Para su consideración y publicación impresa o digital, anexo el siguiente artículo de opinión con el título: ¿Está nuestra ciudad preparada para el terremoto que todavía no ha ocurrido?
Hay ciudades que se preparan para un terremoto construyendo edificios más resistentes. Y hay otras que hacen algo más difícil: preparan el territorio para sobrevivir cuando el suelo que hoy nos sostiene se convierta en una trampa mortal. Esa diferencia puede definir la magnitud de una tragedia. Los desastres geológicos siempre han sucedido y siempre sucederán.
El reciente foro de la Universidad Tecnológica de Panamá, “Ingeniería y riesgo sísmico: construyendo un Panamá resiliente”, volvió a poner el tema sobre la mesa. Especialistas abordaron la amenaza sísmica, la vulnerabilidad, la infraestructura crítica y la instrumentación. Pero detrás de la ingeniería aparece una idea que debería trascender los cálculos: la resiliencia no se improvisa cuando ocurre el desastre. Se construye mucho antes.
La historia ya nos ha advertido. En 1621 y 1882 se registraron sismos destructivos en la ciudad de Panamá. Investigaciones posteriores han asociado el evento de 1621 con la falla de Pedro Miguel. En 1991, un sismo de magnitud 7,4 en Bocas del Toro dejó muertos, heridos y viviendas destruidas, y afectó carreteras, puentes, hospitales y vías férreas. La amenaza no es una fantasía geológica: forma parte de nuestra historia.
También ha evolucionado la respuesta normativa: desde el primer código antisísmico de 1976 y el REP-84 hasta los REP-94, 2004, 2014 y 2021. Cada generación incorpora conocimiento. Pero un reglamento estructural tiene un límite: regula principalmente el comportamiento de los edificios. No diseña la ciudad.
Y ahí está el punto ciego. Un edificio puede permanecer en pie y, aun así, una ciudad puede quedar paralizada. Vidrios, mampostería, parapetos, fachadas y otros elementos no estructurales pueden caer sobre calles y aceras. Una vía bloqueada puede convertirse en una barrera para miles de personas y para quienes deben rescatarlas. El problema no termina cuando la estructura permanece en pie; allí comienza la responsabilidad del urbanismo.
Sobrevivir dentro de un edificio no garantiza poder sobrevivir fuera de él. Por eso, debemos ampliar la escala de la resiliencia: del edificio a la manzana, de la manzana al barrio y del barrio a la ciudad. Esto implica identificar y planificar espacios de supervivencia urbana: plazas, parques, retiros, distancias de seguridad, corredores de emergencia y calles capaces de recibir población, facilitar rescates y mantener operativa la respuesta.
El vacío urbano, tantas veces considerado suelo desaprovechado frente a la presión inmobiliaria, puede convertirse en infraestructura vital. En una ciudad vulnerable, el metro cuadrado que no se construye también puede salvar vidas. La próxima generación de espacio público no debería diseñarse solamente para vivir mejor, sino también para sobrevivir mejor.
El foro de la UTP puso, además, el foco en una realidad que suele escapar de las torres de vidrio: más del 80 % de la población reside en viviendas unifamiliares y existen riesgos asociados a la construcción informal, los terrenos inestables, la corrosión y la falta de mantenimiento. Su Programa de Instrumentación Sísmica acumula más de 25 años generando datos mediante acelerógrafos. Tenemos conocimiento. El desafío es convertirlo en decisiones sobre el territorio.
La resiliencia sísmica no comienza en la estructura; comienza en el territorio. El próximo salto de la planificación urbana no consiste únicamente en construir edificios capaces de resistir el movimiento, sino en diseñar una ciudad capaz de seguir funcionando después de él: con corredores de emergencia, lugares seguros, infraestructura crítica protegida y servicios esenciales capaces de recuperarse. También exige mirar lo que ya existe: edificios, elementos no estructurales, rutas de evacuación y la continuidad de hospitales, agua, energía y transporte.
Una ciudad verdaderamente resiliente no es la que simplemente permanece en pie. Es la que, después del movimiento, todavía tiene dónde respirar, por dónde salir, cómo rescatar y cómo volver a funcionar. Porque. en un terremoto, el espacio que hoy parece vacío puede ser precisamente el espacio que mañana permita vivir.
El autor es arquitecto y estudiante de maestría en Ordenamiento Territorial para el Desarrollo Sostenible.


