El pasado 9 de octubre, Panamá vivió un susto enorme con el sismo de magnitud 7.7 que se sintió en gran parte del país. Durante años nos hemos acostumbrado a repetir, casi como un amuleto o una muletilla popular, esa famosa frase de que «Dios es panameño», convencidos de que los grandes desastres naturales solo ocurren en otras latitudes. Sin embargo, este temblor vino a recordarnos que no estamos exentos de la fuerza de la naturaleza. Dios nos bendijo y, afortunadamente, salimos ilesos en lo más valioso: la vida humana. Además, vimos con alivio que los edificios de nuestra capital resistieron sin colapsar. Pero no podemos confiar la seguridad del país únicamente a la divina providencia ni asumir que la suerte nos acompañará siempre.

Como ciudadano adulto mayor, como profesor universitario y, sobre todo, como especialista en la conducta humana, no puedo evitar hacerme una pregunta incómoda: ¿qué tanto nos estamos preparando nosotros, como personas, para cuando vuelva a temblar la tierra?

A veces pensamos que la prevención ante un desastre les toca únicamente a los bomberos, a los ingenieros o a los equipos de rescate. Pero la realidad es que la prevención empieza en la conducta de cada uno de nosotros.

En la Facultad de Psicología de la Universidad de Panamá suelo andar en una «campaña» permanente con mis estudiantes. Les llamo la atención, siempre con cariño y empatía, cuando veo que suben por la escalera asignada para bajar o cuando noto que colocan las sillas del salón de forma que bloquean el paso directo a la puerta de salida. Muchos pensarán: «Ahí viene el profesor con sus manías». Pero no es terquedad de mi parte. Les explico que esas flechas en la pared o ese espacio libre entre los pupitres no están allí por capricho; están diseñados para salvar vidas en un momento de pánico. Un pasillo obstruido en una tarde tranquila de clases no parece la gran cosa, pero, en medio de un temblor o a oscuras, se convierte en una trampa.

Por otra parte, la preparación de un país ante eventos de la naturaleza requiere también un compromiso institucional firme. Hago un llamado respetuoso, pero directo, a las autoridades correspondientes para que doten a los estamentos de seguridad y respuesta de emergencia, como el Benemérito Cuerpo de Bomberos, Sinaproc y demás instancias de primera línea, de los recursos financieros, técnicos y tecnológicos necesarios. Ellos son los primeros en responder cuando surge la crisis y deben contar con todo el respaldo posible.

Asimismo, debemos aprovechar esta experiencia para extraer un aprendizaje positivo. Es el momento oportuno para impulsar una amplia campaña de formación ciudadana a nivel nacional que permita conformar una Red Nacional de Voluntariado para la Atención de Emergencias. Una iniciativa de esta magnitud debe sumar activamente a estudiantes universitarios, jóvenes de secundaria y, de manera muy especial, a nosotros, los educadores. Debemos capacitarnos de manera continua para actuar como líderes y brindar apoyo articulado en cada comunidad frente a cualquier contingencia.

El sismo de este 9 de octubre nos dio una lección y una segunda oportunidad. No dejemos la seguridad únicamente a la suerte o a la buena construcción de las estructuras. La verdadera cultura de prevención requiere acciones sencillas y hábitos que todos podemos cultivar hoy mismo:

  • Respetar el espacio común: mantengamos siempre libres las puertas, los pasillos y las rutas de evacuación en el trabajo, la universidad y la casa.

  • Organizarnos en familia: tengamos un plan básico de qué hacer, a quién llamar y dónde reunirnos si ocurre una emergencia, además de una linterna y agua a la mano.

  • Cultivar la calma: en momentos de incertidumbre, enseñar a los más jóvenes a mantener la serenidad y no difundir rumores es la mejor medicina contra el pánico.

Nuestros edificios se mantuvieron en pie y Dios nos regaló una nueva oportunidad. Ahora nos toca a las autoridades y a los ciudadanos ponernos a la altura, dejando a un lado el exceso de confianza y convirtiendo la prevención y la solidaridad organizada en un hábito diario y consciente.

El autor es docente universitario de Psicología.