Durante décadas hemos medido el desarrollo turístico por el número de habitaciones existentes, el monto de las inversiones realizadas y la cantidad de visitantes que llegan al país. Son indicadores importantes, pero dejan sin responder una pregunta quizás más importante: ¿cuánto del dinero que genera el turismo se queda realmente en Panamá?

Los cruceros ilustran bien esa diferencia. Un barco puede desembarcar miles de pasajeros por unas horas y zarpar esa misma tarde. Sus pasajeros pueden contratar excursiones, utilizar transporte y hacer compras, pero tienen el alojamiento y buena parte de sus comidas pagados a bordo. Su contribución no es equivalente a la de quienes permanecen varios días, recorren distintas regiones, duermen en hoteles y comen en restaurantes del país. Un número menor de visitantes con estadías más largas puede generar un mayor derrame económico y repartirlo entre más comunidades. Contar llegadas, sin considerar esas diferencias, ofrece una imagen incompleta del turismo.

La pregunta adquiere particular relevancia ahora que el país discute un nuevo régimen de incentivos fiscales para la inversión turística. Si el Estado va a renunciar a ingresos tributarios para estimular determinadas inversiones, no debería interesarnos solamente cuánto se invierte, sino cuánto empleo se genera, cuánto se compra localmente, cuánto permanece en las comunidades y cuánto de cada dólar gastado por el visitante termina finalmente fuera del país.

En economía turística esto se conoce como leakage o fuga: aquella porción del gasto de los visitantes que abandona la economía donde se produce la actividad.

Las fugas pueden ocurrir de muchas maneras: alimentos y equipos importados; comisiones pagadas a intermediarios extranjeros; honorarios de franquicias y marcas internacionales; servicios contratados en el exterior; trabajadores traídos de otras regiones y, finalmente, utilidades remitidas fuera del país.

No toda fuga es evitable ni necesariamente indeseable. Un hotel necesita importar aquello que el país no produce, y una cadena internacional puede aportar capital, tecnología, capacitación, mercadeo y acceso a mercados que de otra manera no existirían.

Pero desde el punto de vista del país anfitrión hay una enorme diferencia entre recibir 100 dólares de gasto turístico y lograr que 20, 40 u 80 de esos 100 dólares continúen circulando dentro de la economía nacional.

También importa lo que ocurre fuera del hotel. En un complejo aislado que opera bajo la modalidad de todo incluido, el visitante puede pasar sus vacaciones sin acudir a un restaurante del pueblo, contratar un guía independiente o comprar en un comercio cercano. Esto no significa que todo establecimiento de ese tipo genere necesariamente mayores fugas: también puede contratar personal y comprar productos locales. Significa que debemos examinar sus vínculos con la economía circundante, en lugar de dar por sentado que la llegada de turistas beneficia por igual a todos.

Y es aquí donde los pequeños hoteles, lodges y empresas turísticas merecen mucha más atención.

La evidencia internacional muestra que el tamaño, la propiedad y la estructura de compras de un establecimiento pueden influir considerablemente en las fugas. En Bali, por ejemplo, un estudio de 79 hoteles encontró fugas mucho mayores en hoteles de alta categoría vinculados a cadenas que en establecimientos pequeños y sin estrellas. El dato no puede trasladarse mecánicamente a Panamá, pero sí plantea una pregunta que deberíamos hacernos aquí.

Un lodge pequeño en el interior del país normalmente no necesita una estructura corporativa compleja. Compra frutas y vegetales a productores cercanos, contrata jardineros, cocineros, camareros, conductores y guías de la zona; utiliza talleres y proveedores locales y, con frecuencia, su propietario vive en el mismo país y reinvierte allí sus utilidades.

El turismo se convierte entonces en algo más que una habitación vendida. Se convierte en una extensa cadena de pequeños ingresos que se distribuyen por la comunidad.

