El 9 de octubre pasado, todos en Panamá sentimos miedo. Sin saber cómo, el suelo se movía, los edificios temblaban y nos dimos cuenta de que nuestra seguridad cotidiana desapareció de pronto.

Para mí, tuvo una resonancia particular. Cuando viví en Guadalajara (México), la vida me regaló esas experiencias que una nunca termina de olvidar, en repetidas ocasiones, pero especialmente en los años 2003, 2009 y 2012. Creí que aquellos recuerdos pertenecían al pasado, pero, en un segundo, regresaron la necesidad instintiva de buscar seguridad y la urgencia de saber que las personas que amo estaban bien. A la primera que llamé fue a mi mamá.

Cuando, horas después, supimos, gracias a Dios, que no teníamos que lamentar víctimas fatales, mi alivio fue también una profunda gratitud. Hay afectaciones importantes en las provincias centrales, viviendas dañadas y familias que hoy necesitan apoyo. Su situación merece nuestra solidaridad y no debe quedar relegada una vez que pase el susto. Pero también debemos agradecer que este episodio no haya tenido consecuencias humanas más dolorosas.

Y entre ese alivio y los recuerdos de México, pensé en Pancho y Alberto, mis hermanos, quienes se dedican a la construcción. Y pensé en su profesión desde un lugar mucho más personal. Durante años hemos escuchado hablar de estudios de suelo, planos, diseños estructurales, materiales adecuados y normas de construcción. Sin embargo, muchas veces, cuando llega el momento de pagar por esos servicios, aparece nuestra frase favorita: «¡Pero eso está muy caro!».

Nos cuesta invertir en aquello que no vemos. Queremos una casa bonita, una fachada moderna y acabados impecables, pero a veces olvidamos que la seguridad comienza mucho antes de colocar la primera piedra. Hay quienes construyen sin el asesoramiento de un arquitecto o un ingeniero idóneo, convencidos de que pueden ahorrarse ese costo sin mayores consecuencias.

El terremoto del viernes nos recuerda que la arquitectura y la ingeniería no son lujos. Son disciplinas que pueden marcar una diferencia fundamental en la seguridad de nuestras familias. Contratar profesionales, utilizar materiales apropiados y cumplir las normas no es un gasto superfluo; es una inversión responsable en nuestros hogares y en nuestras vidas.

Y hoy, como hermana, siento un orgullo difícil de explicar. Pienso en mis hermanos y en todos sus colegas, en sus años de estudio, en el esfuerzo que hay detrás de sus conocimientos y en la responsabilidad que asumen cada vez que participan en una obra. Y me emociona comprender que su profesión va mucho más allá del cemento, los planos y las estructuras: tiene que ver con los hogares donde crecen nuestros hijos, las familias que comparten una mesa y los sueños que transcurren entre cuatro paredes.

Obviamente, no podemos atribuir la resistencia de una ciudad únicamente a sus profesionales. Otros factores, como las características del suelo, la ubicación del epicentro y las condiciones particulares de cada edificación, juegan un papel. Sin embargo, sería injusto desconocer el valor de la planificación, el conocimiento técnico y el cumplimiento de las normas de construcción.

Las afectaciones que hoy conocemos deben servirnos para evaluar, corregir y prevenir. Necesitamos instituciones que fiscalicen, autoridades que hagan cumplir las normas y ciudadanos que comprendan que improvisar puede salirnos mucho más caro que contratar a un profesional. No basta con reparar lo que se dañó; debemos procurar que lo que construyamos mañana sea más seguro.

También debemos conservar algo hermoso que aparece en medio de estas circunstancias: la solidaridad. Las llamadas para saber si nuestros seres queridos están bien, la preocupación por los vecinos y la disposición de ayudar a quienes sufrieron daños nos recuerdan que, más allá de nuestras diferencias, compartimos una misma tierra y una misma vulnerabilidad.

Después de haber vivido terremotos en México y ahora en Panamá, sé que el miedo puede quedarse unos segundos más que el movimiento. Pero también sé que, cuando todo termina, aprendemos a mirar la vida de otra manera.

El viernes agradecí por la vida, por mi familia y por la tranquilidad de saber que seguimos aquí. Y pensé en mis hermanos con una admiración renovada. Porque hay trabajos cuyo verdadero valor no siempre se aprecia mientras todo permanece en calma. Hasta que la tierra tiembla.

Que el temblor no sea solamente un susto que olvidemos con los días, sino una lección que nos acompañe cada vez que decidamos construir. Porque la prevención comienza mucho antes de que la tierra se mueva.

La autora es abogada.