El Parque Recreativo y Cultural Omar, ubicado sobre más de cinco hectáreas de lo que en el siglo XX fue un exclusivo club de golf, representa desde hace 40 años un pulmón verde por excelencia y el principal parque urbano de la ciudad de Panamá. Por décadas, sus lomas, bosques y senderos, sus canchas de tenis, parques infantiles y, más recientemente, la Biblioteca Nacional han servido de refugio para deportistas, familias, estudiantes, autores y amantes de la naturaleza que buscan una pausa fuera del concreto, el calor y la contaminación de la capital.

Recientemente, el Ministerio de la Presidencia, mediante la Declaración de Gabinete n.º 97, del 15 de septiembre de 2026, se propuso construir un elemento innovador dentro de su geografía: un lago artificial de aproximadamente 2,500 metros cuadrados. Esta obra marcaría un hito histórico al ser el primer cuerpo de agua de estas características integrado dentro de este emblemático espacio público, abriendo una ventana de oportunidades para la resiliencia climática de la ciudad.

El nuevo lago no debería entenderse como un mero ornamento paisajístico, sino como una auténtica solución basada en la naturaleza (SbN) que combina los conceptos de infraestructura verde y azul. En una metrópoli tropical como la ciudad de Panamá, caracterizada por lluvias torrenciales durante casi ocho meses al año y períodos de sequía pronunciados en el verano, amén de los efectos combinados del cambio climático y El Niño, la gestión hídrica representa un desafío crítico. El lago actuaría como un estanque de retención para amortiguar las escorrentías pluviales y almacenaría el exceso de agua que corre sin control sobre el terreno, evitando que el caudal se desborde hacia las avenidas circundantes al parque —tradicionalmente vulnerables a inundaciones puntuales—. A su vez, en la temporada seca, funcionaría como una reserva estratégica, manteniendo la humedad del suelo y permitiendo el riego de la vegetación dentro del parque.

Además de su función en la gestión de aguas pluviales, la presencia de esta masa hídrica aportaría beneficios ambientales cuantificables para el microclima del parque. El agua, a través de la evaporación y su capacidad térmica, contribuye a atenuar el fenómeno de la isla de calor urbana, logrando reducir la temperatura ambiente en sus inmediaciones. Asimismo, la introducción de un ecosistema acuático dinamizaría la biodiversidad local: el estanque atraería diversas especies de aves migratorias y residentes, libélulas y anfibios, pero no fauna acuática superior, como cocodrilos, ya que no está conectado a un río. Esto enriquecería la cadena trófica y convertiría el área en un valioso laboratorio biológico dentro del entorno urbano.

Sin embargo, a pesar de sus innegables virtudes ecológicas e hidrológicas, la obra padece una limitación severa en su concepción socioespacial. En la propuesta presidencial, el lago se percibe como una pieza desconectada y casi ajena a la dinámica habitual del parque. La falta de una conexión peatonal fluida y la ausencia de mobiliario o equipamiento perimetral adecuado generan una barrera implícita. Al no contar con senderos accesibles, plazas o jardines que conduzcan naturalmente hacia él, ni con espacios diseñados para la permanencia de los usuarios, el lago pasaría desapercibido para la mayoría de los visitantes y se observaría a la distancia como un área técnica de poca utilidad social.

Para que esta infraestructura cumpla plenamente su propósito y no quede relegada a un estanque aislado, se hace indispensable una intervención complementaria orientada al diseño urbano centrado en las personas. Se sugiere una ampliación integral del espacio público circundante mediante la creación de una plaza perimetral, jardines con flora nativa y una red de aceras anchas y accesibles. La inclusión de bancas a la sombra, áreas de descanso, miradores y un sistema de iluminación eficiente y respetuoso con la fauna nocturna transformaría radicalmente el lugar. Estas adiciones invitarían al visitante a detenerse, contemplar el paisaje, aprender sobre la biodiversidad y hacer propio este nuevo rincón del parque. Incluso serviría como modelo para futuras áreas similares dentro del parque y en otras áreas verdes.

Ante la creciente frecuencia e intensidad de los eventos meteorológicos provocados por el cambio climático y la falta de cultura ciudadana en torno a la adaptación climática, la ciudad de Panamá necesita infraestructuras que protejan el entorno, pero que al mismo tiempo eduquen y acojan a la ciudadanía. El nuevo lago del parque Omar reuniría las condiciones técnicas para ser un referente de urbanismo sostenible.

Garantizar su integración física y social mediante un espacio público amable e inclusivo no es solo un complemento estético, sino el paso necesario para convertir esta solución verde y azul en un verdadero punto de encuentro, resiliencia y disfrute para todos los panameños y extranjeros que visitamos el Parque Recreativo y Cultural Omar.

El autor es consultor sénior en riesgo y adaptación climática y desarrollo sostenible.