Hay, además, un beneficio que rara vez aparece en las cifras de inversión: la posibilidad de ganarse la vida sin abandonar el lugar donde se ha nacido. Cuando el turismo ofrece empleos estables y oportunidades para pequeños negocios en las zonas rurales, puede ayudar a que los jóvenes encuentren un futuro en sus propias comunidades y evitar la migración hacia los ya muy poblados centros urbanos. Ese arraigo también merece consideración al evaluar el valor de un proyecto para el país.

Un estudio realizado en Kasane, Botswana, resulta ilustrativo. Al analizar toda la cadena de valor turística encontró que el empleo local era el principal mecanismo mediante el cual los beneficios del turismo permanecían en la comunidad. Esto no es casualidad. El turismo es una actividad extraordinariamente intensiva en personas.

Un huésped necesita que alguien prepare su habitación, cocine su comida, conduzca el vehículo, mantenga el jardín, identifique las aves, atienda el comedor y administre el establecimiento. Y alrededor de esas actividades aparecen otras: agricultores, pescadores, artesanos, transportistas, mecánicos y pequeños comerciantes.

En Panamá, la propia Autoridad de Turismo estima actualmente que el sector representa alrededor del 10% del PIB y sostiene más de 236,000 empleos. Al anunciar recientemente un programa para apoyar el emprendimiento turístico, la ATP destacó precisamente a los miles de microempresarios que forman parte de esta cadena de valor.

Esto nos lleva nuevamente a la nueva ley de incentivos al turismo. La pregunta no debería ser únicamente: ¿cuánto dinero va a invertir este proyecto? También deberíamos preguntar: ¿cuánto empleo panameño producirá por cada dólar de incentivo que recibe? ¿Cuánto comprará localmente? ¿Cuánto de sus ingresos permanecerá en el país? ¿Cuántos otros pequeños negocios aparecerán a su alrededor?

Exonerar impuestos tiene un costo de oportunidad: el Estado renuncia a recursos que, de otro modo, podrían destinarse a necesidades públicas. Esa renuncia puede justificarse si contribuye a generar inversiones y beneficios que no se producirían sin el incentivo. Por eso, además de anunciar el monto de una inversión, convendría establecer indicadores verificables de empleo local, compras nacionales y retención de ingresos, y evaluar esos resultados frente al costo fiscal del beneficio concedido.

Un proyecto de cincuenta millones de dólares no necesariamente produce cincuenta veces más beneficios para Panamá que uno de un millón.

Sin embargo, cuando establecemos umbrales elevados para acceder a incentivos fiscales, inevitablemente inclinamos la cancha hacia las inversiones mayores. El pequeño empresario queda fuera precisamente porque es pequeño, aunque proporcionalmente pueda estar dejando una parte mayor de sus ingresos dentro de la economía nacional. Hay otra diferencia práctica. Los grandes proyectos suelen ser los que mayor capacidad tienen para aprovechar exoneraciones de importación, porque compran grandes cantidades de equipos, mobiliario y materiales en el exterior. El pequeño lodge, por su tamaño, muchas veces compra localmente. Paradójicamente, quien menos puede utilizar determinados incentivos puede ser quien proporcionalmente produce mayor derrame económico interno.

No estoy proponiendo sustituir grandes hoteles por pequeños hoteles. Panamá necesita ambos. Los grandes hoteles son indispensables para convenciones, turismo corporativo, grandes grupos y mercados que requieren escala. Las marcas internacionales proporcionan promoción, conectividad comercial, estándares y capacitación que benefician al destino.

Lo que propongo es algo diferente: dejar de suponer que el tamaño de la inversión es por sí mismo una medida de su valor para el país.

Hace más de medio siglo, el economista E. F. Schumacher popularizó una expresión que terminó recorriendo el mundo: Small is Beautiful.

Quizás haya llegado el momento de aplicar aquella idea al turismo panameño. Porque al evaluar una inversión turística no deberíamos preguntarnos solamente qué tan grande es. Deberíamos preguntarnos cuánto deja en el país.

El autor es empresario turístico.