Una familia afectada por el terremoto recibe ayuda y, aun con las preocupaciones encima, ofrece una taza de café o algo de lo poco que tiene. Ese gesto merece tanta atención como las donaciones que llegan, porque habla de una solidaridad que también nace de quienes están pasando por momentos difíciles y todavía encuentran qué compartir.
En estos días hemos visto a panameños organizar colectas, aportar dinero, reunir alimentos y trasladarse a distintos puntos de la geografía nacional para acompañar a las familias afectadas. Cada uno ha encontrado una manera de contribuir desde sus posibilidades, mientras en las comunidades la ayuda se recibe con agradecimiento y, muchas veces, con el deseo de compartir también lo que tienen.
A ese esfuerzo también se han unido comunidades de residentes extranjeros que han adoptado a Panamá como su hogar y que, como panameños de corazón, se han organizado para recolectar donaciones y brindar apoyo a las familias afectadas. Su participación expresa un sentido de pertenencia que se hace visible en la disposición de acompañar al país y a su gente en un momento difícil.
Hay quienes, sin dudarlo, han puesto sus herramientas de trabajo a disposición para brindar una mano. Son los instrumentos que utilizan en su oficio y que ahora, junto con sus conocimientos, pueden servir para resolver una necesidad ajena; un aporte cuyo valor está tanto en lo que se ofrece como en la disposición de utilizarlo para ayudar a otra persona.
Hay mucho que reconocer en esa respuesta, porque organizar una entrega requiere coordinar personas, conseguir transporte, clasificar lo recogido y dedicar tiempo. Detrás de la ayuda hay llamadas, voluntarios y tareas que no siempre aparecen en las fotografías, desde identificar lo que hace falta hasta llevar los aportes a su destino, y cada una permite que la voluntad de colaborar se convierta en apoyo concreto.
Por eso, sería injusto que la conversación sobre estos días quedara reducida a las disputas que vemos en las redes sociales, donde también circulan convocatorias e información útil, pero aparecen ataques contra quien dona y lo cuenta, o contra quien guarda silencio y, por esa sola razón, es señalado como indiferente.
Si alguien publica su aporte, se le atribuye afán de protagonismo; si no lo publica, se da por hecho que no está ayudando. Con esa manera de juzgar, cualquier gesto queda bajo sospecha y se olvida que una publicación no basta para conocer las intenciones de una persona, así como su ausencia tampoco permite saber lo que ha hecho.
Mostrar una colecta puede ayudar a sumar voluntarios o rendir cuentas a quienes colaboraron, siempre que se respete la dignidad de las familias. Cuestionar una imagen que expone innecesariamente su dolor es válido, pero ese cuidado debería llevarnos a pedir un trato respetuoso, sin convertir toda iniciativa visible en motivo de descalificación.
Tampoco podemos medir el compromiso de los demás únicamente por la cantidad que aportan, porque desconocemos sus circunstancias y lo que ese esfuerzo representa para ellos. La ayuda necesita de quienes pueden contribuir con dinero, pero también de quienes ofrecen su tiempo, su experiencia o la posibilidad de facilitar una tarea que de otra manera sería más difícil.
La taza de café que ofrece una persona afectada nos recuerda que quien recibe también tiene algo que dar, aunque esté atravesando una pérdida. En ese ofrecimiento se expresa la hospitalidad de quien quiere atender a su visita y agradecerle que haya llegado, un gesto que acerca a quien ayuda y a quien recibe, y que merece ser recibido con el mismo respeto con el que se entrega una donación.
Las familias afectadas conservan su capacidad de decidir y de participar en la recuperación de sus comunidades, por lo que escucharlas debe ser parte de cualquier esfuerzo de apoyo. Preguntar qué necesitan y cómo podemos contribuir ayuda a que cada aporte responda a sus prioridades, en lugar de asumir que sabemos lo que les hace falta.
Esa disposición a compartir merece espacio en nuestra conversación pública, porque reconocerla también puede animar a otros a sumarse. Podemos hacerlo sin ignorar los problemas ni dejar de pedir información sobre el destino de los recursos, procurando que las preguntas y los reclamos tengan fundamento y contribuyan a mejorar la respuesta.
La recuperación de las familias afectadas tomará tiempo y sus necesidades irán cambiando conforme avancen las labores de atención y reconstrucción. La solidaridad ciudadana puede seguir contribuyendo a ese proceso, con apoyo coordinado y cercano a las comunidades, incluso cuando disminuyan las publicaciones y la atención se desplace hacia otros asuntos.
El panameño se ha organizado y se ha movilizado, y en las comunidades afectadas también ha encontrado manos dispuestas a compartir lo que queda. Esa respuesta merece que la cuidemos, evitando que las diferencias y las sospechas terminen desgastando a quienes colaboran o desalentando a quienes todavía pueden hacerlo.
La solidaridad que hoy vemos tendrá que sostenerse en las tareas que vienen, con la coordinación necesaria para aprovechar los aportes y el respeto debido a cada familia. Habrá mucho trabajo después de estos primeros días, y seguir presentes será una manera de darle continuidad a lo que tantas personas han comenzado.
Ojalá conservemos para ese camino la generosidad de quien ofrece sus herramientas de trabajo y de quien, en medio de sus pérdidas, todavía encuentra cómo compartir una taza de café.
El autor es periodista e internacionalista.



