El 9 de octubre de 2026, un terremoto de magnitud 7.6 (USGS) —7.7 Mw según otras fuentes— con epicentro en la península de Azuero sacudió todo el país. En la Ciudad de Panamá, a más de 200 kilómetros, los rascacielos se balancearon durante largos segundos y decenas de edificios fueron evacuados. Una víctima mortal y 26 heridos.
La cifra contrasta con el doble sismo de Venezuela (junio de 2026), que dejó más de 6,000 muertos, y el de Colombia (agosto de 2026), con 331 fallecidos. Todos fueron de magnitud similar. La diferencia no está en la magnitud, sino en siete factores técnicos: mecanismo de ruptura, profundidad, distancia, contenido de frecuencias de las ondas, directividad, amplificación por efecto de sitio y calidad de las construcciones.
Las ondas de alta frecuencia viajan rápido, pero se atenúan con la distancia; afectan a casas y estructuras rígidas de poca altura. Las ondas de baja frecuencia viajan más lento, pero se atenúan menos; afectan a edificios altos y estructuras flexibles. En Panamá, las ondas de alta frecuencia se atenuaron antes de llegar a la capital, pero causaron grandes pérdidas en zonas más cercanas al epicentro; las de baja frecuencia sí llegaron e hicieron vibrar los edificios altos, que resistieron gracias a su diseño sismorresistente. El acelerógrafo BCIP registró una aceleración horizontal máxima de 3.03%g, un movimiento apreciable pero moderado.

En Venezuela, en cambio, la directividad concentró las ondas de alta frecuencia en Caracas, y la amplificación de los depósitos sedimentarios del valle resultó catastrófica. Ambos sismos compartieron un mecanismo de desplazamiento lateral y una profundidad somera. La diferencia crítica fue la ruptura en cascada con directividad hacia Caracas en el caso venezolano, frente a un evento más localizado en la falla de Azuero en el caso panameño.
En Colombia, un sismo de subducción de profundidad intermedia envió ondas de baja frecuencia que viajaron cientos de kilómetros hasta las cuencas sedimentarias de Cali y Pereira, donde el efecto de sitio amplificó el movimiento. La combinación de suelos blandos y construcciones vulnerables produjo la tragedia.
Una advertencia, no una celebración
El resultado del sismo de octubre en la República de Panamá debe leerse como advertencia, no como celebración. El sismo ocurrió lejos de los centros urbanos. Si el epicentro hubiera estado más cerca de la Ciudad de Panamá, las consecuencias habrían sido muy distintas. El registro del acelerógrafo BCIP demuestra que la capital experimenta aceleraciones significativas incluso a 200 kilómetros de distancia.
Panamá sigue siendo uno de los pocos países de América sin un mapa de amenaza sísmica moderno. El mapa vigente se basa en un método experimental —el paleosísmico— aplicado solo en Panamá Central. No cubre todo el territorio nacional, no tiene zonificación sísmica definida y carece de un informe técnico multidisciplinario que lo sustente. Un mapa sin informe técnico no es un mapa: sin él no hay transparencia, ni metodología verificable, ni posibilidad de revisión por pares internacionales.
Nuestros vecinos nos llevan ventaja. Costa Rica actualizó su mapa en 2022 con cinco zonas sísmicas. Colombia publicó el suyo en 2020, con diez zonas y 310 páginas. Centroamérica, a través del proyecto RESIS II (2008), definió ocho zonas con un informe de 127 páginas. Panamá es la excepción.
Los datos ya existen
Panamá tiene los datos. En noviembre de 2024 se publicó el catálogo sísmico de América Central (1520-2020) en el Bulletin of Earthquake Engineering, elaborado por el Dr. Carlos José Gamboa Canté y la Dra. María Belén Benito Oterino, de la Universidad Politécnica de Madrid, con la colaboración del Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá. Cubre 500 años de sismicidad, con más de 260,000 eventos homogeneizados.
El país también cuenta con la Red Nacional de Sismógrafos de la Universidad de Panamá, la Red Nacional de Acelerógrafos de la Universidad Tecnológica de Panamá y los estudios geológicos de precisión del Tercer Juego de Esclusas (ACP, 2018). Los datos, la instrumentación y la experiencia existen. Solo falta la decisión.
La historia sísmica de Panamá nos alerta, la ciencia nos ofrece las herramientas, solo falta tomar la decisión.
El autor es ingeniero geólogo con más de 40 años de experiencia en proyectos hidroeléctricos (ex-IRHE) y en los estudios geológicos y la construcción de la Ampliación del Canal de Panamá (ACP). Fue coordinador del Comité Consultivo Permanente para el Desarrollo del Mapa de Zonificación de la Amenaza Sísmica de la JTIA.



