Al empezar los eventos de cada noviembre, me veo obligada a reflexionar sobre el sentido de patria que desarrollamos. Me obliga a pensar que, como patriota, veo un futuro panameño que depende, como siempre, de su gente. Si tuviéramos un verdadero conocimiento de las capacidades que poseen las distintas zonas de nuestro territorio, debería planificarse la formación de los pobladores de esas regiones. Así, ellos mismos serían quienes las desarrollaran de forma directa y crearían oportunidades para los jóvenes y las nuevas generaciones.
Según datos del INEC de 2024, la tasa de desocupación entre los jóvenes de 15 a 29 años era del 17.8%, precisamente en edades en las que aún deben formarse para el futuro. La búsqueda de mejores oportunidades es una de las razones por las que migran. Panamá Oeste es la región que más migrantes internos ha recibido, de acuerdo con datos del último Censo de Población y Vivienda, de 2023.
En consecuencia, en Panamá Oeste se deben analizar nuevas formas de trabajo. Podrían instalarse industrias de producción de alimentos en ambientes controlados que contribuyan a la seguridad alimentaria y generen empleo para esa misma población. El futuro del país dependerá de cuánto conozcamos nuestros territorios y nuestras necesidades, y de que seamos capaces de entender la vocación del suelo. Solo así podremos formar personas que investiguen lo que ocurre a su alrededor, que protejan sus fuentes de agua y las aprovechen para el consumo o la agricultura.
Los análisis sectoriales que se hacen sobre el desarrollo del país señalan siempre hacia el capital humano. Algunas de las políticas que se han anunciado apuntan a nuestra capacidad para formar, como también a la atracción de recurso humano de alta calidad técnica y profesional. Por otro lado, el sector privado demanda trabajadores con habilidades específicas, algunas altamente especializadas, para competir internacionalmente. Sin embargo, las brechas en la calidad educativa no son compatibles con las necesidades productivas. Esa articulación entre la educación, la aplicación de saberes y el sector productivo para desarrollar el capital humano capaz de generar esa productividad está tremendamente limitada.
El futuro panameño nos lo presentan siempre los industriales, empresarios y comerciantes, los que requieren la mano de obra, los que hacen el dinero y dan trabajos. El resto de los ciudadanos no busca las opciones para generar con sus propios esfuerzos nuevos trabajos o formas de aprovechar los recursos que el planeta nos ofrece. Debemos enseñar a los jóvenes cómo hacerlo, para que no abandonen su tierra y las comunidades no se queden sin gente que aproveche sus recursos. Chiriquí, según los datos de movilidad interna, ocupa el segundo lugar tanto en recepción como en salida de población. Allí habría que enseñar, en las escuelas y universidades, a usar la tecnología para optimizar los cultivos y el trabajo en las fincas.
En esa misma región hay suelos con minerales críticos que son explotables y comercializables. Si se enseña a sus pobladores a desarrollar una minería responsable, como alternativa en terrenos de poca capacidad agrológica, podrían surgir nuevos negocios para los propietarios de esas tierras y sus comunidades. También habría que mostrarles cómo aplicar tecnologías emergentes en cultivos verticales para contribuir a su subsistencia y al comercio.
En ambas regiones, como en las demás, la formación técnica y profesional debe ser una alternativa de cambio que permita contar con personas capaces de identificar lugares adecuados para establecer reservorios multipropósito y de mantenerlos. Estos permitirían almacenar agua de manera regulada y atender simultáneamente otras necesidades de la comunidad.
El Estado debe preparar el capital humano mediante una formación en ciclos cortos que permita desarrollar nuevos proyectos eólicos, solares o de bioenergía. Las universidades y los institutos técnicos deben formar a los jóvenes de esas poblaciones para que sean capaces de satisfacer las necesidades de sus comunidades.
La formación técnica en ciclos cortos, enfocada en la diversidad de necesidades regionales, podría contribuir a disminuir el flujo de migrantes del interior hacia las ciudades. Aprender nuevas formas de trabajo aplicables a sus territorios podría ofrecer a los jóvenes mayores oportunidades sin tener que migrar.
Se trata de tener diversos escenarios donde enseñar y aprender, pero fortalecidos, porque el sistema nacional requiere urgentemente oficios y profesiones técnicas de gran valía y exigencia: plomeros, electricistas, mecánicos, operadores de grúas o vehículos pesados, jardineros que tengan conocimiento de las plantas, vendedores, asistentes de oficina, aseadores y otras tareas que también requieren desarrollar el pensamiento lógico para resolver problemas en el trabajo. No se trata de hacer más universidades o más licenciados, sino más profesionales en diversos niveles, pero bien formados. Ellos, y todos, deben ser formados con reglas básicas de convivencia dentro de un marco de humanidad que no podemos perder. El deber ser es impostergable; eso sí que es imperativo para la patria.
La autora es educadora.



