Suelo escribir sobre los niños y su bienestar: sobre cómo cuidarlos, protegerlos y acompañarlos para que crezcan sanos, seguros y felices. Hoy, sin embargo, quiero usar este espacio para mirar hacia otro punto esencial del círculo de la vida: los adultos mayores. Aquellos que nos enseñaron casi todo lo que sabemos y, en buena medida, lo que somos; lo que decidimos repetir y también lo que, con amor, elegimos transformar.
La semana pasada escribí sobre la magia. Esa magia cotidiana y silenciosa que no tiene luces ni aplausos, pero que transforma la vida de los niños: la magia de sentirse vistos, escuchados y cuidados. Y mientras escribía, entendí algo que a veces olvidamos en medio del corre corre: esa magia no la inventamos nosotros. La aprendimos. La heredamos.
La aprendimos de nuestros padres, abuelos, tíos, maestros, vecinos y colegas con más experiencia. De personas que crecieron en contextos muy distintos a los nuestros, muchas veces con menos recursos, menos información y menos opciones, pero con una enorme capacidad de sostener, resolver y amar. Ellos fueron los primeros magos. Los que hicieron posible que hoy estemos aquí.
Los adultos mayores nos enseñaron —con palabras y con el ejemplo— el valor del esfuerzo, la constancia, el respeto y la paciencia. Nos enseñaron a esperar, a tolerar la frustración y a agradecer lo que se tiene. Nos transmitieron rutinas, tradiciones y gestos simples que hoy seguimos repitiendo sin darnos cuenta: una receta, una frase, una forma de consolar, una manera de celebrar.
También nos enseñaron, sin proponérselo, qué cosas queremos hacer distinto. Qué silencios queremos romper. Qué emociones queremos nombrar. Qué heridas no queremos heredar. Y eso también es un legado valioso, porque crecer implica tomar lo recibido, agradecerlo, revisarlo y transformarlo.
Vivimos en una época que corre rápido, demasiado rápido. Una época donde la productividad parece valer más que la presencia y donde las pantallas muchas veces reemplazan las conversaciones. En ese contexto, los adultos mayores suelen quedar al margen: “desactualizados”, “lentos”, “repetitivos”. Pero basta sentarse a escucharlos con atención para descubrir que allí hay una riqueza que no tiene la inteligencia artificial ni está en Google ni en ningún algoritmo: la experiencia vivida.
Ellos son memoria, historia y perspectiva. Son recordatorio de que no todo se resuelve de inmediato, de que la vida tiene ciclos y de que incluso en los momentos más duros se puede seguir adelante.
Hoy, 1 de enero, quiero hacer un llamado claro, sencillo y profundo: pongamos entre nuestros propósitos de 2026 pasar más tiempo de calidad con nuestros adultos mayores. Tiempo real, sin prisa, sin celular en la mano, con preguntas genuinas y con interés sincero por sus historias.
Preguntémosles cómo fue su infancia, qué los hizo felices, qué les dio miedo, cómo se enamoraron, qué errores cometieron, qué consejos nos darían hoy. Escuchemos incluso lo que ya escuchamos antes, porque muchas veces no se trata de oír algo nuevo, sino de entenderlo desde otro lugar.
Cuando un niño ve a sus padres respetar, cuidar y valorar a los adultos mayores, aprende —sin discursos— una lección fundamental: que la vida merece ser honrada en todas sus etapas; que la vejez no es descarte, sino continuidad; que el amor no se jubila.
Nuestros hijos heredarán la magia que hoy logremos sostener. Y esa magia tiene raíces profundas. Raíces que vienen de quienes nos criaron, nos formaron y nos antecedieron.
Honrar a los adultos mayores no es un gesto nostálgico. Es un acto de responsabilidad intergeneracional. Es reconocer que, sin ellos, nada de esto sería posible. Y que su legado —hecho de aciertos, errores, historias y aprendizajes— es la chispa que nos inspira a transmitir la magia a nuestros hijos.
Tal vez ese sea uno de los propósitos más importantes que podamos asumir. Porque, al final, cuidar a quienes nos enseñaron a hacer magia es la mejor manera de asegurarnos de que nunca se pierda.
La autora es pediatra.


