Cada vez que la humanidad inventa algo capaz de cambiar su manera de vivir, aparece alguien dispuesto a anunciar el fin del mundo.
Está ocurriendo nuevamente con la inteligencia artificial.
Escucho y leo advertencias que van desde preocupaciones razonables hasta verdaderas profecías apocalípticas: desaparecerán los empleos, los estudiantes dejarán de pensar, las máquinas sustituirán al ser humano y, finalmente, perderemos el control de nuestra propia creación.
Todo eso merece ser discutido seriamente. Pero antes convendría hacer algo que la humanidad olvida con extraordinaria facilidad: mirar hacia atrás.
Hace unos 2,500 años, Sócrates desconfiaba de una tecnología que hoy nos parecería imposible considerar peligrosa: la escritura.
En el Fedro de Platón aparece la advertencia de que la escritura debilitaría la memoria porque los hombres dejarían de ejercitarla y confiarían en signos externos.
La ironía es deliciosa: sabemos que Sócrates desconfiaba de la escritura porque Platón… lo escribió.
Después vino la imprenta.
Cuando Gutenberg perfeccionó la imprenta de tipos móviles a mediados del siglo XV, muchísimos europeos no sabían leer ni escribir. Los libros eran escasos, caros y estaban al alcance de pocos.
La imprenta permitió reproducirlos en cantidades antes inimaginables. Surgió también el temor de que ideas equivocadas, subversivas o peligrosas pudieran difundirse sin control.
¿Nos resulta familiar?
Hoy nos preocupa que la inteligencia artificial multiplique información falsa. Hace siglos preocupaba que la imprenta multiplicara libros e ideas que alguien consideraba inconvenientes.
Pero ocurrió algo extraordinario:
La imprenta no encontró un continente de lectores: ayudó a crearlo.
Llegó después la Revolución Industrial.
Las máquinas podían hacer en horas trabajos que habían requerido días de esfuerzo humano.
Muchos trabajadores pensaron, comprensiblemente, que aquellas máquinas venían a quitarles su sustento. Los luditas llegaron a destruirlas.
Algunos oficios desaparecieron. Otros cambiaron. Y surgieron industrias, profesiones y niveles de producción que aquellos trabajadores difícilmente podían imaginar.
El temor era: “la máquina hará nuestro trabajo”.
Dos siglos después, frente a la inteligencia artificial, escuchamos prácticamente lo mismo.
Después llegó el ferrocarril.
El mundo acostumbrado al caballo contempló una máquina que atravesaba campos y ciudades a velocidades nunca experimentadas por la mayoría de las personas.
Parecía temeraria.
Sin embargo, el ferrocarril no solamente transportó pasajeros. Acortó distancias económicas, comunicó mercados, creó ciudades y transformó territorios.
No acabó con la civilización. La conectó.
El telégrafo hizo algo todavía más desconcertante: separó la comunicación del transporte físico.
Por primera vez, un mensaje podía llegar mucho antes que la persona que lo enviaba.
El teléfono llevó una voz humana a kilómetros de distancia.
La radio metió voces desconocidas dentro de la casa.
La televisión agregó imágenes.
La computadora comenzó a realizar cálculos y procesar información a velocidades imposibles para una persona.
Internet puso una biblioteca, un periódico, una oficina de correos, una tienda y buena parte del conocimiento humano detrás de una pantalla.
Y el teléfono inteligente terminó metiendo todo aquello en un bolsillo.
Con cada salto tecnológico cambió el instrumento.
El miedo, curiosamente, se parecía mucho.
Primero temimos que la escritura destruyera la memoria.
Después, que la imprenta difundiera demasiadas ideas.
Que las máquinas destruyeran el trabajo.
Que el ferrocarril alterara nuestra forma de vivir.
Que la computadora sustituyera empleados.
Que Internet nos inundara de información.
Y ahora tememos que la inteligencia artificial piense por nosotros.
En algún momento tendremos que reconocer que el ser humano posee dos talentos extraordinarios: inventar herramientas nuevas y asustarse inmediatamente después de haberlas inventado.
Yo tuve la fortuna de presenciar una de esas revoluciones desde dentro.
En 1958 ingresé a IBM. Era muy joven y viví una transformación que apenas comenzaba. Poco después apareció la IBM 1401 y las empresas empezaron a descubrir que una máquina podía realizar tareas administrativas que durante años habían requerido ejércitos de empleados.
También entonces escuchábamos la pregunta inevitable:
“¿Y ahora qué va a pasar con la gente?”
Pasó algo que se repetiría muchas veces.
Desaparecieron determinadas tareas y aparecieron otras. Se necesitaron programadores, analistas, operadores, ingenieros, técnicos y especialistas en profesiones que poco antes ni siquiera existían.
Años después, viviendo exiliado en Venezuela, regresé de un viaje después de leer en la revista Time sobre una nueva computadora llamada Macintosh.
Me fascinó.
Fui a buscarla y compré una de las primeras que pude conseguir para que mis hijos aprendieran a utilizarla.
Mi razonamiento era sencillo: si aquello representaba el futuro, mis hijos tenían que conocerlo.
Ahora la historia me ha jugado una pequeña broma.
Durante buena parte de mi vida fui yo quien insistía en que los demás aprendieran las nuevas tecnologías.
Hoy, después de haber pasado por las tarjetas perforadas, las grandes computadoras, la computadora personal, Internet y los teléfonos inteligentes, algunas veces tengo que pedir ayuda para manejar precisamente esas tecnologías.
Y ahora estoy estudiando la inteligencia artificial.
De modo que hemos llegado a una situación bastante divertida: pasé mi juventud tratando de convencer a otros de que no tuvieran miedo a las computadoras y, ahora, tantos años después, me encuentro tratando de comprender hasta dónde pueden llegar.
Quizás esa sea precisamente la actitud que debemos tener frente a la inteligencia artificial: ni adorarla ni temerle. Estudiarla, comprenderla y aprender a utilizarla.
Porque la inteligencia artificial tiene riesgos reales. Puede utilizarse para engañar, manipular, fabricar información falsa, invadir la privacidad, cometer fraudes y desplazar determinadas ocupaciones. Necesitará legislación, principios éticos, educación y controles.
Una cosa, sin embargo, es gobernar una tecnología y otra muy distinta tenerle miedo.
La pregunta importante no es solamente qué trabajos podrá hacer una inteligencia artificial.
Es también: ¿qué podrá hacer el ser humano que antes no podía hacer?
La calculadora no destruyó las matemáticas.
La computadora no destruyó la inteligencia.
Internet no acabó con el conocimiento.
La inteligencia artificial tampoco tiene por qué acabar con nuestra capacidad de pensar.
Puede ampliarla, siempre que comprendamos que la máquina debe estar al servicio de la inteligencia humana y no sustituir nuestra responsabilidad de utilizarla.
Cada revolución tecnológica destruyó algo del mundo anterior.
Pero también construyó algo que aquel mundo era incapaz de imaginar.
Tal vez dentro de cincuenta años nuestros descendientes lean algunas de nuestras actuales profecías sobre la inteligencia artificial con la misma sonrisa con que nosotros contemplamos hoy ciertos temores provocados por la imprenta, el ferrocarril o las primeras computadoras.
Para entonces seguramente habrá aparecido otro invento.
Y también habrá alguien anunciando el Apocalipsis.
Siempre lo hay.
Después de casi siete décadas observando cómo una tecnología sustituye a otra, sigo prefiriendo la curiosidad al miedo.
Porque la historia nos ha dejado una lección bastante sencilla: el futuro casi nunca pide permiso para llegar.
El autor es exdirector de La Prensa


