Cuando hablamos del agua en Panamá, es fácil pensar primero en el Canal y en su importancia para el mundo. Pero existe otra conversación que merece la misma seriedad: la que ocurre en un hogar cuando una familia necesita agua segura para beber, preparar alimentos, asearse o atender a un niño enfermo. Para esa familia, la cuestión no es una cifra de comercio internacional. Es la posibilidad de vivir con dignidad cada día.

El Informe Defensorial sobre la Situación de los Derechos de las Niñas, los Niños y Adolescentes Indígenas en Panamá, divulgado en 2026 por la Defensoría del Pueblo, con el acompañamiento de la Coordinadora Nacional de Mujeres Indígenas de Panamá (Conamuip) y el apoyo de UNICEF, señala que solo el 31% de esa población tiene acceso a agua potable. El documento también advierte que la falta de agua y saneamiento dificulta la higiene menstrual de las niñas y adolescentes indígenas.

La educación, la protección social y las condiciones de vida están conectadas. Cuando un servicio básico falla, los efectos no se quedan en una sola área: alcanzan la salud, la asistencia a clases y el tiempo de quienes cuidan a sus familiares.

No todas las comunidades afrontan las mismas dificultades. En ciertos lugares el problema puede ser la continuidad del abastecimiento; en otros, el estado de una instalación, la distancia o la información sobre una reparación. Por eso conviene escuchar antes de ofrecer una solución diseñada desde lejos. Los habitantes conocen obstáculos que no siempre aparecen en una fotografía o en un informe breve.

Existe también una dimensión de confianza. Cuando un sistema se interrumpe y nadie explica cuánto podría durar el problema, las familias tienen que organizarse a ciegas. La incertidumbre se transforma en frustración. Si las prioridades de atención no son claras, es fácil que surjan sospechas entre comunidades que deberían poder apoyarse. Una respuesta transparente puede proteger tanto la salud como la convivencia.

Mi fe cristiana me lleva a tomar muy en serio la imagen de un vaso de agua ofrecido a quien lo necesita. Jesús habló de actos sencillos de misericordia que revelan cómo miramos a los demás. El agua, para una persona con sed, no es una metáfora elegante: es una necesidad. La compasión pierde credibilidad cuando se queda en palabras y no pregunta cómo se resolverá esa necesidad.

No pretendo que todos los lectores compartan la misma creencia. La invitación moral es más amplia: ninguna familia debería tener que demostrar que merece ser escuchada. Tampoco debería sentirse avergonzada por solicitar información sobre un derecho básico.

¿Qué ayudaría? Que los proyectos expliquen con claridad quién se hará responsable del mantenimiento. Que las comunidades conozcan cómo reportar una avería y qué respuesta pueden esperar. Que cada sistema de abastecimiento tenga un responsable identificable y que las instituciones competentes expliquen sus obligaciones, los recursos disponibles y los plazos de atención. Que mujeres, jóvenes, personas mayores y representantes de pueblos indígenas participen en decisiones que afectan su vida cotidiana, sin que su participación sea únicamente ceremonial. Que las indicaciones importantes se comuniquen en formas y lenguas que puedan comprender quienes las necesitan.

La ayuda entre vecinos es valiosa, pero no debe utilizarse para reemplazar indefinidamente la obligación del Estado de garantizar el acceso al agua potable. Una comunidad solidaria puede colaborar mientras exige respuestas claras. Ambas cosas son compatibles. La paz no consiste en pedir paciencia ilimitada a quienes esperan. Consiste también en construir relaciones donde las promesas se pueden comprobar.

Debemos evitar otra tentación: transformar la dificultad de una comunidad indígena en una historia contada sin su propia voz. Hablar de dignidad exige reconocer sus conocimientos, decisiones y prioridades. Nadie debería ser presentado únicamente como destinatario pasivo de la buena voluntad ajena.

El informe recoge una petición de una niña de 13 años de la comarca Ngäbe-Buglé: “Es importante que los grandes nos ayuden a limpiar los ríos y calles para que podamos jugar y divertirnos”. Su preocupación vincula el cuidado del entorno con la vida cotidiana y recuerda que la niñez también tiene propuestas que deben ser escuchadas.

La próxima conversación sobre agua en Panamá puede comenzar con una pregunta muy concreta: ¿quién debe caminar, esperar o dejar de hacer otra cosa para conseguirla? Escuchar esa respuesta cambia la forma de entender el problema.

Un país se fortalece cuando sus habitantes pueden confiar en que los servicios más básicos no dependen de tener influencia para ser atendidos. La justicia cotidiana no debería llegar después de que se acaba la paciencia. Debería hacerse visible en la primera respuesta y sostenerse hasta que el agua llegue.

El autor es escritor y conferencista.