Conmemoramos el quincuagésimo cuarto aniversario del sublime gesto del patriotismo de 21 panameños y varios centenares de heridos, que ofrendaron sus vidas por un país soberano, justo y equitativo. Hoy los recordamos con gran solemnidad, en medio de oscuros momentos que vive la patria, donde el latrocinio imperante en la cúpula política y económica de la sociedad pretende corroer las fibras intimas de la nación.
A tal punto hemos llegado que un minúsculo grupo social, donde visiblemente aparece un señor Ubaldo Davis, director de uno de los programas más alienantes, con la osadía de manipular el sentimiento patriótico y el justo estado de indignación hacia la corrupción rampante, con una supuesta concentración de personas que no tienen ninguna autoridad moral. Sus conductas antipatrióticas, promotoras de antivalores, así lo denuncian.
Llegamos a esta fecha sublime donde las redes sociales retratan el vocabulario soez de la señora Alma Cortés, dirigente de un partido político, con una vara en sus manos y dispuesta a agredir a un vecino para dirimir sus diferencias comunitarias con el mismo.
Otro personaje, Rafael Guardia, autodeclarado culpable de haber lesionado el patrimonio de la nación, quien ostenta haberes que no son producto de actividades lícitas, no solo se le flexibiliza la condena por su fechoría (“país por cárcel”), sino también se le permite que siga disfrutando de los bienes mal habidos; como si dijéramos, hay dos tipos de justicia, de la cual la más severa es aplicada a los desheredados de esta tierra.
El llamado “primer mandatario del Estado”, de quien debiéramos recibir el mejor ejemplo de una conducta irreprochable, en su pretendida ambición de imponer dos magistradas en la máxima instancia “judicial” acude al chantaje, conociendo las veleidades de quienes tienen que ratificarle sus propuestas. ¿Qué objetivo pretende la obstinación del presidente de la República?
Mientras esta tormenta azota al país, no se destinan las partidas presupuestarias necesarias para que los hijos de las familias humildes tengan una educación de calidad; que los profesores y maestros tengan un salario acorde con la noble tarea que realizan; que nuestros ciudadanos, que no pueden pagar escoltas particulares para su seguridad, puedan salir de sus hogares con la certeza de que volverán a ver a sus familias y no cundan la angustia y la incertidumbre en sus familiares de volverlos a recibir; que no acudamos a los centros de salud y no encontremos los medicamentos que puedan mitigar nuestros dolores, entre las muchas falencias que padecemos, porque una parte de esos recursos han sido víctimas del latrocinio de quienes la sociedad les entregó su custodia
Que este nueve de enero sea la inspiración en los ideales de nuestros mártires y héroes para erradicar la miasma que amenaza envenenarnos. No nos quedemos en las frases líricas. Nuestro mejor homenaje: hacer realidad los sueños que los motivaron a entregar su existencia. No olvidemos su martirologio. Recordemos, quienes olvidan su historia están condenados a repetir su tragedia.
El autor es profesor de historia de Panamá y de relaciones entre Panamá y Estados Unidos, en la Universidad de Panamá