Me encantan los discursos presidenciales en el exterior. No importa la bandera partidista o el fulano que los diga: hablan de un país verde y pujante, de ríos apacibles, bosques entrañables, selvas biodiversas, manglares, arrecifes y costas, de una vibrante vida marina, de innumerables islas como perlas salpicando los cálidos mares, de lo especial de nuestro territorio y de su delgada y privilegiada posición geográfica, bañada por dos océanos. Como si la escultura En la playa, de Enrico Braga (1911), que hoy descansa en la sede del Concejo Municipal de Panamá, se materializara en cada discurso: una musa tallada en mármol, bañada entre mares, que se abre risueña al mundo, llena de belleza, vida y riqueza.

Cada año, ante la Organización de Naciones Unidas o algún consejo internacional, el presidente de turno se derrama en halagos a nuestro territorio y a los celestes cielos que cubren una tierra de abundantes lluvias y sostenido calor, condiciones que hacen posible una explosión de vida que choca, da paso y permite el cambio de innumerables y multiformes seres. A esa variedad suele llamársela, coloquialmente, biodiversidad.

Sin embargo, al aterrizar y regresar al suelo, tales oradores y sus actitudes cambian: los discursos sobre mantenernos como un país carbono negativo suenan a narrativas de vagos y cierracalles que no es posible atender por los compromisos de crecimiento con las cámaras del país; los humedales se contemplan como sitios de construcción para estructuras privadas o zonas para sanear y modificar, como hierbas sin utilidad; los bosques, como zonas que necesitan un desarrollo concreto y con concreto que los traspase, ya que el monte da dinero; las iniciativas marinas, como retóricas que funcionan para hacer una infinita cantidad de encuentros y fotos sin que eso mejore la vida de nadie: ni la de los organismos marinos mostrados en gigantografías ni la de los residentes; la biodiversidad entera de una de las zonas más relevantes para la vida en la Tierra no pasa de ser propaganda de animalitos y bichitos para las autoridades en las redes sociales cuando la ciudadanía les reclama alguna incapacidad manifiesta.

¿Qué decir de las comunidades o personas que quieren preservar su entorno? Según los gobiernos, se vuelven centros ideologizados que no permiten una conversación sobre el manejo de aguas, tierras y recursos y que, al no venderse, son pintados como focos recalcitrantes. Pues lo lógico y normal sería entregar tierras, historias y vidas para que el negociante de turno decida sobre ellas.

Con su técnica de neolenguaje, nuestros gobiernos quieren ser vistos como verdes y buscan convencernos en el exterior de que harán lo que nunca hicieron, mientras los cuentos verdes facilitan empréstitos y la imagen de campeones ambientales endulza con halagos acciones que no llevan a ninguna parte y que el próximo gobierno cambiará sin darles continuidad ni evaluarlas, otra vez.

Es hora de cambiar los discursos, las fotos, los apretones de manos y los elogios a la vanidad por acciones reales, porque, aunque los ecosistemas sean menos frágiles que los egos de los políticos, no pueden soportar de manera indefinida su destrucción mientras se habla de ellos.

El autor es biólogo, especialista en gestión ambiental y analista científico del Centro de Incidencia Ambiental (CIAM).