Las elecciones del año próximo posiblemente sean la última oportunidad que tendremos los panameños para evitar que todo se vaya a la porra.
Como dice el doctor Ritter, por muy mal que nos pueda parecer que esté algo, siempre será propenso a empeorar. Pero, la velocidad a la que se pudre nuestro entorno nos obliga a meditar con seriedad cómo podemos tratar de lograr alguna opción para salvar a un país que, si ha sido capaz de hacer lo que ha hecho manejando el Canal, es capaz de cualquier cosa.
Si bien es evidente que ha habido un intento por parte de las autoridades por perseguir la corrupción, existe la percepción general de que estos intentos han estado matizados por un cierto sesgo que pone en duda la imparcialidad de los procesos. La economía presenta una clara contracción que, aunque los indicadores macroeconómicos no sean tan catastróficos, se traduce en la repetitiva clase “la economía está mal”.
Es cierto que estamos comparando con un crecimiento que era insostenible a largo plazo. Pero, con todo y eso, no podemos negar que hay indicadores simples que nos demuestran que la gente no está tan equivocada como dicen los economistas.
Pero lo peor de todo es el nivel de corrupción que exhiben nuestros funcionarios, principalmente a nivel legislativo.
Las maleanterías de que han hecho alarde desde que se destapara el año pasado la cloaca de los contratos y planillas, nunca termina de sorprendernos.
Y no solo es la forma como se han repartido nuestros impuestos para todo tipo de fechorías, sino que hacen alarde de sentirse intocables en un sistema de justicia en el que la norma evidente es una mutua protección entre Órgano Legislativo y Órgano Judicial, frente a la desesperada petición de los ciudadanos que actúen con transparencia. De la presidenta de la Asamblea para abajo, todos han ignorado desde peticiones de la sociedad civil hasta auditorías de la Contraloría y mandatos de la Corte Suprema.
Ellos simplemente ignoran todo para seguir en su ya habitual despilfarro incontrolable de fondos públicos. Todo esto ante la impávida complicidad de las cúpulas y los precandidatos de los partidos políticos, que necesitan a los diputados para reclutarles votos. En fin, un asco.
Pero todo esto tiene su parte positiva. Por primera vez en mis 56 años, percibo una preocupación de la sociedad por el país. Las quejas no se orientan a lo que pueda pasarle a cada quien a título individual, sino que las preguntas se refieren al camino al que se dirige un país sumido en un sistema corrupto y sin visos de mejorar.
Y de todos, a quienes percibo más preocupados son a los jóvenes. Que parecen estar conscientes de que es tiempo de integrarse a la lucha por adecentar a un país que, de seguir así, pudiera en unos años optar por opciones radicales ante el hartazgo de la gente. Mejor que vayamos tomando nota, porque no nos queda tanto tiempo.
El autor es cardiólogo
