La inteligencia artificial dejó de ser una promesa tecnológica para convertirse en un factor económico. Está cambiando la manera en que las empresas producen, los trabajadores realizan sus tareas y los gobiernos prestan servicios. Para Panamá, el debate no debería reducirse a preguntar cuántos empleos desaparecerán, sino centrarse en una pregunta más importante: ¿cómo utilizaremos la inteligencia artificial para producir más, generar mejores empleos y aumentar la competitividad?
Panamá necesita acelerar el crecimiento económico, mejorar la productividad y generar oportunidades laborales para una población que enfrenta un mercado de trabajo cada vez más exigente. En este contexto, la IA puede convertirse en una herramienta de transformación, pero también puede ampliar las brechas existentes si su acceso queda concentrado en determinadas empresas, trabajadores o sectores.
La evidencia internacional muestra que el impacto de la inteligencia artificial sobre el empleo no necesariamente implica la desaparición automática de puestos de trabajo. La Organización Internacional del Trabajo y el Banco Mundial han señalado que la inteligencia artificial generativa puede transformar significativamente los empleos en América Latina y el Caribe, pero que las brechas de infraestructura digital, educación y acceso tecnológico pueden limitar sus beneficios.
El reto, por tanto, es entender que la IA sustituirá principalmente tareas, no necesariamente ocupaciones completas. Un contador puede utilizar IA para procesar información y dedicar más tiempo al análisis; un abogado puede automatizar parte de la revisión documental; una pequeña empresa puede utilizar herramientas de IA para mercadeo, atención al cliente o gestión administrativa.
Esto abre una posibilidad especialmente relevante para Panamá: utilizar la tecnología para elevar la productividad de las pequeñas y medianas empresas, que necesitan producir más y acceder a nuevos mercados sin incrementar necesariamente sus costos en la misma proporción. La productividad será, probablemente, una de las variables decisivas.
Panamá tiene ventajas importantes: su posición geográfica, el Canal, los servicios logísticos, el sistema financiero, el turismo y su conectividad internacional. Pero esas ventajas necesitan complementarse con mayor innovación y capacidad tecnológica. La IA puede ayudar a que el país pase de ser solamente un centro de tránsito y servicios a convertirse también en un centro regional y global de servicios digitales, análisis de datos y soluciones tecnológicas. No basta con comprar tecnología. Una empresa que incorpora inteligencia artificial sin trabajadores preparados puede terminar utilizando solo una fracción de su potencial.
La formación en inteligencia artificial, análisis de datos, programación, computación en la nube y ciberseguridad debe dejar de considerarse exclusivamente una especialización para ingenieros. También debe incorporarse en la formación de economistas, administradores, contadores, docentes y profesionales del turismo, la logística, la salud y otras áreas.
En Panamá ya existen iniciativas en esa dirección. El programa TalentUp contempla capacitación en inteligencia artificial, computación en la nube, ciberseguridad y análisis de datos. Además, la Autoridad Nacional para la Innovación Gubernamental ha planteado una Hoja de Ruta Nacional de Inteligencia Artificial 2026-2029 y una agenda orientada a tecnologías avanzadas. El siguiente paso debe ser conectar estas iniciativas con las necesidades reales del mercado laboral.
No se trata solamente de capacitar a las personas en herramientas tecnológicas. Debemos identificar cuáles serán las ocupaciones y competencias que tendrán mayor demanda y orientar hacia ellas la formación técnica, universitaria y profesional.
También existe una oportunidad en el sector público. Un Estado que utiliza inteligencia artificial de manera responsable puede reducir tiempos de procesamiento, mejorar la gestión de información, facilitar trámites y liberar recursos humanos para tareas que requieren criterio, interacción ciudadana y toma de decisiones.
Pero la transformación tecnológica debe estar acompañada de reglas claras. La protección de datos, la ciberseguridad, la transparencia, la supervisión humana y la responsabilidad en el uso de algoritmos serán fundamentales para generar confianza.
El mayor riesgo económico sería que la IA aumente la productividad de una parte de la economía mientras deja atrás a otra. Por eso, la política pública debe enfocarse en cerrar la brecha digital, facilitar el acceso de las pymes a la tecnología, promover la capacitación continua y conectar a las universidades, las empresas y el Estado.
La discusión sobre IA y empleo, entonces, no debería plantearse como una batalla entre la tecnología y los trabajadores. El debate se centra en elegir entre una economía que utiliza la tecnología para producir más valor y otra que simplemente observa cómo avanzan otros países. Panamá tiene la oportunidad de aprovechar la inteligencia artificial para fortalecer sus sectores —logística, banca, turismo, comercio y servicios— y, al mismo tiempo, desarrollar actividades vinculadas con la economía digital.
La IA no garantiza por sí sola más crecimiento ni mejores empleos. Pero puede convertirse en un poderoso multiplicador de productividad si existen talento, infraestructura, inversión y una política pública coherente. El desafío no es detener el futuro. Es prepararnos de la mejor manera para los retos que se avecinan. Por eso, más que preguntarnos cuántos empleos quitará la inteligencia artificial, Panamá debería preguntarse cuántos nuevos empleos, empresas y oportunidades económicas podemos crear si aprendemos a utilizarla correctamente.
El autor es economista y docente universitario.


