Llegué de Panamá el sábado por la noche, después de pasar allí la semana gestionando un asunto importante. ¡Qué maravilla de país tenemos! El domingo ya recibí una llamada del director de operaciones: Yanbu, Jeddah, Taif, Abha y Jazan; cinco ciudades saudíes, incluido nuestro puerto y la salida principal del crudo saudí para esquivar Ormuz; bajo aviso de peligro simultáneo. Horas después, la Defensa Civil saudí dio la señal de que el peligro había pasado. Nosotros operamos en Yanbu, con varios proyectos activos. Esa alerta no fue una noticia lejana leída desde la comodidad de un sofá, sino el primer asunto que atendí, apenas de regreso: resguardar la seguridad de nuestros operadores en sitio.

Así se gestiona hoy un negocio como el nuestro en esta región: sin pausa, con actividad en el mar y en tierra, revisando cada mañana no las noticias generales, sino el reporte específico de cada sitio donde tenemos personal.

El panorama se intensifica, no se calma. Entre el 5 y el 9 de septiembre, Estados Unidos hundió cinco petroleros iraníes; Irán respondió atacando diez buques y disparando misiles contra una base estadounidense en Jordania. Es, literalmente, una guerra de petroleros, en las mismas aguas donde solían transitar tranquilamente nuestros barcos. Ormuz sigue, en la práctica, cerrado: apenas un puñado de buques transitan estos días, frente a un promedio de más de 80 antes de la guerra. ¡El barril de petróleo Brent supera los 107 dólares!

Y aquí está lo que más desespera a quienes operamos aquí: ni siquiera hay claridad sobre si existe una salida diplomática. Estados Unidos insiste en que hay conversaciones en marcha; Irán sostiene que no las hay. El 13 de septiembre, horas antes de una reunión clave entre Irán y los países del Golfo en Omán para negociar la reapertura del Estrecho, el propio gobierno omaní la pospuso indefinidamente, tras un ataque a un buque de carga iraní que mató a una persona. Cada semana sin claridad, el conflicto se enquista más, y las economías que dependen de la región pagan el precio de esa indefinición.

Ya se confirmó algo que pocos fuera de la industria dimensionan: el oleoducto East-West de Arabia Saudita, la única alternativa terrestre hacia el Mar Rojo sin tocar Ormuz, está completamente cerrado tras un ataque con drones. De la noche a la mañana, entre 4 y 5 millones de barriles diarios fueron borrados del mapa energético mundial. Las reservas en Yanbu alcanzan para cuatro a siete días; las reparaciones tomarán semanas. En Bab al-Mandab, los hutíes controlan ya toda la costa yemení del Mar Rojo, poniendo en peligro la entrada al Canal de Suez.

Nuestra industria ha improvisado rutas que hace un año no existían: Duqm, en Omán, y Nhava Sheva, en India, hoy son puertos de descarga de emergencia, no por ideales, sino por ser de los pocos accesibles, aunque la carga a veces se queda ahí almacenada, sin llegar a destino.

Y aquí quiero ser honesto sobre algo que los números generales no cuentan. Las petroleras están ganando, pero nosotros, las empresas que ejecutamos los principales proyectos petroleros y gaseros de la región, estamos perdiendo dinero. Nuestro negocio vive de que lleguen los equipos que hay que instalar, y esos equipos llegan en barcos que, desde el inicio del conflicto, prácticamente no cruzan con carga de proyecto. ¿Pan para hoy y hambre para mañana?

El año había arrancado con pronósticos sombríos, sobreoferta global, márgenes ajustados. La guerra cambió eso de golpe. Las cinco grandes occidentales ganaron 48 mil millones de dólares combinados solo en el segundo trimestre. Chevron reportó su mejor trimestre de toda su historia. Aramco de Arabia Saudita, pese a recortar producción en un 25%, ganó 32.7 mil millones en tres meses. Ellos venden el barril caro. Nosotros esperamos el barco que no llega, y la conversación que tampoco.

El Canal de Panamá vive su propia versión de esta paradoja, del otro lado del mundo. Intenta capitalizar la demanda que genera esta crisis, pero El Niño se lo impide cada vez más. Y ahí también aplica la lección que se respira en esta región: las ventanas geopolíticas no esperan a quien solo anuncia, sino que premian a quien ejecuta con la misma urgencia con la que se presentan.

Pero hay algo más que se respira aquí, y que ningún número captura: resiliencia. A veces puede parecer ignorancia del riesgo, pero no lo es. Es esa determinación de seguir, de luchar, de pasar por encima de cualquier obstáculo, y eso solo se aprende viviendo en una región como esta. Este mismo lugar se ha caracterizado por anunciar proyectos que en cualquier otro sitio sonarían imposibles: el edificio más alto del mundo, una isla con forma de palmera, una ciudad lineal en el medio de la nada. Lo que para unos son sueños, aquí son proyectos en ejecución. Y esa es, al final, la lección más importante: las acciones son las que definen los buenos negocios. Aquí no solo se anuncia ni se planea, sino que se actúa, a galope constante y acelerado, incluso en medio de la guerra.

Los números cuentan historias distintas según quién los mire. Para quien vende petróleo, es un año récord. Para quien construye la infraestructura que ese petróleo necesita, es uno de los más difíciles en mucho tiempo. Y en medio de las dos historias, la que de verdad importa cada mañana es la más simple: confirmar que las personas en cada proyecto están bien.

El autor es ingeniero civil y Managing director para el Medio Oriente de Roll Group.