DESIGUALDADES

¿Es sostenible nuestro desarrollo?: Jorge Luis Prosperi Ramírez

¿Es sostenible nuestro desarrollo?: Jorge Luis Prosperi Ramírez
¿Es sostenible nuestro desarrollo: Jorge Luis Prosperi Ramírez

Sobre el tema de la desigualdad, como obstáculo para el desarrollo, hay disponible una buena cantidad de publicaciones y es reconocido que Panamá es uno de los países con mayor desigualdad en el planeta, de ahí el título de este artículo. No obstante, consideré imprescindible mantener este debate porque es el más importante reto pendiente que tenemos, como país, y estamos lejos de resolverlo. Veamos.

Panamá adoptó oficialmente los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas y, casi de inmediato, para confirmar nuestra obligación, el presidente  ratificó el compromiso de Panamá con la nueva agenda de desarrollo humano, afirmando que el uso “eficiente y transparente de los fondos públicos y recursos del Estado es clave para cumplir con los 17 objetivos trazados en la agenda de desarrollo humano…”.

Según el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), nuestro crecimiento económico se mantiene robusto, cerrando 2015 en 6.0%. Los niveles de desempleo se mantienen bajos, la inversión directa extranjera ha aumentado desde 2009, y tenemos una política fiscal enfocada en una disciplina financiera y optimización de gastos públicos para alcanzar metas de inversión social, de una manera fiscalmente prudente.

Recientemente, voceros del MEF afirmaron de forma optimista que “Panamá cumplirá los objetivos de desarrollo sostenible”. Y nos prometen que, ahora sí, mejorarán la calidad de vida de la población, con un crecimiento económico inclusivo e igualdad de género. Pero, en medio de ese discurso de gran bienestar económico y felicidad, nos recuerda el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que “en Panamá existe un alto grado de desigualdad, y que el crecimiento de la economía contribuirá poco a la reducción de la pobreza, si no se disminuyen los altos niveles de esta desigualdad…”. Así mismo, es del dominio público el resumen de la “base de datos” del Banco Mundial, publicado por BBC Mundo, que muestra que nuestro país ocupa el décimo lugar en el ranking mundial de la desigualdad. Según el artículo “una cosa es la vida en esa opulenta Little Manhattan, que puede ser la ciudad de Panamá y otra la de las barriadas o el interior del país”. Los ingresos reflejan el abismo que separa a los rascacielos y las casas de precarios techos de lámina. Y agrega: “En el índice de desarrollo humano de la ONU, Panamá pierde 20 puntos cuando se incluye el impacto de la desigualdad en la medición…”.

Como si fuera poco, según las encuestas mensuales de Dichter & Neira, casi desde el inicio de la actual gestión, más del 75% de la población considera que el Gobierno se maneja con poca o ninguna transparencia. Es claro, pues, que en Panamá tenemos un “robusto” crecimiento económico que beneficia principalmente a un grupo de privilegiados, y una gran desigualdad que perjudica a los más pobres y marginados del país, a los que, dicho sea de paso, no les llegan las mieles del desarrollo.

Ya, para responder a la pregunta inicial, también existe consenso mundial en que “para alcanzar las metas de los ODS, es fundamental abordar el problema de la desigualdad. Así tenemos que, recientemente, el secretario general de la ONU, en su mensaje con motivo del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, declaró: “Los gobiernos y sociedades tienen la obligación de abordar las desigualdades socioeconómicas sistémicas y facilitar la participación de todas las personas que viven en la pobreza extrema para que puedan construir un futuro más equitativo, sostenible y próspero para todos…”.

Por su parte, el Banco Mundial manifiesta en su publicación Taking on Inequality, que “la inequidad es un obstáculo al desarrollo”. Y agrega que “la desigualdad extrema es síntoma de una sociedad fracturada, puede conducir a una pobreza generalizada, asfixiar el crecimiento y provocar conflictos sociales”. Es por ello, también, que los objetivos del Banco Mundial no consisten únicamente en poner fin a la pobreza, sino además en promover la prosperidad compartida.

Al final, a pesar de las optimistas declaraciones del Ejecutivo, que no pasan de ser declaraciones de buenas intenciones, mi opinión, como lo demuestra la información disponible, es que nuestro desarrollo no será sostenible en medio de la desigualdad predominante y serán necesarios profundos cambios estructurales en lo político y económico, que permitan abordar de forma efectiva y sistemática las causas fundamentales de la pobreza y la necesidad universal de desarrollo que funcione para todas las personas. Gobierno y sociedad estamos obligados a “dar respuestas apropiadas a las múltiples dimensiones que permiten a las personas vivir vidas que consideran valiosas…”.

Edición Impresa