En el barrio lo llaman A. I. Muchos, confundidos, piensan que quisieron decir I. A., inteligencia artificial. Pero no. A. I. viene de una habilidad muy suya: amarra ideas.

Este gato recoge cabos sueltos, juega con ellos —como buen gato— y descubre que en realidad son hilos: ideas, proyectos y personas que parecían no tener relación. Los amarra y comienza a tejer una red. Cuando se complica, encuentra cómo y por dónde salir.

Muchos discuten si la I. A. nos reemplazará. Este gato prefiere usarla, y bastante, pero no para pensar menos, sino para pensar más. Con ella valida ideas, busca contradicciones y puntos ciegos, y proyecta un salto mil veces antes de darlo. Tiene nueve vidas, pero sabe que ninguna sobra.

Pero salta: ninguna simulación sustituye lo que se aprende cuando una idea toca la realidad: probar, corregir, volver a ejecutar. La I. A. puede ayudarlo a calcular el salto; saltar sigue siendo su decisión. Delega la búsqueda, el análisis y la repetición; nunca su criterio. Y mientras descansa, sus agentes siguen trabajando.

Pero hay algo que todavía le corresponde: el olfato. Es saber cuándo algo que parece correcto no termina de cuadrar, cuándo una respuesta impecablemente construida parte de una premisa equivocada. La I. A. ayuda, y mucho. Pero sin el gato, la bola de hilo también se enreda.

Panamá tiene los nodos: posición, conectividad, recursos, capital y talento. Lo que le falta es amarrarlos. Hilos sueltos sobran: Río Indio, el Canal, la mina, los semiconductores, los centros de datos, la energía, las universidades o la educación. Las soluciones están ahí, pero las discutimos por separado.

El A. I. no. Empieza a conectar estos hilos con voluntad.

Río Indio no es solo agua. Es el Canal de las próximas décadas, el consumo de una población que crece y las comunidades que habitan esa cuenca. Las tres variables pertenecen a la misma ecuación.

El Canal no es solo barcos: es una posición capaz de mover mercancías, energía, conocimiento y datos. Los centros de datos exigen energía, refrigeración, conectividad y gente que sepa operarlos. Los semiconductores exigen universidades, inversión y un lugar en las cadenas globales.

Y la mina tampoco es solo una mina. Es ambiente, empleo, inversión, conocimiento e ingresos. Casi toda actividad humana tiene impacto; la pregunta útil no es si lo tiene, sino cuánto impacto genera, a cambio de cuánto valor, y qué se recupera, en qué plazo y con qué recursos. Mientras esto no se responda racionalmente, la discusión seguirá oscilando entre “a cualquier costo” y “a ningún costo”.

Imaginen que Río Indio asegura el Canal; que el Canal y nuestra conectividad atraen centros de datos; que esos centros demandan energía, cobre e infraestructura; que esas industrias impulsan universidades y formación especializada; que nuestros recursos financian conocimiento y recuperación ambiental; y que cada pieza hace más atractiva la siguiente.

Hablamos de un ecosistema. Y un ecosistema diseñado por pedazos no se sostiene.

Aquí la I. A. deja de ser moda y se vuelve herramienta. Puede ayudar a modelar cuánta agua necesitarán a la vez el Canal, las ciudades y unos centros de datos, y a preguntarnos: ¿qué le pasa al resto si un hilo se rompe? ¿Sobre quién recae cada costo? No decide por nosotros. Nos ayuda a ver las conexiones antes de cortar la cinta.

Pero un gato no es una institución. Cada hilo tiene hoy su responsable y cada uno cumple bien lo suyo. La pregunta es otra: ¿dónde se miran juntos, con qué datos compartidos y con qué horizonte común? Conversándolo, podemos mitigar el riesgo de que los proyectos terminen compitiendo por la misma agua, la misma energía y el mismo talento. Entre gatos, mejor no pisarnos la cola.

La I. A. no necesita ser más inteligente que nosotros. Necesita ayudarnos a ser más inteligentes juntos.

En el barrio todavía discuten si la I. A. terminará reemplazándonos. El A. I. no pierde el sueño. Sigue usando su olfato, arriesgando, ejecutando y amarrando hilos, tratando, como buen gato, de que Panamá caiga parado.

El autor es ciudadano.