Durante décadas, Panamá construyó su reputación como centro bancario internacional sobre una premisa sencilla: estabilidad, confianza, apertura financiera y capacidad para atender capitales provenientes de distintas partes del mundo.

Pero el escenario está cambiando.

En los próximos cinco años, Panamá podría enfrentar un proceso de concentración bancaria en el que algunos bancos no desaparecerán necesariamente por falta de clientes o de negocios, sino porque el costo de cumplir con las nuevas exigencias regulatorias puede terminar haciendo económicamente inviables determinados modelos de operación.

La pregunta ya no es solamente cuántos bancos tiene Panamá.

La verdadera pregunta es: ¿cuántos bancos podrá sostener económicamente el mercado panameño cuando el costo del cumplimiento regulatorio continúe aumentando?

Después
Antes
Panamá consolidó durante décadas un centro bancario internacional caracterizado por la expansión, la diversidad de instituciones y la llegada de capital extranjero.Mayores costos regulatorios y tecnológicos podrían impulsar fusiones y reducir el número de bancos, concentrando cada vez más el mercado.

La banca moderna requiere inversiones cada vez mayores en prevención del blanqueo de capitales, conocimiento del cliente, identificación del beneficiario final, monitoreo de transacciones, gestión de riesgos, tecnología, ciberseguridad, auditoría, gobierno corporativo y personal especializado.

Cada nueva obligación tiene una justificación prudencial. El problema aparece cuando el costo acumulado de todas esas obligaciones comienza a superar la capacidad de generación de ingresos de determinadas instituciones.

Y allí surge una paradoja.

Una regulación diseñada para fortalecer el sistema financiero puede terminar favoreciendo, indirectamente, una mayor concentración del sistema.

Los grandes bancos tienen una ventaja estructural: pueden distribuir los costos regulatorios y tecnológicos entre una mayor cantidad de clientes, operaciones y productos. Un banco pequeño, en cambio, puede enfrentar prácticamente las mismas obligaciones de cumplimiento, pero sobre una base de ingresos mucho menor.

El resultado económico puede ser previsible: algunos bancos tendrán que aumentar sus inversiones; otros tendrán que reducir operaciones; algunos podrían abandonar determinados segmentos de negocio y otros podrían buscar alianzas, fusiones o compradores.

No necesariamente será una crisis bancaria.

Puede ser algo más silencioso: una transformación progresiva del mapa bancario panameño.

El problema tampoco se limita a la regulación bancaria tradicional.

A las exigencias de capital y gestión de riesgos se agregan las obligaciones relacionadas con la prevención del blanqueo de capitales, la transparencia sobre beneficiarios finales, los controles sobre operaciones internacionales, la protección al consumidor financiero, la tecnología y las nuevas reglas sobre comisiones y productos bancarios.

Todo esto tiene un costo.

Y ese costo, finalmente, alguien tiene que pagarlo.

Si no puede trasladarse al cliente mediante comisiones o precios, tendrá que absorberlo el banco mediante una menor rentabilidad. Si la rentabilidad cae demasiado, el accionista tendrá que preguntarse si todavía tiene sentido mantener el capital invertido en esa institución.

Aquí aparece una cuestión fundamental para el futuro del centro bancario panameño:

¿Estamos regulando para tener bancos más sólidos o estamos creando condiciones que solamente los bancos más grandes podrán soportar?

La diferencia es importante.

Un sistema financiero sólido necesita regulación, supervisión y controles efectivos. Pero también necesita competencia, diversidad institucional y espacio para que bancos pequeños y medianos puedan operar de manera rentable y responsable.

Si solamente sobreviven las instituciones capaces de absorber costos regulatorios cada vez mayores, el mercado puede terminar siendo más concentrado, aunque formalmente siga siendo competitivo.

En los próximos cinco años, por tanto, podríamos observar una combinación de fenómenos: fusiones, adquisiciones, venta de licencias, especialización de algunos bancos, salida de determinados segmentos y una mayor participación de las instituciones de mayor tamaño.

No sería correcto afirmar hoy cuántos bancos desaparecerán.

67
bancos registra la memoria de la Superintendencia en el Centro Bancario Internacional en 2022.
62
bancos reportaba la Superintendencia de Bancos en su listado a julio de 2026.
$116,810
millones en depósitos del Centro Bancario Internacional al cierre de 2025, un aumento de 5.72%

Pero sí es legítimo plantear la pregunta:

¿En qué momento el costo del cumplimiento deja de ser un mecanismo de protección del sistema y comienza a convertirse en una barrera de entrada y permanencia?

Ese será uno de los grandes debates financieros de Panamá durante los próximos años.

Porque el futuro del centro bancario no dependerá únicamente de cuántos depósitos tenga el país, cuánto crédito otorgue o cuánto capital internacional atraiga.

También dependerá de algo mucho más básico:

que exista un modelo económico que permita a los bancos cumplir con todas las reglas, invertir en tecnología, mantener capital suficiente y, al mismo tiempo, seguir siendo negocios rentables.

La regulación puede fortalecer la banca.

Pero cuando la regulación crece más rápido que la capacidad económica de quienes deben cumplirla, también puede cambiar radicalmente quiénes pueden permanecer en el negocio.

El próximo gran proceso de transformación del centro bancario panameño quizá no ocurra por una crisis. Puede ocurrir por consolidación.

Y esa transformación ya merece ser discutida.

El autor es abogado.