Cuando hablamos de desigualdad, la atención suele centrarse en lo económico: salarios bajos, falta de empleo, concentración de riqueza. Sin embargo, existe otra forma de desigualdad que es menos visible, pero igual de importante: la desigualdad cultural. No es solo cuestión de dinero, sino del acceso a libros, arte, espacios de pensamiento y oportunidades de formación que marcan la diferencia en la vida de las personas.

La cultura es un derecho, no un privilegio. Sin embargo, en Panamá, el acceso a la cultura sigue siendo desigual. Mientras algunos sectores disfrutan de bibliotecas, teatros, museos y actividades artísticas, otros apenas tienen contacto con un libro o una obra de teatro. La brecha cultural se convierte en una brecha de oportunidades, porque la cultura no solo entretiene; también forma ciudadanos críticos, creativos y conscientes.

En muchas escuelas públicas, los estudiantes carecen de bibliotecas actualizadas, de acceso a internet confiable o de programas artísticos. En cambio, los colegios privados ofrecen talleres de música, teatro, literatura y tecnología que amplían la visión de sus alumnos. El resultado es una diferencia profunda en la formación ciudadana: unos crecen con herramientas para pensar y crear; otros, apenas con lo básico para sobrevivir.

La brecha también se nota en el acceso a espacios culturales. En la ciudad capital existen teatros, galerías y centros culturales, pero en las provincias y comarcas la oferta es mínima. Los jóvenes del interior tienen menos oportunidades de participar en actividades artísticas, lo que limita su desarrollo personal y colectivo. La cultura se concentra en pocos lugares, reforzando la idea de que solo algunos tienen derecho a disfrutarla.

La desigualdad cultural tiene consecuencias sociales. Una comunidad sin acceso a la cultura es más vulnerable a la manipulación porque carece de herramientas críticas. La ausencia de espacios culturales limita la creatividad, reduce la participación ciudadana y debilita la identidad colectiva. La cultura no es solo entretenimiento; es también conciencia.

En Panamá, los ejemplos abundan. Mientras en algunos barrios se organizan ferias del libro y festivales de cine, en otros la única oferta cultural es la televisión abierta. Mientras unos niños crecen rodeados de cuentos y talleres artísticos, otros apenas tienen acceso a un cuaderno y un lápiz. La desigualdad cultural se convierte en un reflejo de la desigualdad social, perpetuando las brechas entre quienes pueden imaginar y quienes apenas sobreviven.

Romper esta desigualdad exige voluntad y compromiso comunitario. Se necesitan más bibliotecas públicas, más programas culturales en las escuelas, más apoyo a artistas locales y más espacios de encuentro en las comunidades. La cultura debe ser descentralizada, llevada a las provincias y comarcas, y democratizada para que todos puedan acceder a ella.

La desigualdad cultural también exige un cambio de mirada. La sociedad debe entender que invertir en cultura no es un gasto; es una inversión en ciudadanía. Cada libro entregado, cada obra de teatro presentada, cada taller artístico organizado fortalece la capacidad crítica y creativa de la comunidad. La cultura es semilla de libertad.

La desigualdad cultural nos recuerda que el progreso no se mide solo en cifras económicas, sino en la capacidad de una sociedad de formar ciudadanos conscientes y creativos. Una comunidad con acceso a la cultura es más fuerte, más libre y más capaz de enfrentar los desafíos del futuro. La pregunta que debemos hacernos es clara: ¿queremos una sociedad que se limite a consumir o una sociedad que también piense, cree y transforme? La respuesta marcará el rumbo de Panamá en las próximas décadas.

El autor es es consultor ambiental.