La Organización de Estados Americanos (OEA), en su momento de mayor crisis, ha elegido como secretario general a Luis Leonardo Almagro Lemes, abogado, diplomático y político uruguayo, militante del partido Frente Amplio “con definición antioligárquica y antiimperialista”. El nuevo secretario general tiene el desafío histórico de recuperar la institucionalidad de la OEA, cumpliendo sus principios y objetivos: “Un orden de paz y justicia con la democracia como condición indispensable para la estabilidad, la paz y el desarrollo de la región”.
“No me interesa ser el administrador de la crisis de la OEA, sino el facilitador de su renovación”, ha declarado Almagro. El marco institucional de la OEA está determinado por su carta constitutiva, la Carta de Bogotá de 1948, reformada por los protocolos de 1967, de 1985, de 1992 y de 1993. La OEA es un “organismo regional” dentro de la Organización de Naciones Unidas (ONU).
La democracia representativa es fundamento, objetivo y parte de la naturaleza misma de la OEA. Almagro es militante de un partido que ha llegado al poder luego de la recuperación de la democracia tras las dictaduras militares. Expresó que su gestión “dará prioridad a la seguridad ciudadana, la prevención de conflictos sociales, la prevención y gestión de desastres naturales en el Caribe y Centroamérica, la interconectividad en el Caribe y a la calidad de la educación”, y ratificó su intención de “lograr la reincorporación plena de Cuba” a la organización. Pero mientras era elegido, ciudadanos venezolanos se manifestaban pidiendo democracia y la liberación de los presos políticos en su país y sobre temas de democracia, sobre los que el nuevo funcionario no ha dicho nada aún.
La OEA está hoy polarizada. Aunque se describe la confrontación como ideológica a partir de las posiciones autoproclamadas de izquierda y antiimperialistas del grupo del ALBA, o socialismo del siglo XXI, la naturaleza real de la crisis en la OEA es de democracia. La OEA y el secretario Insulza han sido incapaces de aplicar los principios y disposiciones vigentes en el sistema interamericano, y han amparado y respaldado procesos de ruptura de la democracia, auspiciando la instalación y sostenimiento de los gobiernos no democráticos impulsados por Castro y Chávez, en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua.
El eje de confrontación en las Américas y al interior de la OEA no es de izquierdas contra derechas, ni siquiera de progresistas contra conservadores; es de dictaduras frente a democracia. La prueba son los gobiernos de izquierda que respetan la democracia y el estado de derecho, como Chile, Uruguay, Brasil…, a cuyos líderes no se les ha ocurrido suplantar sus constituciones políticas para permanecer indefinidamente en el poder, utilizar el poder judicial para perseguir y reprimir, terminar con la libertad de prensa y tener presos y exiliados políticos.