En “El Ministro y Yo” (1976), Cantinflas convierte la burocracia en comedia y, de paso, en una incómoda lección sobre el servicio público. Su explicación del término remite al francés bureau, escritorio, y a la raíz griega krátos, poder, El poder que se ejerce desde el escritorio. Una imagen que permite entender por qué un mueble tan inofensivo puede llegar a tener tanto poder.
Lo inquietante es que, medio siglo después, todavía podamos reconocernos en aquella comedia setentera.
Un ciudadano llega a una oficina pública con su carpeta en mano. Ha pedido permiso en el trabajo, pagado transporte y organizado su mañana alrededor de una diligencia. Del otro lado del escritorio un ave de paso revisa sus documentos y descubre un requisito que nadie le había mencionado. Debe regresar. Cuando, con qué y ante quién son preguntas que, al parecer, tomaran dos o tres visitas más.
Hay relaciones sentimentales con muchos menos problemas que un expediente administrativo.
A esa degeneración del servicio público me gusta llamarla la burrocracia, la obstinación de quien convierte su capacidad de resolver en el privilegio de entorpecer. El funcionario que exige por costumbre y devuelve por comodidad o demora porque sabe que el tiempo perdido es el de otro.
Su frase predilecta es “siempre se ha hecho así”. La pronuncia con la tranquilidad de quien acaba de citar la Constitución, aunque solo esté defendiendo una costumbre que nadie recuerda haber aprobado. En su cubículo, una pregunta puede resultar impertinente y una propuesta de mejora puede provocar que un documento se extravíe misteriosamente.
El escritorio adquiere entonces dimensiones similares a las de la Franja de Gaza. De un lado está quien necesita una respuesta y del otro, quien puede aplazarla eternamente.
Conviene reconocer a aquellos servidores públicos que trabajan con responsabilidad, explican los requisitos y buscan soluciones dentro de la ley. También ellos padecen esta gangrena estatal. Son quienes reciben el expediente que otro dejó dormir, atienden al ciudadano que llega cansado por cuarta vez y terminan haciendo el trabajo adicional que produjo la indiferencia ajena. Una administración que tolera la negligencia acaba castigando a sus mejores funcionarios.
Porque la burrocracia también se instala entre oficinas. Una dirección solicita un criterio, otra responde con una observación, una tercera descubre un mes después lo que pudo advertir desde un principio. El documento circula, acumula sellos y engorda. Todos pueden demostrar que le dieron salida. Cuesta encontrar a alguien que responda por el resultado de aquella guía telefónica de los años 90.
Mientras tanto, afuera de aquella carpeta que se utiliza como soporte de escritorio, la vida continúa.
Un pago demorado puede comprometer el salario de un trabajador. Una autorización no remitida puede frustrar la apertura de un negocio. Un paciente que pierde una cita puede llevarlo directo con San Pedro. Cada expediente tiene consecuencias que rara vez caben en la casilla de “observaciones”.
En Panamá deberíamos tratar la eficiencia pública con mayor calidez humana. El tiempo del ciudadano merece respeto.
También debemos fiscalizar los tiempos. Si resolver exige asumir responsabilidades y dejarlo como pendiente permite no cumplirlo, la ineficiencia encuentra terreno mucho más fértil que el de Tierras Altas en época lluviosa. Si nadie analiza cuánto tardó una oficina ni por qué devolvió el mismo documento cinco veces, la demora se vuelve una forma muy cómoda de administrar.
Una respuesta clara exige requisitos claros desde un inicio, observaciones bien señaladas y plazos reales. Exigir un buen desempeño y corregir las negligencias es mucho pedir. Digitalizar ayuda, siempre y cuando el sistema no éste caído.
Los controles tienen una función indispensable: proteger los recursos públicos y garantizar decisiones legales. Precisamente por eso deben aplicarse con conocimiento y propósito. Una exigencia innecesaria consume el tiempo de quien debería dedicarse a revisar lo verdaderamente importante.
Cantinflas pudo convertir todo aquello en comedia porque reconoció la vanidad escondida detrás de ese escritorio.
Después de todo, el escritorio lo pagamos todos. ¿Resulta extraordinario tener que pedir permiso para que esté a nuestro servicio?
El autor es abogado y gestor cultural.


