más, que denunciaba las torturas sufridas por detenidos en la Cárcel Modelo. Cinco días después, las Fuerzas de Defensa ocuparon el diario y ordenaron su clausura. El blanco cambiaba de significado: en la ropa había sido una voluntad de paz; sobre el papel mostraba lo que no se permitía decir.
Yo hice aquella separata. No llevaba mi nombre. Para prepararla, recogí en las oficinas de Derechos Humanos fotografías de personas torturadas y golpeadas, denuncias y testimonios de quienes recuperaban la libertad. Había estado en la calle aquel Viernes Negro; ahora tenía delante las huellas de lo sufrido después por algunos detenidos. Editar era mi manera de impedir que aquel sufrimiento quedara sin ser escuchado.
Dirigía suplementos educativos y asesoraba en la sección Revista de La Prensa; era, además, propietaria de la editorial JRW, S.A. Como psicóloga jungiana, educativa y social, entendía la escritura y la edición como maneras de formar conciencia y ensanchar el conocimiento de nuestra patria, sus gentes y su cultura. Creía, y sigo creyendo, que aprender y crear nos ayudan a vivir con más libertad y a reconocer al otro como semejante. Como democratacristiana, comprometida con la justicia social y la dignidad humana, participaba en la oposición al régimen militar. Desde el diario me advirtieron que me vigilaban. Tardé en comprender cuánto podían alterar mi vida dos palabras: me buscaban.
El 20 de octubre entraron en mi editorial, en la avenida Justo Arosemena. Yo aún no había llegado. Al no encontrarme, detuvieron a personas que trabajaban conmigo. Me buscaban por mi actividad política, por mi lucha por la democracia y por haber elaborado Nunca más, el suplemento que narraba lo sucedido en las calles y después con los detenidos; sin embargo, la persecución dirigida contra mí cayó sobre mi gente, que día a día colaboraba conmigo. Ya no bastaba con ponerme a salvo. Tenía que ayudarles.
Entre los detenidos estaban Anita y Rein Blumenberg, mis asociados chilenos; miembros del personal de secretaría y de ventas de publicidad; y un muchacho muy joven que diseñaba y armaba nuestros suplementos y anuncios. Los Blumenberg dirigían también la escuela Nueva Acrópolis, que funcionaba en el mismo edificio.
Horas después regresaron con un camión y vaciaron las oficinas. Saquearon también la escuela. Se llevaron todo. Cada objeto tenía detrás trabajo, tiempo, una decisión tomada cuando todavía era posible confiar en el día siguiente. Nos despojaron del lugar y de los medios con que nos ganábamos la vida.
Al joven diseñador lo arrojaron al mar. Tuvo que nadar hasta alcanzar la orilla de la isla de Coiba, entonces sede de una colonia penal. Sobrevivió. Su vida había dependido de que pudiera llegar a tierra.
A Anita y Rein los deportaron con la ropa que llevaban puesta. Ser extranjeros no volvía provisional su trabajo ni menos real su pertenencia. Los expulsaron de una vida que también era suya.
Poco después, las amenazas llegaron a mi casa. El miedo había aprendido nuestra dirección. Entonces yo era Julia Regales de Wolfschoon, casada. Había que proteger a nuestro hijo, cuidar a mi madre, a mi hermano y su familia, ayudar a quienes estaban presos. Permanecer tenía un riesgo; salir dejaba personas y obligaciones que ninguna frontera iba a cancelar. Cada posibilidad hería algo que quería salvar.
Dejamos de dormir en nuestro hogar. Una mañana, antes de las seis, mi amiga Lilia de Sobrino y yo fuimos a ver al mayor Madriñán, del Departamento Nacional de Investigaciones. Yo quería saber por qué habían detenido a mi gente, por qué me buscaban. Encontré pocas respuestas. Me advirtió que me cuidara y que no se permitiría que más personas protestaran en las calles. Salimos de su casa, cerca de la mía, con más preocupación.
Pocos días después, unos vecinos nos alertaron de que volvían a buscarnos: según nos dijeron, habían captado comunicaciones militares por radio. Hubo que cambiar de lugar, usar calles distintas, evitar que una dirección conocida se convirtiera en una trampa.
Busqué también la intercesión de Fernando Manfredo, entonces subadministrador del Canal. Fuimos a escondidas a sus oficinas en Balboa para hablar de los detenidos. Hicimos cuanto pudimos. La editorial estaba saqueada; mi hijo y mi familia, aterrados. Una y otra vez me decían que debía salir de inmediato.
Una de las crueldades del destierro es esa: quienes quisieran retenernos tienen que pedirnos que nos vayamos. No me despedía de una vida concluida; me arrancaba de una vida interrumpida.
Salí por carretera hacia Costa Rica, en un automóvil privado, con una amiga de mi edad. No conservo el día exacto. La memoria perdió la fecha y guardó el miedo: la frontera, la aduana, la sospecha de que una pregunta pudiera detener el viaje. Me mezclé con pasajeros que bajaban de los buses mientras ella hacía los trámites del automóvil. Después seguimos hasta San José.
Salí casi sin dinero, con apenas lo necesario para sobrevivir. Tener una vida construida no significa poder llevársela: una empresa saqueada no se convierte en sustento al otro lado de la frontera, ni los años de trabajo se cambian por comida. Cruzar no resolvió el miedo; solo cambió su geografía. Mi familia seguía en Panamá. La distancia me dejaba lejos de quienes padecían el daño, pero no me libraba de él.
Mi exilio había comenzado antes de la aduana: cuando comprendí que llegar a mi propia oficina podía significar no regresar a casa. No todos soñábamos con caminos. Algunos queríamos una mesa en el mismo sitio.
Fue una etapa dura, de soledad, en un país que no conocía. Conseguí que un periódico me diera espacio para hacer suplementos especiales y así sobrevivir y ayudar a mi familia en Panamá. Cerraba los ojos y las lágrimas se me escapaban. Lo que más me dolía era estar lejos de los míos cuando tanto necesitábamos estar juntos. Aprendía que, aun estando lejos, la familia y el país estaban conmigo. Comencé también a trabajar por la democracia en otros países de Centroamérica, dictando cursos y organizando seminarios. Regresé a Panamá antes de las elecciones de 1989.
Por eso, al pensar en quienes tienen que abandonar su país, me detengo en lo que dejan: los seres queridos, el trabajo, todo aquello que daba sentido a sus días. También llevan consigo conocimientos, cultura, una manera de amar y de mirar el mundo. Quisiera que supiéramos recibir esa vida entera, incluso lo que todavía no encuentra palabras.
Creo en Dios, en la paz y en la posibilidad de que el dolor no tenga la última palabra. He dedicado mi vida a la psicología educativa y social y a la escritura porque me importan las personas, lo que pueden conocer, crear y llegar a ser. Quiero que esta memoria ayude a cuidar esa libertad sencilla y enorme de educar a un hijo, escribir un libro, abrir la puerta de nuestra casa sin temor.
Hoy cuento lo ocurrido por mi familia y por quienes sufrieron conmigo. Sobrevivir no debe borrar lo que nos hicieron. Treinta y nueve años después, sigo queriendo lo mismo que entonces: vivir en mi país, trabajar y crear con libertad y democracia.
Que nunca más el miedo tenga nuestra dirección.


