A pesar de que las proyecciones de organismos multilaterales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional sitúan el crecimiento económico de Panamá cerca del 4.2% para 2026 —un desempeño que duplica el promedio regional—, la realidad dentro del ecosistema empresarial del país muestra un contraste de claroscuros.

Para las pequeñas, medianas y grandes empresas que operan en el mercado local, mantener la viabilidad financiera en la coyuntura actual va mucho más allá de colgarse del dinamismo del Canal de Panamá o del sector logístico. La ecuación de rentabilidad se enfrenta a retos estructurales que amenazan la sostenibilidad de las operaciones privadas en el mediano y largo plazo.

El principal dilema que enfrentan los directivos radica en el desacople entre las grandes variables macroeconómicas y el consumo interno. Mientras el comercio exterior y los servicios financieros muestran resiliencia, la demanda local sigue contenida por una tasa de informalidad laboral que ronda el 50%.

Esta dualidad afecta directamente el flujo de caja de las empresas que dependen del mercado doméstico. Sin una masa salarial formal sólida que impulse el consumo masivo, las pequeñas y medianas empresas (pymes) pierden margen para absorber el alza en los costos operativos, las tarifas de servicios y los alquileres comerciales.

La viabilidad tampoco es igual para todos los actores. En Panamá, más del 90% del parque empresarial está compuesto por pymes, las cuales generan más de la mitad de las plazas de empleo del país. Sin embargo, entre el 60% y el 65% de estas unidades productivas reportan dificultades severas para acceder a líneas de crédito o financiamiento comercial competitivo.

Las exigencias de garantías, sumadas a evaluaciones de riesgo bancario cada vez más rígidas, ahogan la capacidad de trabajo de las pymes. Para sobrevivir, muchas terminan recurriendo al autofinanciamiento o limitando su escala de crecimiento, lo que, a su vez, frena la generación de empleo formal.

Cuatro desafíos futuros para la empresa privada

Para garantizar la viabilidad en los próximos años, el sector privado panameño deberá sortear cuatro frentes críticos:

  1. Transformación digital sin retorno: La automatización y la inteligencia artificial han dejado de ser ventajas competitivas para convertirse en requisitos de supervivencia. Las empresas familiares y tradicionales que adoptan herramientas digitales registran ganancias en productividad de hasta un 60%, reduciendo costos operativos clave.

  2. Reconversión del talento humano: Existe una desconexión persistente entre las competencias demandadas por las empresas y la oferta del sistema educativo. La escasez de perfiles técnicos y digitales obliga a las compañías a asumir costos adicionales en capacitación interna.

  3. Eficiencia energética y sostenibilidad: La volatilidad en los precios de los insumos exige modelos de operación más sostenibles y una transición hacia fuentes de energía eficientes para proteger los márgenes de utilidad.

  4. Agilidad ante la burocracia: La lentitud en los trámites estatales y la fragmentación de los incentivos restan agilidad operativa a las empresas. La modernización de los procesos públicos es un clamor urgente del gremio empresarial.

El escenario futuro no es sombrío, pero sí exigente. Aunque las encuestas de confianza empresarial muestran que más del 80% de los ejecutivos prevén un panorama de mayor estabilidad y tienen intenciones de mantener o ampliar sus planillas, la viabilidad no vendrá dada por inercia.

Aquellas empresas que logren optimizar su estructura de costos, integrar tecnología en sus procesos clave y cerrar la brecha de talento serán las que conviertan las cifras de crecimiento nacional en verdadera rentabilidad sostenible. La economía de Panamá crecerá, pero el éxito individual dependerá de qué tan rápido aprenda cada negocio a adaptarse al nuevo mapa competitivo.

La autora es economista y docente universitaria.