Celebrar el aniversario de la patria es una respetable licencia metafórica. La patria no cumple años, se vive y se celebra. En este noviembre se cumplen 123 años de la República surgida en 1903. Hubo un antecedente republicano en 1840: el Estado del Istmo, encabezado por Tomás Herrera, que duró unos trece meses.

Pensemos en la veterana patria ancestral, paciente sedimentación humana de unos 16 mil años. En esta encrucijada providencial entre dos mares, esculpida hace tres millones de años para mudar la vida entre continentes, la travesía arrancó con la huella del tejido indígena originario, al que se sumaron, siglos después, el aporte europeo y la matriz afro. Es un yacimiento que la historiografía comienza a dimensionar: desde el ensayo de Santa María la Antigua del Darién —primera ciudad española establecida con permanencia en tierra firme del continente americano—, pasando por el encuentro europeo con el océano Pacífico, en 1513, hasta la fundación de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá, la primogénita hispana en la costa del Pacífico americano.

El istmo jamás se ha movido en línea recta; es un péndulo terco. Condenado por su geografía a ser el mostrador del mundo, funciona como un imán perpetuo de codicias estratégicas —Morgan es el arquetipo del saqueador de turno—, oscilando entre el sopor administrativo y los despertares súbitos.

Noviembre concentra esa arquitectura, y lo exponemos sin enredos para que en las aulas nadie se confunda: 1821 es la emancipación de España y 1903 es el nacimiento del Estado republicano actual.

En 1821, relegar el 10 de noviembre a un asunto menor es ignorar la mecánica de la historia. El grito interiorano de La Villa de Los Santos abrió camino a la declaración del 28 de noviembre. La ruptura con España en la Plaza de la Independencia de San Felipe no fue un capricho aislado, sino un acto soberano cuya rápida adhesión a Colombia buscó respaldar el gran proyecto geopolítico continental de Bolívar.

En 1903, el 5 de noviembre, en Colón, no fue fecha de relleno. En la plaza caribeña se consolidó la separación proclamada el 3 de noviembre, mediante las gestiones que consiguieron la retirada de las tropas colombianas del Batallón Tiradores, en un escenario marcado por la presencia militar estadounidense.

El motor de este devenir nunca ha sido solo el despacho oficial, sino también el populus. El 9 de enero de 1964 fue la movilización estudiantil y popular la que salió a defender los símbolos nacionales. Aquella lucha dio nuevo impulso a las negociaciones que desembocaron en los Tratados Torrijos-Carter, de 1977 —cimientos de soberanía, de los cuales pronto conmemoraremos medio siglo—. Años más tarde, el 31 de diciembre de 1999, la multitud se agolpó ante el Edificio de la Administración del Canal para atestiguar la transferencia de la vía interoceánica a manos panameñas.

Alcanzada la integridad territorial, el péndulo pareció adormecerse y la sociedad se quedó “sin tema”. Pero el istmo siempre reacciona. En 2023, la ciudadanía emergió con un rotundo amor ambiental y el repudio tajante a la minería a cielo abierto, una defensa del territorio que encuentra resonancia en las estrofas del propio himno nacional: ese suelo “cubierto de flores», que ve «rugir a sus pies ambos mares”, no admite la devastación de sus entrañas. Y ante la reciente tragedia del terremoto de octubre de 2026, el pueblo solidario demostró que la fraternidad que invoca el himno es una práctica cotidiana en las calles.

La patria no es un calendario de fiestas ni una oficina estatal. Las repúblicas se reordenan y las fronteras se administran, pero la marea humana de este istmo estratégico sigue siendo la sustancia viva de nuestra travesía.

El autor es periodista y filólogo.