PSICOLOGÍA

La ira en el cuadrilátero

La ira en el cuadrilátero
La ira en el cuadrilátero

No solo pretendo quedarme en un vaivén de palabras acicaladas; la intención es sensibilizar y compartir lo que estamos observando. Hemos realizado un acercamiento con la Cámara de Comercio, la Defensoría del Pueblo, Apede, Capac, entre otros, para estimular en la ciudadanía una consciencia relacionada con los semblantes y conductas afectados por la ira. Para algunos sería “el enojo”; para otros, “la rabia” y uno que otro le llamaría “enfado”.

“Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”. Palabras de Aristóteles.

Panamá, con una población de alrededor de cuatro millones de personas, era un país prominente con ciudadanos caracterizados por su espontaneidad, corazones bondadosos y colmados de alegría y con un dejo de ingenuidad. Impresiona ver al nuevo istmo, florecen pequeños monstruos en los corazones, llenos de ira, resentimientos, rencores y odios agravados por conductas destructivas. Hemos quedado atrapados de ira en el cuadrilátero, se ha desnaturalizado la convivencia y ello depara un triste porvenir para nuestros hijos.

Reconocer la dinámica de la ira es necesario para una sociedad que necesita alfabetizar sus propias emociones. La ira se camufla, nos empuja a ponernos una variedad de máscaras, a volvernos sarcásticos, a recrearnos con los chismes del patio, a repetir calumnias de las que no tenemos certeza alguna. La ira nos vuelve impacientes, frustrados, quejumbrosos, irrespetuosos e irreverentes.

La pregunta que yo haría es: ¿alguno de los lectores siente que tiene cierta cantidad de ira reprimida? Creo que la mayoría no sabríamos contestarla. Es más, apostaría que la ira está embadurnada de tanta brusquedad, que no somos capaces de reconocerla.

La ira proviene de necesidades insatisfechas, reacciones de irritación desencadenadas por la indignación de sentir que nuestros derechos han sido vulnerados o por sentirnos heridos, manipulados. La ira se deriva de las situaciones estresantes y de esos momentos en que tenemos tantas tareas que realizar y carecemos de la capacidad de cumplir. La ira se esconde detrás de una máscara de tristeza y fragilidad y se recubre de frustración por aquello que hemos planeado y que no tiene resultados positivos.

Somos seres inadecuados, y es posible que algunas personas que sufren de perfeccionismo se enfaden consigo mismos, por no ser lo suficientemente perfectos para cumplir con los desafíos que se han planteado. Esto es la mayor fuente de flagelación.

Dice Earnie Larsen: “La ira reprimida lleva a la indecisión” y tiene seis caras: la depresión, el rol de víctima, los que aparentan y mienten que no están bravos, los que toman todo de modo personal, los que eluden e ignoran la realidad y buscan refugio en conductas adictivas. En los momentos de ira se dice, piensa y expresa y se producen heridas que a veces, pasado el momento, no hay cómo restañar ni cómo recoger las palabras.

Sin embargo, la ira tiene una función en la vida de las personas: movilizar cambios a través de la experiencia vivida. A pesar de ello, la ira es el mayor obstáculo para llegar a ser felices. La Fundación Piero propone jornadas de sensibilización para aquellos que no pueden contener su ira, que sienten que ya son recurrentes en el cuadrilátero…

La negación y el autoengaño son formas de no aceptación. No existen recetas mágicas ni fórmulas para enfrentar la ira; cada persona la vivirá de la forma como aprendió y vivió en su infancia. Sin embargo, lo que importa es que hay que expresar con honestidad lo que estamos viviendo, ya sea provocado por un trago amargo o por algo que nos frustra. Por lo que nos enfurece, nos sentimos heridos, manipulados, y tenemos que transitar por ese camino de ira, tomando consciencia de nuestras necesidades para que la intensidad de la ira sea menor. Cada ser humano -por lo menos-, debe intentar tener dominio de sí mismo, lo que se traduce en que debemos permitir ocuparnos de nuestra reacción y gobernar nuestras acciones.

Entonces, viéndonos con otros ojos, emerge la compasión y la misericordia al vernos como lo que somos, seres vulnerables, inadecuados, con necesidades, pero dispuestos a reconocer nuestros límites y errores.

El autor es presidenta de la junta directiva de Fundación Piero Rafael Martínez de la Hoz


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