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La comunidad china y los múltiples génesis de la nación panameña

La comunidad china y los múltiples génesis de la nación panameña
Solo dos dragones quedaron del monumento cultural. Alexander Arosemena

La reciente demolición del monumento dedicado a la comunidad china en el entorno del Puente de las Américas ha reabierto un debate que trasciende con creces una decisión administrativa o urbanística. No se trata únicamente de una estructura derribada, sino de una pregunta más profunda sobre cómo Panamá reconoce —o desconoce— a las comunidades que han contribuido de manera decisiva a la construcción de su sociedad.

Hablar de la comunidad china en Panamá no es hablar de un grupo externo ni circunstancial. Es hablar de uno de los pilares humanos, económicos y culturales del país moderno. Desde mediados del siglo XIX, los migrantes chinos han estado presentes en momentos clave de nuestra historia: en la construcción del ferrocarril transístmico, en los trabajos asociados al Canal y en la consolidación de una economía cotidiana que sostuvo barrios, pueblos y ciudades cuando el Estado y las grandes empresas no llegaban.

Panamá no es el resultado de un solo génesis ni de una línea pura de origen. Nuestra sociedad está constituida por múltiples génesis históricos y por una pluralidad de herencias humanas y culturales que se han entrelazado a lo largo del tiempo. En ese entramado profundo —biológico, social y simbólico— la comunidad china no es un elemento accesorio, sino parte constitutiva de la humanidad misma de la sociedad panameña.

Cuando hablamos de herencia no nos referimos únicamente a datos históricos o aportes económicos. Nos referimos también a valores, prácticas, formas de organización familiar, ética del trabajo y modos de vida que se transmiten de generación en generación. Muchos de esos rasgos hoy forman parte de lo que entendemos como cotidiano y propio en Panamá, aunque rara vez se reconozca su origen diverso.

En ese proceso de integración, muchas familias panameñas —cientos, miles a lo largo de generaciones— han heredado también la genética china, producto del mestizaje real y concreto que marcó la vida social del país. Esa herencia está presente en los rostros, en los apellidos, en las familias mixtas y en comunidades enteras que son, sin ambigüedad, plenamente panameñas. La comunidad china no solo trabajó en Panamá: se integró, se mezcló y formó familia, convirtiéndose en parte del cuerpo mismo de la nación.

Por ello, los monumentos que evocan esa historia no son simples adornos urbanos ni estructuras decorativas. Son dispositivos de memoria colectiva. Su función no es imponer una narrativa, sino recordar que la nación se construyó desde la pluralidad y el encuentro. Cuando se elimina un símbolo sin diálogo, sin consenso y sin sensibilidad histórica, lo que se erosiona no es solo una obra física, sino la confianza social y el reconocimiento mutuo entre comunidades.

Panamá es, desde su origen, una nación de tránsito, de mestizaje y de convergencias. En ese proceso, resulta fundamental reconocer que entre la cultura china, la herencia afrocolonial y la tradición afroantillana existe una profunda simbiosis histórica. Estas culturas convivieron en los mismos espacios de trabajo, en los barrios populares, en los mercados, en los puertos y en la vida urbana, compartiendo experiencias de exclusión, resistencia y construcción colectiva.

De esa interacción surgió una sociedad plural, donde lo chino, lo afrocolonial, lo afroantillano y lo judío no se desarrollaron de forma aislada, sino influyéndose mutuamente y contribuyendo de manera decisiva a la formación de la nación panameña. La identidad nacional no es la suma mecánica de culturas separadas, sino el resultado vivo de ese entrelazamiento histórico.

Reconocer esta realidad no divide ni fragmenta; por el contrario, fortalece el sentido de pertenencia y la cohesión nacional. Negarla o borrarla del espacio simbólico empobrece nuestra comprensión de quiénes somos. Panamá necesita más memoria, no menos; más reconocimiento, no borramiento. Porque una nación que desconoce sus múltiples génesis corre el riesgo de perder algo más valioso que un monumento: la conciencia histórica de su propia humanidad compartida.

El autor es docente especialista en ciencias sociales.


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