Un oxímoron es una figura del lenguaje que junta dos palabras que se niegan entre sí. Silencio atronador. Muerto viviente. Dulce amargura. Funciona porque la contradicción está a la vista, en la misma frase, y el lector la acepta porque entiende que es deliberada, que las dos palabras se necesitan para decir algo que ninguna diría sola. La política panameña acaba de producir el suyo. Se llama Ricardo Lombana.

Vamos por el más reciente, que es el que todos conocen. El candidato anticorrupción visitando al condenado por corrupción. En agosto, Lombana fue a ver a Ricardo Martinelli a una clínica en Bogotá, donde el expresidente vive asilado para no cumplir la condena del caso New Business. Él no lo contó. Lo contaron un diputado de Realizando Metas y el abogado de Martinelli, que además soltó que llevan meses hablándose por teléfono. Y apenas en abril del año pasado Lombana decía que él jamás habría dado el salvoconducto, que no iba a gobernar hipotecado a pactos de impunidad. Un año después estaba en la sala de espera.

El segundo es más viejo: el independiente con partido. En 2019, Lombana hizo historia como candidato de libre postulación. Sacó el 18,78 % de los votos y un tercer lugar que nadie vio venir. Esa era su identidad: el que no necesitaba a los partidos. En 2022 fundó uno. La explicación fue que las reglas favorecen a los partidos y castigan al independiente, y es verdad, eso nadie lo discute. Pero un principio que uno suelta en cuanto le sale caro no era un principio. Era una circunstancia.

El tercero, el enemigo cordial. Marzo de 2023, firma del Pacto Ético Electoral. Lombana se acerca a Martinelli, lo saluda y dice que los dos son Ricardo Alberto y que los une querer lo mejor para Panamá. Le cayeron encima, claro. Él dijo que quizás pudo usar otra frase y pidió que le reconocieran su consistencia de tantos años. La frase se retiró. La foto no.

Y el cuarto lo puso el propio partido esta semana: escuchar no es pactar. El comunicado de Moca dice que Lombana conversa con presidentes de partidos y con expresidentes como parte de su análisis del escenario político. Suena razonable y, en abstracto, lo es. El problema es que Lombana construyó toda su marca contra lo abstracto. Su campaña de 2024, la que le dio casi 560 mil votos y el segundo lugar, llevaba el lema en el hashtag: ellos o nosotros. Ahí no había escucha, ni matices, ni zonas grises. Ahora pide para él exactamente lo que les negó a todos los demás.

Lo curioso del oxímoron es que no miente. Las dos palabras son ciertas. Lombana se vende como anticorrupción y visita a Martinelli. Fue independiente y tiene partido. Es enemigo de Martinelli y lo saluda con cariño. Escucha, pero no pacta, dice. Nadie puede acusarlo de haber dicho algo falso en ninguno de esos momentos. De lo que sí se le puede acusar es de que las dos mitades nunca aparecen juntas. Una sale cuando toca ganar votos. La otra, cuando toca ganar aliados.

Y ese es el patrón, que importa más que cualquiera de los episodios sueltos. La contradicción de Lombana no es un accidente ni la torpeza de alguien que se explica mal. Tiene dirección. Aparece siempre en el mismo momento, justo cuando el principio que defiende deja de servirle para llegar adonde quiere llegar. Mientras la libre postulación lo hacía distinto, fue independiente. Cuando lo limitó, fue partido. Mientras Martinelli le servía como enemigo, fue el innombrable. Cuando Martinelli pasó a ser el hombre con más votos sueltos en la oposición, se convirtió en un expresidente con quien hay que conversar. Uno busca los valores en esa secuencia y no los encuentra. Encuentra un objetivo y, alrededor del objetivo, los valores van acomodándose.

Panamá conoce de sobra esa forma de hacer política. El PRD, Cambio Democrático, el panameñismo, todos tienen su catálogo de alianzas que parecían imposibles. La diferencia es que ninguno de ellos pasó siete años vendiendo que era otra cosa. Lombana sí. Su partido se llama Otro Camino, y quizás ese sea el oxímoron final: el otro camino que va a dar al mismo lugar de siempre.

Un oxímoron literario dura una frase y luego el lector lo resuelve solo. El de Lombana ya lleva dos elecciones, va por la tercera y todavía espera que lo resuelvan los votantes. Pero no hace falta interpretarlo. Basta con fijarse en cuál de las dos mitades aparece cada vez que hay algo en juego.

El autor es doctor en linguística y filosofía.