Camino por Bella Vista casi todos los días. Y hay escenas que corremos el riesgo de empezar a normalizar.
Una persona durmiendo en una acera o haciendo sus necesidades en la calle. Episodios de agresividad o destrucción que afectan la convivencia.
Los reportamos. Algunas instituciones responden. A veces, la persona es atendida o trasladada.
Y días después volvemos a encontrarla en la misma esquina.
Mover el problema de una esquina a otra no es resolverlo.
Durante años hemos atendido esta realidad por partes. Un trabajador social hace un abordaje. La Policía interviene ante un incidente. El sistema de salud atiende una crisis. Una organización ofrece albergue o tratamiento.
Pero una persona no vive su problema por partes.
Puede necesitar atención médica, tratamiento para una adicción o un problema de salud mental, recuperar documentos, reconstruir vínculos familiares, capacitarse, encontrar trabajo y vivienda, y recibir acompañamiento para no regresar a la calle.
El reto es lograr que todo eso funcione como un sistema. Y hoy tenemos una oportunidad para intentarlo.
El MIDES ha creado una instancia interinstitucional para coordinar la atención integral de las personas en situación de calle. Al mismo tiempo, una legislación sobre el tema avanzó en primer debate en la Asamblea. La ley todavía tiene camino por recorrer, pero no tenemos que esperar la ley para empezar.
Desde nuestro gobierno local hemos solicitado al MIDES explorar nuestro corregimiento como territorio piloto.
No para hacer otro operativo y no porque ya tengamos la solución, sino precisamente para construirla.
La propuesta es concreta: tomemos un territorio, conozcamos el problema de verdad y acompañemos casos reales de principio a fin.
Primero, sepamos cuántas personas están en nuestras calles, quiénes son y qué necesitan.
No todas están allí por las mismas razones. Detrás de cada caso puede haber enfermedades, problemas de salud mental, adicciones, pérdida de redes de apoyo y, muchas veces, una combinación de estos factores.
Las universidades pueden ayudarnos a construir una buena línea base, hacer investigación y trabajo de campo supervisado y, sobre todo, medir resultados.
Después viene lo difícil: ¿quién acompaña cada caso hasta el final?
Identificar. Evaluar. Atender. Tratar cuando corresponda. Reconstruir vínculos. Capacitar. Buscar alternativas de vivienda y trabajo. Acompañar. Y, si hay una recaída, volver a intervenir.
También tendremos que enfrentar preguntas difíciles. ¿Qué hacemos cuando una persona atraviesa una crisis que afecta su capacidad para comprender su situación y tomar decisiones? ¿Cómo protegemos su dignidad y autonomía y, al mismo tiempo, su vida, su salud y la seguridad de los demás?
Necesitamos criterios profesionales, garantías y reglas claras.
También necesitaremos recursos.
El Estado no tiene dinero infinito. Pero seguir haciendo lo mismo tampoco es gratis. Operativos repetidos, emergencias, limpieza, seguridad y traslados consumen recursos sin necesariamente cambiar la situación de la persona.
El piloto debe ayudarnos a saber cuánto cuesta una atención integral, qué recursos ya existen, qué falta y quién debe aportar cada parte.
Y, sobre todo, obligarnos a medir de otra manera.
El éxito no puede ser cuántos operativos hicimos ni cuántas personas retiramos de una acera.
La pregunta importante es otra: ¿cuántas personas lograron salir de la calle y sostener ese cambio?
Ahí está el valor de empezar aquí. Podemos trabajar en una escala manejable, probar la ruta, descubrir dónde se rompe, corregirla, calcular recursos y medir resultados. Lo que funcione puede convertirse en una metodología para toda la ciudad.
Y lo que no funcione también necesitamos saberlo.
La legislación que está en la Asamblea podrá después fortalecer el sistema, asignar responsabilidades y recursos y corregir los vacíos que encontremos. La experiencia en el territorio también puede ayudar a construir una mejor ley.
No será rápido. Habrá recaídas. Encontraremos limitaciones institucionales y presupuestarias. Descubriremos problemas que hoy ni siquiera conocemos.
Pero la complejidad no puede ser una excusa para esperar.
La próxima vez que encontremos a una persona tirada en una acera, nuestra aspiración no puede ser simplemente que unas horas después ya no esté allí.
Debemos saber quién es, qué necesita, quién acompaña su caso y cuál es el siguiente paso para darle una posibilidad real de no regresar a esa esquina.
Una ciudad no puede acostumbrarse a caminar alrededor de sus problemas. No tenemos todas las respuestas.
Pero tenemos suficiente para empezar. Y tenemos que empezar ya.
El autor es ingeniero y representante de Bella Vista.

