Que cada uno puede hacer de su capa un sayo es un derecho universal básico bien conocido, faltaría más. Lo que ocurre es que, cuando se aspira a un cargo de elección popular, las cosas cambian. Hay alianzas que no merecen ni el más mínimo respeto y que hay que poner en cuestión. Pero no seamos ingenuos. Me explico.
Salirte con paso firme de tu otro camino para ir realizando metas hasta Colombia es un despropósito político alarmante. Si a la pusilanimidad del personaje le sumamos el acercamiento a la locura que se esconde en el país vecino, estamos «hechos», pero un desastre, que amenaza con la vuelta de lo mismo, «chen chen en los bolsillos», o eso dicen, a cambio de más prebendas para los de siempre.
La ingenuidad del ciudadano se manifestaría en creer que, porque ahora se desdiga el «caminante», las conversaciones en la intimidad no van a seguir su curso, porque es necesario que, si por casualidad se realiza la meta de llegar a Las Garzas, se haga lo que quiere RM (cualquiera de los dos). Así que, al que frecuenta locos, hay que afearle el gesto hasta no votarle: los oportunistas son siempre perversos y corruptores, porque en el trapicheo político las oportunidades se construyen pagándolas.
Esta nueva forma de político inescrupuloso ha de ser desterrada del panorama electoral panameño. Ya tocaron el poder, ya tuvieron su cuota de destrucción masiva de la confianza ciudadana en el Estado democrático, toca entonces no reelegirlos y pedirles que rindan cuentas: algo, seguro, esconden para que ahora proclamen su amor a las cuatro esquinas ardientes del terruño. Mucho cuidado con estos amantes clandestinos.
Exponer al contrario como encarnación de la peor política, construirlo como adversario a batir en las elecciones para acabar intimando, solo merece el desprecio político, que debe verse refrendado en las urnas no votando por estos cínicos de manual, que cuentan con los ingenuos de siempre para seguir en lo mismo.
El autor es escritor.

