Hoy mi cofrade y padrino en la Orden de Malta, Valerio De Sanctis, y yo regresamos de Roma después de completar el Diplomado Internacional en Doctrina Social de la Iglesia Católica, organizado por la Academia Internacional de Líderes Católicos junto con la Pontificia Universidad Antonianum.
Regreso agradecido y convencido de que sus enseñanzas pueden ayudarnos a orientar una de las mayores transformaciones de nuestro tiempo: la inteligencia artificial.
La Doctrina Social de la Iglesia (DSIC) se apoya en cuatro principios fundamentales: la dignidad de la persona humana, el bien común, la solidaridad y la subsidiariedad. La DSIC nos llama a respetar a cada persona, procurar condiciones para que todos puedan desarrollarse, asumir responsabilidad por los demás y apoyar la iniciativa de personas y comunidades sin sustituirla innecesariamente.
Tuve el honor de participar como panelista en «Liderazgo para la Equidad desde la Empresa», compartiendo mi experiencia como expresidente de FUDESPA, la Fundación para el Desarrollo Económico y Social de Panamá. Reflexionamos sobre la contribución de la empresa privada a la creación de oportunidades y a un desarrollo centrado en la persona.
Es importante destacar que la Iglesia católica reconoce y defiende el derecho a la propiedad privada. Su doctrina social valora el trabajo, la iniciativa empresarial y la posibilidad de construir un patrimonio que dé seguridad y autonomía a las familias.
Ese reconocimiento está presente incluso en los mandamientos: «No robarás» y «No codiciarás los bienes ajenos» nos exigen respetar lo que pertenece al prójimo. La propiedad también implica responsabilidades: adquirirla justamente y utilizarla considerando el bien común y las necesidades de los demás.
El 15 de mayo de 1891, León XIII publicó Rerum novarum, en medio de las profundas transformaciones de la industrialización. Mientras las fábricas multiplicaban la producción, numerosos trabajadores enfrentaban condiciones precarias. La encíclica defendió la propiedad privada junto con la dignidad del trabajador, el salario justo y el derecho de asociación.
Hoy, 135 años después, la inteligencia artificial vuelve a plantearnos preguntas sobre el trabajo, la riqueza y las oportunidades. León XIV explicó que eligió su nombre inspirado principalmente en León XIII y en su respuesta a la cuestión social, vinculando aquel desafío con la nueva transformación tecnológica.
Como caballero de la Orden de Malta, siento además cercanía con León XIV, incorporado a nuestra Orden cuando era cardenal. Nuestra vocación de defender la fe y servir a los pobres y enfermos nos recuerda la responsabilidad de acompañar a quienes son más vulnerables.
Las reflexiones sobre Laudato si’, de Francisco, y Magnifica humanitas, de León XIV, nos invitan a cuidar la casa común y custodiar a la persona en el tiempo de la inteligencia artificial.
La Iglesia acepta la inteligencia artificial como una oportunidad y reconoce su potencial para contribuir al bienestar. Acoge la innovación y nos invita a desarrollarla poniendo primero la dignidad humana. Puede ayudar a mejorar la salud, la educación, los servicios y la productividad.
Más que en las coincidencias, creo en las «dioscidencias». Justo unos días antes de viajar a Roma, mi buen amigo José Ignacio «Iñaki» Lasa me compartió una idea tan sencilla como profunda: programar la inteligencia artificial con la Regla de Oro.
Tratar a los demás como queremos que nos traten. Una enseñanza milenaria como principio orientador de una tecnología nueva.
El papa Francisco advirtió en Laudato si’, número 104: «Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien». Esta reflexión sobre el poder tecnológico cobra especial relevancia ante la inteligencia artificial.
La maldad existe en el mundo, y habrá quienes intenten utilizar la IA para engañar, estafar, manipular o destruir reputaciones. Ninguna instrucción ética garantiza por sí sola que esos abusos desaparezcan. Por eso, la Regla de Oro debe orientar el diseño de los algoritmos que guían su funcionamiento, con pruebas, controles de seguridad, supervisión humana y responsabilidad por las consecuencias.
¿Aceptaríamos que utilizaran nuestros datos sin consentimiento? ¿Que una grabación falsa perjudicara a nuestros hijos? ¿Que un sistema decidiera sobre nuestro empleo sin posibilidad de corregir un error? El respeto que esperamos recibir debe orientar lo que programamos para los demás.
Somos los seres humanos quienes diseñamos y entrenamos la inteligencia artificial. Por eso, los principios éticos con los que procuramos educar a nuestros hijos y construir nuestras sociedades también deben orientar su desarrollo. Esta responsabilidad nos corresponde como empresarios, educadores, funcionarios y ciudadanos. Debemos formar personas capaces de utilizar la IA con discernimiento: verificar sus respuestas, reconocer sus límites y evaluar sus consecuencias. Como católicos, nuestra enseñanza moral nos llama a buscar la verdad, practicar la justicia y respetar al prójimo. La responsabilidad por lo que hacemos con la IA sigue siendo nuestra.
Nosotros, los panameños, podemos aprovechar esta tecnología para simplificar los trámites públicos, fortalecer las empresas y ampliar oportunidades. Hagámoslo preparando a nuestra gente y procurando que sus beneficios alcancen también a quienes tienen menos recursos.
Regreso de Roma con una pregunta para nuestras decisiones: ¿aceptaría para mí o para mi familia las consecuencias de lo que estoy haciendo?
Que la Regla de Oro oriente nuestra tecnología y nuestra conducta. Detrás de cada dato hay una persona; que su dignidad sea nuestra medida del progreso.
El autor es empresario, consultor y caballero de la Orden de Malta



