Transcurrido ya el fervor generado por la conmemoración del bicentenario del Congreso Anfictiónico de 1826, resulta oportuno desmontar el halo legendario que la narrativa nacional ha erigido en torno a este acontecimiento. Las interpretaciones románticas tienden a ofrecer una visión parcial que impide valorar con justicia el legado real de la historia.
Es fundamental situar el Congreso en su contexto geopolítico. Tras la decisiva victoria patriota sobre las fuerzas de la Corona española en diciembre de 1824, aún persistía el temor a nuevas ofensivas. Al mismo tiempo, las élites criollas de las nacientes repúblicas se disputaban el control y la reorganización de las recién establecidas instituciones estatales.
El proyecto bolivariano buscaba integrar las nuevas repúblicas en una confederación dirigida desde Panamá, pero con un fuerte liderazgo central y un presidente vitalicio, el propio Bolívar, contradiciendo así el espíritu federalista. Ya estaban bajo su mando Perú y Bolivia, así como la Gran Colombia, que abarcaba los actuales Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá.
Chile y Paraguay declinaron participar en el Congreso, recelosos de este proyecto hegemónico. Las Provincias Unidas del Río de la Plata (actual Argentina) tampoco enviaron representantes por reservas similares y también debido a que se hallaban inmersas en una guerra contra el Imperio del Brasil por el control de la Banda Oriental (actual Uruguay).
Por su parte, Estados Unidos, a pesar de haber proclamado la Doctrina Monroe en 1823 como advertencia ante posibles intervenciones europeas en el continente americano, demoró su respuesta por la fuerte oposición interna en el Congreso y la presidencia, por lo que su representante no pudo llegar a tiempo.
En la carta remitida a los delegados, Bolívar propuso declarar a Gran Bretaña como aliado estratégico por su apoyo en la independencia, pero el Congreso no emitió respuesta formal al respecto. Además, dejó explícito en su misiva que otro propósito central era establecer un mecanismo de asistencia mutua no solo ante las ambiciones europeas, sino también ante escenarios semejantes a la revolución de Haití en 1791, donde la insurrección de esclavos llevó a la masacre de la élite plantacionista. Manifestó además su inquietud por un eventual levantamiento indígena en la región.
El Congreso excluyó a Brasil por ser una monarquía y a Haití —la primera república negra del continente— por temor a que se contagiara su espíritu antiesclavista, como decía. Cabe mencionar que la mayoría de los países firmantes aún mantenían legal la esclavitud. Por otro lado, las repúblicas asistentes atravesaban distintas etapas institucionales y niveles de estabilidad: algunas apenas promulgaban sus constituciones, mientras otras lidiaban con guerras internas, lo que hacía inviable cualquier proyecto integrador.
Como resultado del recelo hacia el proyecto político de Bolívar, solo la Gran Colombia procedió a ratificar los acuerdos; el resto de las naciones optó por no hacerlo. Los únicos acuerdos concretados se limitaron a cláusulas de defensa mutua ante amenazas externas e internas para los países firmantes: la Gran Colombia, Perú, la República Federal de Centroamérica y México.
Poco después, Bolívar se vio forzado a abandonar Perú y Bolivia ante la resistencia de las élites criollas de la región. Este proceso culminó años más tarde con la desintegración de la Gran Colombia en 1830.
El presunto panamericanismo promovido en el Congreso quedó desmentido por los acontecimientos posteriores. Perú invadió Bolivia en 1828. La Gran Colombia y Perú libraron una guerra por el control de Guayaquil entre 1828 y 1829. La Federación Centroamericana también terminó disolviéndose, fragmentada por guerras civiles entre sus Estados miembros. Y cuando España invadió México en 1829, ninguna nación hispanoamericana acudió en su auxilio.
En consecuencia, al Congreso de Panamá se le consideró un fracaso debido en gran medida a la primacía de los intereses regionalistas sobre la idea de un proyecto común. A menudo se afirma que el Congreso inspiró la creación de la Organización de Estados Americanos (OEA). Este organismo, por cierto, tampoco ha logrado su propósito: sus decisiones a menudo responden a alianzas ideológicas, pasando por alto flagrantes violaciones a los derechos humanos y debilitando la institucionalidad democrática en la región.
Bolívar soñaba con que Panamá se transformara en la capital de una utópica confederación hispanoamericana, desempeñando un papel similar al que el istmo de Corinto tuvo para los griegos. Cabe recordar, sin embargo, que las polis helénicas terminaron sucumbiendo ante interminables guerras civiles.
Sin duda, corresponde conmemorar un acontecimiento de tal magnitud en nuestro territorio, pero debe hacerse desde una visión apegada rigurosamente a los hechos. Solo a través de una revisión crítica de nuestro devenir podremos avanzar hacia una mayor cooperación y un futuro construido sobre la base de la honestidad histórica y el respeto mutuo.
El autor es abogado.



