Hay personas que llegan a consulta agotadas sin saber muy bien de qué. Duermen, pero no descansan. Revisan el tono de un mensaje tres veces, anticipan la reacción de los demás, se sobresaltan con un portazo. Cuando les pregunto cuándo fue la última vez que se sintieron realmente tranquilas, muchas no lo recuerdan.

A eso lo llamamos hipervigilancia, y aunque suele vivirse como un rasgo de carácter, es en realidad la huella que deja el trauma en un sistema nervioso que aprendió que bajar la guardia era peligroso. Emma McAdam, terapeuta y creadora del canal Therapy in a Nutshell, dedicó a este tema un video reciente cuyas ideas recojo aquí, junto con algunas reflexiones desde mi práctica.

La hipervigilancia es un estado en el que cerebro y cuerpo actúan como si hubiera una amenaza cerca, aunque no la haya. Se nota en la tensión constante, en la costumbre de escanear personas y ambientes, en el sobreanálisis de cada conversación, en el sobresalto fácil y en la dificultad para dormir. Los sistemas de detección de amenaza, con la amígdala como protagonista, están sobreactivados, mientras que las estructuras que deberían avisar que estamos a salvo no logran imponerse. McAdam lo compara con una alarma de humo demasiado sensible, que suena no solo con el fuego sino también con el pan tostado. El objetivo no es arrancarla, sino recalibrarla.

Nuestro organismo tolera bien el estrés breve; lo que desgasta es el crónico. Y para el sistema nervioso, imaginar un peligro produce una reacción muy parecida a vivirlo: cada preocupación rumiada es una pequeña emergencia. Nada de esto significa que el cerebro esté roto. En algún momento, estar alerta sirvió, quizás para anticipar el humor de un adulto impredecible o para conservar algo de control en medio del caos. Para muchas personas, lo extraño, e incluso lo amenazante, es la calma.

Puede sonar contradictorio, pero el primer paso no es dejar de preocuparse, sino darle forma a la preocupación. McAdam propone preguntarse si realmente hay un fuego. Si no lo hay, basta con recordarse que, en este momento, se está lo suficientemente a salvo. Si lo hay, toca actuar: agendar la cita médica en lugar de darle vueltas al síntoma, resolver el trámite pendiente, tener la conversación que se ha evitado. Actuar convierte una amenaza difusa en un problema con principio y final. También ayuda contrastar el miedo con la evidencia disponible (un mensaje sin respuesta rara vez significa rechazo), o seguir la cadena de los “¿y si…?” hasta descubrir que incluso el peor escenario tendría salida, un ejercicio que conviene hacer con un terapeuta o, al menos, por escrito.

El segundo movimiento consiste en reeducar la mirada. El cerebro presta más atención a lo que puede dañarnos que a lo que nos nutre, y lo que buscamos, lo encontramos. Pero el principio funciona también al revés. Detenerse, mirar alrededor y constatar que no hay peligro; registrar cada día esos pequeños destellos de alegría o conexión que Deb Dana llamó glimmers; buscar la compañía de personas seguras; o anotar lo que se temía y, después, lo que realmente ocurrió, son maneras de mostrarle al cerebro que suele sobreestimar el peligro.

El tercero pasa por el cuerpo. La prisa, la multitarea y los músculos tensos le dicen al cerebro que estamos huyendo de algo, y el sistema nervioso escucha más lo que hacemos que lo que nos decimos. Por eso ayuda detenerse varias veces al día para bajar los hombros, soltar la mandíbula, aflojar las manos, exhalar despacio y decirse que no hace falta estar en guardia ahora.

Queda una pregunta incómoda que en terapia abre muchas puertas: ¿hay una parte de ti que cree que preocuparte te protege? Reglas como “si me preocupo, no pasará” o “es mejor esperar lo peor” funcionan como amuletos que nunca se ponen a prueba y que sabotean en silencio cualquier intento de cambio.

Reentrenar un sistema nervioso hipervigilante lleva tiempo. No se trata de forzar la calma, sino de recordarle con suavidad, una y otra vez, que en este momento estamos lo suficientemente a salvo. Estas herramientas no sustituyen el tratamiento en casos en que las afectaciones son más intensas y duraderas. Pedir ayuda puede ser, quizás, la primera vez que tu sistema nervioso descansa acompañado.

La autora es psicóloga.