Educación sin excusas

Infraestructura, competencias y formación emocional para transformar la educación panameña.

La educación panameña enfrenta una paradoja difícil de ignorar. Se anuncian programas de modernización tecnológica en las aulas, mientras cientos de estudiantes siguen asistiendo a las llamadas escuelas rancho, estructuras precarias que reflejan la desigualdad del sistema. Hablar de innovación sin resolver lo básico resulta casi un insulto a las comunidades más vulnerables.

En la región de Azuero, el problema del agua potable lo demuestra con claridad. ¿De qué sirve instalar pizarras digitales y laptops para cada estudiante, si cada uno de ellos no tiene acceso a agua segura en sus escuelas? Una computadora en un aula sin agua ni electricidad estable es más un símbolo político que una herramienta pedagógica, porque la falta de infraestructura compromete la salud y el rendimiento académico.

La educación no puede avanzar sin un plan integral que atienda las condiciones mínimas. Erradicar las escuelas rancho debería ser prioridad nacional. Según cifras oficiales, aún existen centenares de centros educativos en condiciones vulnerables. Cada número representa niños que estudian bajo techos de zinc, con pisos de tierra y sin servicios básicos. Estas no son estadísticas abstractas; son vidas reales que enfrentan barreras para aprender.

La incorporación de tecnologías es positiva, pero debe responder a un contexto. No basta con entregar equipos; se necesita conectividad, capacitación docente y un entorno digno. De lo contrario, la brecha digital se convierte en una nueva forma de exclusión. La modernización debe ser coherente: primero infraestructura, luego tecnología.

Más allá de los edificios y las computadoras, Panamá necesita repensar su modelo educativo hacia un enfoque de competencias prácticas. En muchos países europeos, las empresas valoran más las habilidades concretas —capacidad de resolver problemas, trabajo en equipo, manejo de herramientas digitales— que los títulos formales. El mercado laboral global exige destrezas aplicadas, no solo diplomas.

La pregunta es inevitable: ¿cómo evolucionará la educación si no se planea llevar al estudiante a un nivel de competencias prácticas? La respuesta es preocupante: seguiremos formando generaciones que saben repetir contenidos, pero que carecen de las habilidades necesarias para insertarse en un mundo laboral competitivo. El riesgo es evidente: producir egresados que no logran transformar su entorno porque nunca fueron preparados para hacerlo.

La educación del futuro no debe medirse por el número de computadoras en las aulas, sino por la capacidad de los estudiantes de aplicar lo aprendido; por ejemplo, resolver problemas reales, innovar en sus comunidades y adaptarse a cambios tecnológicos. Esa es la verdadera prueba de calidad.

Pero hay un aspecto que rara vez se menciona: la formación emocional. Durante años existió la figura del profesor de orientación; hoy prácticamente ha desaparecido. El sistema educativo debería recuperar y transformar ese rol en una materia formal que enseñe a los estudiantes a manejar sus emociones, corregir traumas leves y reorganizar sus creencias y limitaciones. Solo así podremos formar personas más seguras, capaces de enfrentar los retos de la vida con armonía y confianza. La verdadera calidad educativa no está únicamente en la infraestructura o la tecnología, sino también en la capacidad de acompañar al estudiante en su desarrollo integral: mente, cuerpo y emociones.

El país necesita una política educativa que combine tres pilares fundamentales: infraestructura digna, acceso equitativo a servicios básicos y un modelo pedagógico orientado a competencias, tanto técnicas como emocionales. Sin estos elementos, cualquier intento de modernización será superficial.

La voluntad política debe traducirse en acciones concretas: eliminar las escuelas rancho, garantizar agua potable y electricidad en todas las instituciones y, luego sí, apostar por la tecnología como complemento. Solo entonces la implementación de programas digitales tendrá sentido y será verdaderamente transformadora.

La educación es el motor del desarrollo, pero ese motor no puede funcionar con piezas oxidadas. Panamá debe dejar de maquillar la realidad con anuncios de modernización y enfrentar la raíz del problema. La verdadera innovación comienza con dignidad, se consolida con competencias prácticas y se completa con formación emocional.

No debemos esperar a que los gobiernos cambien de rumbo ni a que las instituciones se transformen por sí solas, sino asumir como sociedad que cada niño y cada joven merece un camino digno para aprender y crecer. La verdadera revolución educativa empieza cuando dejamos de justificar la mediocridad y comenzamos a exigir coherencia, cuando entendemos que formar personas completas es la única garantía de futuro. Panamá solo necesita voluntad para convertir la educación en un acto de justicia y de esperanza.

El autor es escritor.


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