Hay frases que envejecen mal y otras que adquieren un significado distinto cuando cambian las circunstancias de quien las pronunció.

En julio de 2019, Delcy Rodríguez estaba en Managua, Nicaragua, celebrando el 40.º aniversario de la Revolución Sandinista cuando lanzó una de sus expresiones más contundentes contra Donald Trump: «Nunca más seremos el patio trasero de ustedes». No se quedó allí: le pidió que sacara sus manos de Nicaragua, Cuba y Venezuela y que se mantuviera «bien lejos» de las patrias de Martí, Fidel, Sandino, Chávez y Bolívar.

Después
Antes
Delcy Rodríguez en Managua, 2019Delcy Rodríguez en Nueva York, 2026

Siete años después, el pasado 23 de septiembre, la misma dirigente, ahora como presidenta encargada de Venezuela, llegó a Nueva York con un discurso difícilmente imaginable en aquella tribuna de Managua.

Ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, agradeció al presidente Trump y a su gobierno «por su disposición a retomar el camino de las relaciones diplomáticas y de cooperación con Venezuela». Habló de diálogo, cooperación económica, seguridad, lucha contra el crimen transnacional y relaciones energéticas. Incluso presentó el reciente acuerdo petrolero entre Estados Unidos y Venezuela como uno de los más importantes alcanzados últimamente entre ambos países.

El contraste es evidente, pero reducirlo a una contradicción personal sería quedarse en la superficie. Lo que está ocurriendo alrededor de Delcy Rodríguez parece revelar algo más complejo: la capacidad de una figura central del chavismo para modificar su discurso, adaptarse a una nueva realidad geopolítica e intentar convertirse en la interlocutora de una Venezuela que busca reconstruir sus relaciones con Estados Unidos y la comunidad internacional.

Rodríguez no es una figura ajena al chavismo ni llegó al poder con Nicolás Maduro. Su trayectoria dentro del proyecto político comenzó durante el gobierno de Hugo Chávez, cuando ocupó distintos cargos públicos, y se consolidó con Maduro como canciller, vicepresidenta ejecutiva y una de las figuras de mayor peso político del chavismo. Ella misma recordó esa trayectoria al comenzar su intervención ante las Naciones Unidas.

Por eso resulta especialmente significativo el lenguaje que utiliza ahora. En Nueva York habló de una «transformación democrática», de fortalecer las instituciones, reformar el sistema de justicia y garantizar condiciones reales de participación para todas las fuerzas políticas. También propuso cerrar una etapa en la que Venezuela estuvo dividida «entre trincheras» y dar paso a un nuevo tiempo político basado en el diálogo y la reconciliación. Ese diagnóstico adquiere un peso particular viniendo de una dirigente que ocupó posiciones centrales durante buena parte de ese período. A ello sumó una frase que habría tenido un significado muy diferente años atrás: «En Venezuela habrá elecciones», aunque no estableció cuándo y señaló que será el pueblo venezolano el que determinará «el momento correcto».

Esa ausencia de calendario no es un detalle menor. La promesa de elecciones puede ser una señal de apertura, pero por sí sola no permite determinar el alcance de la transformación anunciada. La prueba estará en las condiciones de participación, las garantías institucionales, la competencia política y la posibilidad de que todas las fuerzas puedan concurrir. La propia Rodríguez pareció reconocerlo cuando sostuvo ante la ONU que la democracia no se mide solamente por la existencia de elecciones, sino por la calidad de la competencia que las precede.

Mientras tanto, algo comienza a cambiar fuera de Venezuela. Gobiernos que durante años cuestionaron al chavismo empiezan a relacionarse con Rodríguez como interlocutora del Estado venezolano. Eso no significa necesariamente que hayan legitimado todo lo ocurrido anteriormente ni que exista consenso sobre su gobierno, pero la distancia que mantenían algunos gobiernos comienza a dar paso a una mayor interlocución.

El presidente paraguayo, Santiago Peña, por ejemplo, llegó a Nueva York después de visitar Caracas y reabrir el diálogo con Venezuela. Ante las Naciones Unidas, pidió una transición democrática «real y duradera» y planteó una Venezuela con instituciones fuertes, seguridad, prosperidad económica y nuevamente integrada a la comunidad internacional y al Mercosur.

Es una distinción importante: conversar con Rodríguez no equivale necesariamente a validar políticamente su gobierno, pero cada encuentro bilateral, cada negociación y cada espacio multilateral en el que es recibida fortalece su condición de interlocutora internacional.

Y ninguna imagen representa mejor ese cambio que su encuentro con Donald Trump en Nueva York. El mismo dirigente estadounidense al que Rodríguez enfrentaba desde Managua en 2019 se reunió ahora con ella durante la Asamblea General. La fotografía tiene una enorme carga política: quien hace siete años decía a Trump que mantuviera sus manos lejos de Venezuela ahora conversa con él sobre petróleo, deuda, inversión y reconstrucción de las relaciones bilaterales.

7.9
millones de refugiados y migrantes venezolanos viven fuera de su país, según ACNUR.
180%
Relación de la deuda-PIB en Venezuela, según cálculos del FMI. No se incluye posibles fallos judiciales o arbitrajes.
65,000
millones de barriles. Reservas petroleras venezolanas que, según Estados Unidos, están comprendidas en el acuerdo anunciado por la Casa Blanca.

¿Cambió Delcy Rodríguez o cambiaron las circunstancias? Probablemente esa sea una de las preguntas más relevantes del momento venezolano, porque hasta ahora no hay una ruptura explícita de Rodríguez con el chavismo del que formó parte, pero sí existe una ruptura evidente con parte de su antigua retórica internacional. Estados Unidos, que antes aparecía casi exclusivamente como una potencia imperial y una amenaza para la soberanía venezolana, es presentado ahora también como socio energético, económico y diplomático.

Incluso el lenguaje con el que describe el futuro venezolano parece construido para una audiencia mucho más amplia que la base tradicional del chavismo. Habla de reconciliación, pluralidad, seguridad jurídica, inversión internacional, participación política y de un país al que puedan regresar quienes emigraron.

Puede tratarse de una transformación política genuina, de pragmatismo o de una estrategia para conservar espacios de poder mientras Venezuela se reinserta internacionalmente. También puede contener elementos de las tres cosas.

Lo que sí puede observarse es que Rodríguez intenta construir una nueva narrativa: no reniega expresamente del movimiento político del que proviene, pero busca presentarse como la dirigente capaz de conducir al país hacia una etapa distinta. Y esa estrategia comienza a producir un efecto, porque actores internacionales que antes mantenían distancia frente al chavismo ahora hablan con ella, negocian con su gobierno o condicionan una relación futura a avances democráticos.

La interlocución internacional rara vez se consolida mediante una declaración; se construye gradualmente, con una reunión, una fotografía, un acuerdo, una visita oficial, una negociación y el reconocimiento práctico de quién ocupa la silla al otro lado de la mesa.

Delcy Rodríguez parece haber entendido esa lógica. La mujer que en 2019 advertía a Washington que Venezuela nunca volvería a ser su «patio trasero» regresó siete años después a Nueva York hablando de cooperación con Estados Unidos y agradeciendo públicamente a Donald Trump.

El cambio de discurso está a la vista; queda por ver si representa una transformación de Venezuela o simplemente una nueva manera de ejercer el poder.

El autor es periodista e internacionalista.