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Después del silencio: educar en tiempos de pérdida y promesa

Panamá ha perdido casi un trimestre escolar. Pero lo que realmente se ha extraviado en este tiempo no es solo contenido curricular: se ha perdido continuidad, enfoque, esperanza. Es el hilo invisible que une a los niños con sus sueños y a los docentes con su vocación. Hoy, las aulas parecen haberse quedado vacías de tiempo, pero también de sentido.

Mientras los calendarios se ajustan y se intenta “recuperar” días, semanas y trimestres, la pregunta que deberíamos hacernos con urgencia es otra: ¿Qué tipo de educación estamos recuperando? ¿Una que forma? ¿O una que apenas sobrevive?

Vivimos un momento en que los estudiantes parecen cada vez más distantes del conocimiento. No porque no quieran aprender, sino porque el sistema no está sabiendo acompañarlos. Enseñamos contenidos, pero no conectamos con sus emociones. Evaluamos procesos, pero ignoramos los contextos. Pedimos esfuerzo, pero no ofrecemos dirección.

Los docentes también atraviesan un momento crítico. Mientras muchos siguen sosteniendo la educación con vocación y entrega, otros han optado por paralizar su trabajo en medio de huelgas prolongadas que, aunque nacen de demandas justas en algunos casos, también han contribuido a un rezago profundo en el sistema. ¡Y es que el derecho a la protesta no puede anular el derecho de los niños a aprender!

La educación en Panamá no puede seguir siendo rehén de intereses fragmentados. No se trata de romantizar la figura docente ni de demonizarla, sino de reconocer que estamos en un punto crítico donde todos tenemos una responsabilidad.

Porque el silencio en las escuelas no solo apagó voces: apagó futuros.

La pregunta ya no es si podremos recuperar lo perdido. Es si seremos capaces de construir algo mejor.

Y sí, hay rutas viables. Pero requieren decisiones valientes:

  • Apostar por una formación docente que incluya acompañamiento emocional y herramientas para la nueva realidad.

  • Rediseñar los programas educativos para hacerlos más flexibles, vivos y contextualizados.

  • Priorizar el pensamiento crítico, la creatividad y la empatía sobre la repetición memorística.

  • Establecer vínculos reales entre escuela, comunidad, tecnología y mundo laboral.

  • Incorporar el bienestar emocional como eje transversal, no como apéndice optativo.

Panamá no necesita una educación perfecta. Necesita una educación que escuche, que vea, que abrace y que inspire.

No podemos seguir educando en piloto automático mientras los jóvenes se desconectan del sentido de aprender. Hoy más que nunca, educar no es solo transmitir conocimiento: es encender propósito.

Después del silencio, la educación panameña está frente a una bifurcación: o seguimos remendando un modelo herido, o nos atrevemos a reimaginar una escuela que abraza a sus niños, que respeta a sus maestros y que vuelve a creer en el poder de aprender.

Y sí, aunque cueste, aunque duela, aunque parezca tarde.

Aún hay promesa.

La autora es educadora y escritora.


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