Mucho se ha escrito sobre Cobre Panamá desde perspectivas económicas, jurídicas, ambientales y políticas. Quisiera aportar una mirada diferente, inspirada en la Doctrina Social de la Iglesia Católica (DSIC): cómo aprovechar nuestros recursos naturales, cuidar nuestra casa común y transformar esa riqueza en oportunidades para los panameños.
En la parábola de los talentos (Mateo 25,14-30), Jesús nos invita a reflexionar sobre nuestra responsabilidad de hacer fructificar aquello que hemos recibido. Sin pretender utilizar esta enseñanza como una justificación religiosa de la minería, encuentro en ella una invitación a pensar cómo administramos los bienes que Dios nos ha confiado.
El Génesis (2,15) nos presenta dos responsabilidades inseparables: cultivar y cuidar. Aprovechar los recursos naturales no significa tener derecho a destruirlos, como tampoco protegerlos implica necesariamente renunciar a utilizarlos.
Desde esta perspectiva, considero que Panamá tiene la oportunidad de avanzar hacia una reapertura responsable de Cobre Panamá, bajo condiciones económicas, jurídicas y ambientales sustancialmente mejores, que beneficien a nuestro país y especialmente a quienes menos oportunidades tienen.
La mina de Donoso ya existe, su terreno ha sido intervenido y su infraestructura está construida. La pregunta es qué hacemos responsablemente con esa realidad.
Pero el debate ambiental va mucho más allá de Donoso.
Según el Diagnóstico de Bosques y Otras Tierras Boscosas 2023, del Ministerio de Ambiente, entre 2021 y 2023, Panamá registró importantes pérdidas y ganancias de cobertura boscosa en distintas regiones. La suma de los cambios netos provinciales y comarcales muestra una pérdida aproximada de 53,400 hectáreas.

Un dato merece especial atención: la provincia de Colón, donde se encuentra Cobre Panamá, registró una ganancia neta de 5,332 hectáreas de cobertura boscosa y otras tierras boscosas. Esto no elimina los impactos ambientales locales, pero invita a analizar los datos objetivamente. La pérdida de bosques tampoco es exclusiva de la minería: la expansión agropecuaria y los cambios de uso del suelo también requieren nuestra atención.
Aquí encontramos un principio fundamental de la DSIC: la economía debe estar al servicio del ser humano, y no el ser humano al servicio de la economía.
El verdadero desarrollo no se mide solamente por exportaciones, utilidades o ingresos estatales, sino por las oportunidades que genera para mejorar la vida de las personas, especialmente de quienes menos tienen.
En Rerum novarum, el papa León XIII defendió la dignidad del trabajo y el derecho a la propiedad privada. El Catecismo de la Iglesia Católica (2402-2406) nos recuerda, además, que los bienes de la creación están destinados a toda la humanidad.
Dos principios orientan esta reflexión: la solidaridad, que nos acerca a quienes necesitan apoyo, y la subsidiariedad, que promueve oportunidades para desarrollar capacidades y salir adelante por nuestros propios medios.
Imaginemos que parte de los beneficios generados por nuestros recursos naturales se tradujera en formación de técnicos, ingenieros, emprendedores y especialistas en conservación ambiental; en empresas proveedoras panameñas y en oportunidades de trabajo digno para las comunidades.
La reforestación podría convertirse en otro motor de desarrollo. Con participación de comunidades, universidades y empresas privadas, podríamos recuperar ecosistemas, proteger cuencas hidrográficas y generar empleo. No se trata solamente de sembrar árboles, sino de cuidarlos y garantizar que los beneficios ambientales perduren.
El reciente terremoto nos recuerda nuestra vulnerabilidad. Las familias que perdieron sus viviendas necesitan soluciones para reconstruir sus vidas. ¿Por qué no destinar parte de los posibles ingresos públicos de la minería a un fondo permanente para prevenir desastres, atender emergencias y reconstruir viviendas?
El papa Francisco, en su encíclica Laudato si’, nos recordó que la Tierra es nuestra casa común, un hogar que compartimos y cuya protección es responsabilidad de todos. También nos invitó a escuchar tanto el clamor de la tierra como el de los pobres. Su propuesta de ecología integral nos ayuda a comprender que el cuidado de la naturaleza y la dignidad humana son responsabilidades inseparables.
En Donoso, cualquier solución responsable habrá de contemplar controles ambientales independientes, protección del agua y la biodiversidad, restauración de las áreas afectadas y recursos suficientes para el eventual cierre de la mina, dentro de un marco jurídico respetuoso del fallo de la Corte Suprema.
La discusión, entonces, no gira solamente alrededor de cuánto cobre podemos extraer, cuántos árboles podemos sembrar o cuánto dinero puede recibir el Estado. También se trata de cuántas oportunidades podemos crear para que más panameños desarrollen sus talentos y construyan su propio futuro.
La verdadera riqueza de Panamá no está solamente en lo que podemos extraer de nuestra tierra, sino en lo que podemos sembrar en ella y, sobre todo, en las oportunidades que podemos crear para nuestra gente.
Los recursos naturales son parte de la herencia que Dios nos ha confiado. Aprovecharlos con sabiduría, protegerlos y transformarlos en oportunidades para las generaciones presentes y futuras es una manera de honrar esa confianza.
El autor es empresario, consultor, Caballero de la Orden de Malta.



