Una noticia falsa puede recorrer un país antes de que alguien compruebe su origen. Llega al celular con la apariencia de un mensaje de un amigo, una imagen convincente o un video recortado a propósito. Despierta indignación, miedo o urgencia; entonces ocurre lo decisivo: alguien la comparte porque siente que debe advertir a los demás.
El alcance potencial es enorme. Según datos de la Unión Internacional de Telecomunicaciones recogidos por las Naciones Unidas, alrededor del 85 % de las personas de 10 años o más en América Latina y el Caribe poseía un teléfono móvil en 2024. Panamá registraba un 79,9 %; México, un 81,2 %, y Uruguay, un 95,5 %. Esas cifras miden la posesión del aparato, no el consumo de noticias ni la exposición a redes sociales, pero muestran cuántas puertas de entrada existen para un mensaje digital.
Las redes sociales pueden informar, conectar comunidades y dar voz a quienes antes no eran escuchados. También pueden moldear opiniones mediante la repetición. Si una persona recibe durante días versiones parecidas de un hecho, todas cargadas de emoción, puede terminar percibiendo esa versión como la única posible. La familiaridad empieza a confundirse con la verdad.
Ahí encuentran terreno las fake news o noticias falsas. Una publicación puede atribuir a una autoridad palabras que nunca dijo, presentar una fotografía antigua como si fuera actual o convertir un dato aislado en una acusación general. Cuando se comparte dentro de grupos familiares o comunitarios, adquiere además la confianza que inspira quien la envía.
La inteligencia artificial puede aumentar el impacto y la credibilidad de las noticias falsas porque permite crear textos, imágenes, audios y videos convincentes en pocos minutos y difundirlos a gran escala. Esto dificulta distinguir lo verdadero de lo manipulado y puede influir en la opinión pública, dañar la reputación de las personas y reducir la confianza en los medios.
El riesgo para la estabilidad social aparece cuando la manipulación es deliberada y coordinada. Actores interesados pueden explotar una crisis, una elección o un conflicto local para enfrentar a sectores de la población, desacreditar instituciones o provocar reacciones precipitadas. Si la desinformación se combina con otras acciones, como ataques informáticos o presiones económicas, puede formar parte de una amenaza híbrida. No toda noticia falsa es una operación híbrida: atribuirle esa intención exige identificar al actor, su conducta y sus efectos.
La primera defensa empieza en cada persona. Antes de reenviar, debemos detenernos: ¿quién publicó esto?, ¿cuándo ocurrió?, ¿hay una fuente original?, ¿otros medios confiables lo confirman? Si el contenido exige compartirlo «urgentemente» o busca provocar rabia inmediata, merece una revisión más cuidadosa. Rectificar una publicación falsa también es una responsabilidad ciudadana.
Las redes sociales pueden convertirse en un canal para amenazas híbridas cuando se usan de forma coordinada para manipular información y aumentar tensiones que ya existen en un país. Esto se ha vivido en Panamá con temas como la salud, la educación, el ambiente y la minería. Se observaron manipulaciones que buscaban polarizar a la población y debilitar la confianza de los ciudadanos en el Estado. Sus efectos también se observaron entre los propios ciudadanos, al generar disputas entre grupos sociales mediante la manipulación digital.
Estas campañas pueden apoyarse en cuentas falsas, mensajes repetidos masivamente o imágenes y audios manipulados. Su efecto desestabilizador aparece cuando la confusión se convierte en desconfianza, rechazo a las instituciones o enfrentamiento social. Una crítica legítima a una política pública no es, por sí sola, una amenaza híbrida; la señal de alerta es la manipulación deliberada y coordinada de la información.
La defensa colectiva requiere escuelas que enseñen a evaluar información, medios que corrijan con claridad, instituciones que comuniquen a tiempo y comunidades capaces de discutir sin convertir toda diferencia en enemistad. La UNESCO señala la alfabetización mediática e informacional como una herramienta para reconocer la desinformación y fortalecer el pensamiento crítico.
El celular nos permite estar conectados casi todo el tiempo. La decisión de creer y compartir, sin embargo, sigue siendo exclusivamente nuestra. Esta misma conectividad digital nos permite verificar si una noticia es verdadera o falsa. Una sociedad consciente no necesita pensar igual; necesita conservar la capacidad de verificar los hechos y conversar sobre ellos antes de dejarse dividir.
El autor es oficial del Servicio Nacional de Fronteras (Senafront Panamá) y especialista especialista en seguridad y derechos humanos.


