En Panamá hay gente que nació para ser famosa y otra que nació para que le pusieran un apodo que la persiguiera hasta la tumba. Porque aquí tú puedes tener cédula, diploma, carro, casa y hasta cuenta bancaria, pero si en el barrio te conocen como Pata de Loro, olvídate de tu nombre. Para la gente, tú eres Pata de Loro, aunque llegues vestido de saco y corbata a una reunión con el presidente.
¡Así somos, fren! Aquí los apodos no se estudian en la universidad, no los aprueba la Real Academia Española y mucho menos se consultan con el interesado. Se inventan en una esquina, en una cancha de fútbol, en una cantina o en una fiesta.
Y lo peor es que el que te pone el apodo puede ser un desgraciado que ni siquiera se acuerda de cómo empezó la historia, pero tú llevas cuarenta años cargando con la vaina.
En el mundo de los famosos también hay tela que cortar. A Messi le dicen la Pulga. El hombre tiene millones, gana campeonatos, levanta copas y vive como rey, pero el sobrenombre que le dieron...
A Cristiano Ronaldo le dicen CR7, que suena más a modelo de avión que a nombre de futbolista. Aunque, con la plata que tiene el hombre, si le ponen CR7 a una urbanización, seguro que las casas costarían un ojo de la cara.
Maradona era el Pibe de Oro. ¡Qué elegancia! Y Luis Miguel es el Sol de México. ¡Qué bonito! Pero, seamos sinceros, donde los apodos se ponen sabrosos es en el barrio. Ahí sí hay creatividad, imaginación y maldad de la buena.
Tenemos al Flaco, que pesa 250 libras; al Gordo, que parece una antena de televisión; al Chino, que tiene los ojos más redondos que un plato de sopa, y al Mudo, que habla hasta por los codos. Está el Peluche, que tiene el pelo más duro que un cepillo de lavar pailas; el Conejo, que nunca ha dado un salto en su vida; el Lento, que tarda tres días en contestar, y el Doctor, que no terminó ni sexto grado, pero da consejos de medicina, mecánica, política, fútbol y relaciones amorosas. Un peligro, porque sabe de todo y no sabe un carajo de nada.
Y cuidado con el que se gana un apodo por una metida de pata. ¡Ese sí quedó condenado!
Una vez que haces una burrada en público, olvídate. Tus amigos no te perdonan ni aunque te hagas pastor evangélico, te mudes a otro país o te cambies el nombre en el Tribunal Electoral.
Puedes cumplir setenta años, tener nietos y caminar con bastón, pero cuando llegas a la esquina siempre aparece el gracioso de turno:
—¡Ey, Trompito! ¿Todavía estás vivo, fren?
Y tú, que ya tienes la presión alta, el azúcar disparada y una rodilla que suena como puerta vieja, tienes que sonreír para que no digan que estás de mal humor.
Lo más cómico es que el apodo no respeta títulos ni posición social. Tú puedes ser ingeniero, abogado, arquitecto o gerente de una empresa importante, pero si tus compañeros de infancia te conocen como Moco de Pavo, no hay maestría que te salve.
Y ni se te ocurra protestar. Porque ahí mismo te dicen:
—¡Ay, fren, no te cabrees! ¡Si es con cariño!
Lo curioso es que algunos apodos hasta se heredan. Al hijo del Gato le dicen Gatito, al hijo del Cholo le dicen Cholito y al hijo del Loco le dicen Loquito. ¡Pobre pelao! Ni siquiera ha terminado de aprender a caminar y ya tiene encima el historial completo de su familia.
Y cuando uno pregunta quién fue el genio que inventó semejante sobrenombre, nadie sabe nada. Todos se hacen los locos. En el barrio hay más testigos protegidos que en una investigación judicial.
Al final, los apodos tienen su encanto. Nos recuerdan la infancia, las travesuras, los amigos y esas historias que uno quisiera borrar, pero que los demás se encargan de mantener vivas. Algunos son cariñosos, otros son una verdadera puñalada al ego, pero casi todos terminan convirtiéndose en parte de nuestra identidad.
Eso sí, hay que tener cuidado con la lengua. Porque en Panamá uno puede poner un apodo por relajo y terminar ganándose otro peor. Y créame, fren, aquí la gente tiene más imaginación para poner sobrenombres que para escoger candidatos en las elecciones.
Así que, si usted tiene un apodo, llévelo con dignidad. Y si no tiene ninguno, no se sienta mal. Siga tranquilo, que cualquier día se resbala delante de una muchacha, se le rompe el pantalón en una fiesta o se queda dormido en una reunión.
¡Y listo, fren! Ya tiene apodo para toda la vida. Porque en Panamá uno puede cambiar de carro, de mujer, de partido político y hasta de nacionalidad, pero quitarse el apodo del barrio… ¡esa vaina sí está más dura que conseguir una cita cuando uno la necesita!
El autor es ingeniero retirado.



