Un fatídico 3 de enero de 1988 murió en un accidente de tránsito el joven teniente de las extintas Fuerzas de Defensa, Ernesto Omar Torrijos Shunnar, hijo del general Omar Torrijos. Desde el inicio, el hecho estuvo rodeado de circunstancias extrañas.
Las causas del accidente, de acuerdo con fuentes oficiales de la época, fueron exceso de velocidad y consumo de alcohol, elementos considerados suficientes para cerrar el caso sin una investigación más profunda. Lo extraño es que el teniente Torrijos era abstemio, nunca consumió licor, y su madre, al reconocer el cadáver, aseguró haber observado señales de tortura y un orificio en el cráneo compatible con un disparo.
Según su difunta madre, la orden de no investigar provino del general Manuel Antonio Noriega. Ante sus reclamos, fue encarcelada por más de dos semanas. Posteriormente se le concedió la libertad bajo la advertencia de aceptar la versión oficial del accidente, pues, de lo contrario, su vida estaría en grave peligro.
¿Por qué este joven mereció ese final? ¿Qué atributo especial tenía para ser torturado y asesinado?
Su madre, Milvia Shunnar Mirones, una joven de poco más de veinte años, de familia ocueña, había migrado de Chitré a la ciudad de Panamá por circunstancias familiares tensas. Laborando en el Aeropuerto de Tocumen, conoció al mayor Omar Torrijos, entonces al mando del cuartel de Tocumen. Iniciaron una relación sentimental prolongada, mantenida en relativa clandestinidad. De esa relación nació Ernesto Omar Torrijos Shunnar, quien inicialmente llevó el apellido Espino.
El joven cursó estudios en el Colegio José Dolores Moscote, donde obtuvo su bachillerato. Atlético, alto, de buena presencia y con gestos muy similares a los de su padre, fue descrito como “casi una copia del general”, según relató en una ocasión la doctora Flor María de Torrijos, esposa de Monchi Torrijos, hermano del general, quien lo adoptó por instrucciones de Omar para otorgarle el apellido paterno.
Ernesto fue acogido por la familia Torrijos en su residencia de San Francisco, donde se ganó el afecto de todos. Posteriormente ingresó a una academia militar en Venezuela, donde entabló amistad con un cadete llamado Hugo Chávez, quien años más tarde lo recordaría públicamente en su programa Aló Presidente.
Más adelante fue trasladado al Heroico Colegio Militar de México, donde se graduó como subteniente con honores y obtuvo el título de campeón de boxeo de las academias militares, logro que le costó severas golpizas, sin rendirse jamás.
De regreso a Panamá, Noriega le puso la mira. Fue enviado a reprimir manifestaciones civilistas, pero Ernesto se negó, afirmando: “mi papá me enseñó que el ejército es para defender al pueblo, no para reprimirlo”. Esa negativa le costó 30 días de arresto.
Luego fue enviado al curso Panajungla, diseñado para un mes, pero el suyo se prolongó por tres. Padecía asma, y todo indicaba que la intención era que no sobreviviera al entrenamiento. Aun así, se ganó el respeto de la tropa y de sus compañeros, algunos de los cuales llegaron a llamarlo “general”.
Noriega, obsesionado con conservar el poder, no iba a permitir que nadie se le interpusiera. Ernesto apareció ante él como la reencarnación política y simbólica de Omar Torrijos. Había que eliminarlo.
Según algunas fuentes, se contempló a Ernesto Omar como una posible figura para liderar militar o políticamente el país, por su carisma, cercanía con la tropa y por encarnar el legado físico y espiritual de su padre. Se presume entonces que Noriega ordenó su “accidente”.
Si este joven hubiese sobrevivido, es probable que la historia de las Fuerzas de Defensa y del país hubiese sido distinta.
Ernesto Omar Torrijos Shunnar, hoy prácticamente olvidado, fue en su momento una variable decisiva en la historia panameña.
El autor es abogado, ex profesor de Ciencia Política y Teoría del Estado.

