Nos estamos acostumbrando a no pensar lo suficiente los problemas políticos y, por tanto, los problemas eminentemente humanos. Lejos han quedado los días de las grandes discusiones, de las palabras sabias nacidas de reflexiones profundas, del tono personal, de la identidad, de la diversidad de voces, del sentimiento que habita en lo que se dice.

Basta con asistir a un debate en cualquier foro político para constatar dos hechos lamentables: el primero, que la política está ausente y en su lugar se implantó la politiquería; el segundo, que ahora la politiquería se hace con inteligencia artificial. Así, poco a poco, todas las voces se funden, como en un coro, en las mismas fórmulas predecibles. Las pausas, los giros retóricos, la estructura misma de «sus ideas» parecen animadas por un espíritu tan vivo como el de una caja de cartón.

No es exagerado decir que los actores de la política se han vuelto muñecos de ventrílocuo, sentados en el regazo del chatbot de turno, que piensa, escribe y contesta por ellos. En ese escenario, el discurso político, o lo que quedaba de él, pierde toda sustancia. Su valor se diluye en un tono impersonal. La frontera entre el habla de uno y la probabilidad del otro se desdibuja, y tanta es la influencia que ya sospechamos que no hay discurso, ni ley, que no esté hecho enteramente con IA.

Ahí está la paradoja de nuestro tiempo: nunca hubo tanta política y nunca hubo tan poca. Sobra la política como trinchera; falta la política como deliberación. La disposición humana a tomar partido y defender una idea es tan inherente a nosotros que lo contamina todo, como una infección que se propaga la veamos o no. Ni las ciencias naturales ni las máquinas escapan de la llamada batalla cultural. Y, sin embargo, aquello que da sentido a esa pugna, que es pensar juntos los problemas comunes y decidir, es lo que estamos dejando de hacer. Nos acostumbramos a delegar la discusión de lo comunitario, o peor aún, a no tenerla en absoluto.

Qué terrible es pensar que, frente a lo que los propios empresarios de la IA llaman una amenaza existencial para la humanidad, relegamos a un segundo plano la acción política y a un tercero el esfuerzo mismo de decidir. Una actitud así, desde un puesto de mando, es un crimen: la degradación final de la democracia representativa, donde, en un ejercicio de suprema ironía, el representante en quien la comunidad delega la decisión delega a su vez en una máquina la responsabilidad de pensar.

La próxima generación de políticos, que será la mía, deberá saber separar las cosas. Deberá aprender que contestar y responder no son lo mismo. Una máquina contesta una pregunta; un político debe responder por ella. Y esa respuesta va más allá de las palabras: se acompaña de actos, de convicciones y de una presencia que transmitimos a otros y que, por ahora, ninguna máquina sabe transmitir.

El autor es socio fundador de Iurispa y asesor en políticas públicas.