En días atrás, al llegar al gimnasio, como cada mañana, en la sesión de calentamiento, un compañero suramericano radicado en Panamá me dice: Doctor, “se nos jodió el país. Tengo años de estar aquí y estoy viendo, como lo viví en mi país, cómo se nos ha ido dañando todo”. Esa expresión me impactó.
Los que hemos vivido en este terruño conocemos la historia de momentos quizás peores que los actuales. Pero esa manera de pensar del compañero foráneo, por tener puntos de comparación recientes, puede analizar y comparar sin la influencia de un pasado más lejano y llegar a la conclusión de que el deterioro de nuestra sociedad ha llegado a niveles de crisis.
Pero también concluimos que la indiferencia de la gran mayoría de la ciudadanía, se debe quizás a una tolerancia desarrollada porque nos acostumbramos a que este estado de cosas de alguna manera pasará como sucede con todo. Tolerancia también desarrollada por el hecho de que nunca hay certeza de castigo. Esa pasividad se puede deber a la permeabilidad que ha tenido la corrupción en todos los niveles de la sociedad. Todo esto hace que tengamos que mirar para otro lado de manera cómplice.
Definitivamente que el centro de todos nuestros males está en el nulo funcionamiento de la justicia. Podremos tener la mejor economía latinoamericana, los mejores puertos marinos, ser un centro internacional de comunicaciones y pasajeros aéreos, quizás mejorar nuestro sistemas de educación y salud, etc., pero si no nos adentramos a rectificar nuestro muy sui generis sistema de justicia, como pilar fundamental de la democracia, vamos indefectiblemente a un estallido social, porque también la inequidad tiene su origen en la corrupción y la falta de justicia.
La filosofía del negocio, que siempre ha existido en nuestro país, y en el sistema y que con el gobierno que se instaló en 2009, estableciendo la corrupción vertical de arriba hacia abajo, ha carcomido todos los niveles de la sociedad de manera maligna.
Esa voracidad por hacer dinero fácil, junto con el nefasto juega vivo que se ha convertido en una especie de orgullo nacional y parte de nuestra cultura, cuando no es más que indisciplina, falta de respeto a otros, falta de solidaridad, abuso de poder desde el más humilde que tiene un mínimo poder, hasta el más encumbrado empresario y político, llevan al país de la mano al cadalso.
La única forma que existe de frenar esta peligrosa situación es encontrar y desarrollar un sistema de justicia con castigo certero o veredicto de inocencia rápida y veraz, que no sea producto de arreglos que más tienen sabor y hedor nauseabundo de impunidad que de justicia.
Quizás no podremos eliminar la filosofía del negocio en las profesiones, pero donde no se debe permitir es en la estructura cuyo deber es impartir justicia.
Nuestro sistema está diseñado para que los profesionales del derecho tengan las facilidades de desarrollar la filosofía del negocio, a la que tienen derecho, pero es necesario que existan fiscales, jueces y magistrados que se atrevan a ponerle un alto a todas las prácticas que riñan con el objetivo de lograr el imperio de la justicia y que no queden participando del espíritu del negocio. Los que imparten justicia, seguridad, educación y salud, en una sociedad seria, deben tener su futuro garantizado.
Todavía preocupa más la expresión del compañero de ejercicios cuando estamos en un periodo electoral y no vemos en ninguna de las estructuras políticas participantes y en los ciudadanos aspirantes con posibilidades de triunfo a los diferentes cargos, la verdadera intención de subsanar las diferentes falencias estructurales de nuestra institucionalidad.
Sin querer entender la realidad, transitan por el conocido trillo de prometer trabajo, salud, educación, etc. Parecieran querer dejar intactas las mismas estructuras del gobierno instalado en 2009, y que todavía persisten. ¿Para seguir practicando el mismo esquema?
Si la ciudadanía “apolítica” y la que participa en agrupaciones políticas y grupos genuinamente honestos y preocupados, por su hastío y aborrecimiento a lo político, permiten que el estado de desgreño institucional del país subsista y no exigen y escudriñan las diferentes ofertas electorales, de manera seria y se abstienen de ejercer el sufragio o siguen, cual ovejas, a la masa electoral clientelista, entonces sí podemos asegurar que se nos jodió el país, y eso tendrá consecuencias impredecibles.
La consigna debe ser: los partidos y candidatos que no quieran los cambios que promuevan una nueva institucionalidad, que esperen su oportunidad futura. Este ciclo es de los que quieran y se atrevan a hacer la tarea.
¡Exijámoslo por Panamá!
El autor es neurocirujano
