Durante décadas hemos asociado la economía circular principalmente con reciclaje, sostenibilidad y protección ambiental. Sin embargo, quizás ha llegado el momento de observarla desde una perspectiva diferente: la creación y preservación de valor económico.
El Global Circularity Gap Report 2026, desarrollado por Circle Economy en colaboración con Deloitte, presenta una cifra que obliga a reflexionar. La economía mundial pierde aproximadamente 25.4 billones de euros cada año como consecuencia de prácticas asociadas al modelo económico lineal. Esa cantidad equivale a cerca del 31% del producto interno bruto mundial. Dicho de otra manera, por cada tres euros de valor que genera la economía global, aproximadamente uno termina perdiéndose.
El problema reside en la lógica que todavía domina buena parte de la actividad económica: extraer recursos, transformarlos, utilizarlos y, finalmente, desecharlos. Durante mucho tiempo, ese modelo pareció eficiente porque los recursos eran relativamente abundantes y el costo de los desperdicios permanecía oculto.
Hoy esa realidad está cambiando. La volatilidad energética, las tensiones geopolíticas y la creciente presión sobre los recursos naturales hacen que desperdiciar materiales, energía y activos productivos sea cada vez más costoso. La eficiencia ya no es simplemente una ventaja competitiva; se está convirtiendo en una necesidad económica.
El informe identifica cinco grandes fuentes de pérdida de valor: ineficiencias en los procesos productivos, pérdidas energéticas, desperdicio de alimentos, productos y materiales descartados al final de su vida útil y deterioro prematuro de activos como edificios, infraestructura y maquinaria.
Solamente los productos y materiales descartados representan alrededor de 10 billones de euros de valor perdido anualmente, mientras que las ineficiencias energéticas representan aproximadamente 8.7 billones. No estamos hablando únicamente de un problema ambiental. Estamos hablando de capital económico que literalmente desaparece.
Aquí surge una pregunta importante para las empresas: ¿cuánto valor estamos dejando escapar dentro de nuestros propios modelos de negocio?
La economía circular propone precisamente cambiar esa lógica. Significa diseñar productos para que duren más, reparar antes de reemplazar, reutilizar materiales, aprovechar mejor los activos, reducir desperdicios, recuperar componentes y encontrar nuevos usos para recursos que tradicionalmente terminaban descartándose.
Pero también implica replantear cómo entendemos la productividad. Una empresa eficiente no debería medirse únicamente por cuánto produce, sino también por cuánto valor conserva a lo largo de todo el ciclo económico. Inventarios que terminan destruyéndose, equipos subutilizados, energía desperdiciada o activos que podrían aprovecharse mejor representan oportunidades económicas desaprovechadas.
Para Panamá, esta conversación resulta especialmente relevante. Somos una economía orientada a los servicios, la logística, el comercio, la construcción y el transporte, sectores donde una utilización más eficiente de infraestructura, energía y materiales puede traducirse directamente en mayores niveles de competitividad.
Además, nuestra posición como plataforma logística internacional ofrece oportunidades para desarrollar actividades vinculadas con la reparación, el reacondicionamiento, la redistribución y la recuperación de materiales. Los puertos, zonas francas y centros de distribución podrían incorporar cada vez más servicios asociados a la extensión de la vida útil de productos, generando inversión y empleo especializado.
Para aprovechar este potencial, Panamá debe avanzar en varias áreas. Primero, fortalecer los incentivos que promuevan la eficiencia energética, la reutilización de recursos y la valorización de residuos. Segundo, desarrollar infraestructura que facilite la recuperación y transformación de materiales que hoy terminan desperdiciándose. Tercero, incorporar criterios de economía circular en la planificación urbana, las compras públicas y los proyectos de infraestructura.
También será fundamental impulsar la innovación y la colaboración entre empresas, universidades y el sector público para desarrollar nuevas tecnologías y modelos de negocio capaces de generar más valor con menos recursos. El sistema financiero tiene igualmente un rol importante, apoyando inversiones que mejoren la productividad y la eficiencia.
La sostenibilidad empresarial está evolucionando. Ya no se trata simplemente de hacer menos daño al ambiente. Se trata de construir empresas capaces de utilizar mejor sus recursos, reducir dependencias, proteger márgenes y fortalecer su resiliencia frente a un entorno cada vez más incierto.
Quizás la pregunta que deberíamos hacernos no sea cuánto cuesta avanzar hacia una economía más circular. La verdadera pregunta es cuánto nos está costando seguir desperdiciando valor. Porque, en un mundo donde la eficiencia define la competitividad, la economía circular ha dejado de ser una aspiración ambiental para convertirse en una estrategia económica de crecimiento.
El autor es socio líder de Deloitte Panamá.


