Los guna saben que somos tierra y que es ella la que nos acoge. Por eso, como muchos otros pueblos indígenas de Mesoamérica, cuando nace un bebé, entierran la placenta y el cordón umbilical en la madre tierra, en un ritual que espera, indefectiblemente, que ese ser humano, al terminar la vida, sea devuelto a la tierra que lo vio nacer.
Yo no nací en Panamá, pero alguna parte del cordón umbilical que me alimentó hasta poder llorar este mundo debe estar enterrado aquí. O, para explicarlo mejor, en los años de vida en el país y de caminar con sus gentes, varios cordones umbilicales me conectaron a una realidad que terminó siendo tan mía como lo sería de cualquier panameño.
Uno de esos cordones, sin duda, ha sido La Prensa. En este diario trabajé de planta entre 2005 y 2007 y desde abril de ese año he mantenido la columna de El Malcontento. Más de nueve años de conexión con la actualidad, con el devenir de un país, con la defensa de los territorios ante la voracidad del capitalismo más agresivo, con la defensa de los derechos humanos tan vulnerados en la última década, con las esperanzas de unos pueblos que han soportado estigmatización y tolete más de lo imaginable…
La Prensa, que siempre fue un espacio generoso y amable, se volvió imprescindible para mí después de febrero de 2011, cuando la policía “política” de Ricardo Martinelli me detuvo, junto a mi esposa, y nos expulsaron del país. Todavía recuerdo la sensación de desamparo, solo compensada por las muestras de solidaridad y de cariño de miles de panameños y panameñas y por el apoyo de Fernando Berguido y de La Prensa, que me permitieron seguir dialogando con esta mi tierra a pesar del impedimento legal de pisarla.
Hoy, la empresa ha decidido que El Malcontento ya no salga más en estas páginas y así será. Es el final de una etapa que ocupará una buena parte de mi memoria emocional y profesional. No ha sido tarea fácil cumplir con la obligación durante casi 500 semanas, aunque sabía que las palabras de El Malcontento podían ayudar en alguna medida a colectivos y comunidades o que podían servir para abrir debates en ciertos círculos de opinión. Eso lo compensaba.
Menos amable ha sido soportar los comentarios xenófobos e insultantes de algunos de los comentaristas habituales en internet, o contemplar la deriva del país hacia posiciones fanáticas controladas por el dogmatismo o la ceguera religiosa.
Mucho peor, constatar que los textos que semana tras semana he ido publicando no servían para proteger a los hermanos ngäbe que luchan por nosotros en el territorio, o para que el mundo mirara hacia el Colón reprimido, o para evitar que gente poderosa como Ligia Arreaga haya tenido que abandonar el país ante las amenazas contra su vida, o para que la irracionalidad de los especuladores no triunfara sobre el entusiasmo de los defensores del ambiente, o para que leyes tan necesarias como la de educación sexual prosperasen. Espero, como poco, haber ayudado a sembrar inquietudes, dudas sobre lo que nos presentan día a día como “normal” y que configura un relato dominante, oficial, que corresponde tan poco con la realidad. Espero que los que hayan podido olvidarse de acentos y pasaportes hayan encontrado en mí a un compatriota de la humanidad, a un ingenuo más entre los que pensamos que la respiración nos hace hermanos.
Hoy les confieso mi tristeza. Dejo este espacio porque se cierra, no porque lo desee. Es la tristeza del que sabe que se rompe un vínculo importante con el país. Pero les prometo que este cordón umbilical quedará enterrado en el Istmo. No bajo los palacios de vidrio y acero que rasgan el hermoso cielo de Panamá, sino en la tierra fresca bajo un tambo de Cocalito, en el Darién, o en el refugio frente al Pacífico de Jaqué de Heriberto, o en San San Drui, el hogar de mis hermanas Emilia, Pánfila o Lupita, o en las veredas chiricanas de la resistencia, en el patio trasero de la casa familiar de Yaritza, o en el pequeño balcón de dignidad de Olo y de Jeannette, o en el Cerro de Viento de Ramón, o en la casa tomada de Mir, o en el pliegue de unos versos de Lucy que provoquen la lluvia en mi soleado corazón, o en la añorada tierra guna de Inawinapi, o en el trazo del pulso firme de Vic, o en la transparencia silenciosa de Ramón Ricardo, o en la sonrisa aliviadora de Pato, o en el respeto hecho de trabajo de Liz o de Hermes, o en las inundadas comunidades de Barro Blanco, o en los brazos abiertos de tantos y tantos amigos que nunca me dejaron ir aunque otros levantaran fronteras con papeles y mentiras. Siembro este cordón para que renazca, de otras maneras, en otras rutas… lo siembro para mantener mi compromiso con este país que me ha dado tanto y que algunos, casi siempre desde elegantes despachos sin elegancia, no dejan de esquilmar. Soy de ustedes. Lo demás, la legítima decisión de alguien de terminar esta columna, las distancias, las batallas perdidas y las fiestas no celebradas… no es importante.

