No para derribar un gobierno. No contra una persona, un partido o una ideología. Esta vez el adversario es más difícil de identificar porque se ha ido instalando silenciosamente entre nosotros: la corrupción, el deterioro de las instituciones, la burocracia paralizante, la crisis educativa y esa peligrosa resignación expresada en una frase que hemos terminado aceptando casi como parte de nuestra cultura: “¿qué hay pa’ mí?”
Ha llegado la hora de sustituirla por otra pregunta:
¿Qué hay para Panamá?
Una cruzada diferente
Conocí muy de cerca la Cruzada Civilista de 1987. Fui uno de los panameños que participó en su creación y pagué, como tantos otros, el precio de defender lo que creíamos: cárcel, persecución y exilio.
Pero también aprendí algo extraordinario.
Un pueblo aparentemente resignado puede despertar.
La Cruzada no nació de un ejército ni de una estructura partidista. Surgió de empresarios, profesionales, trabajadores, estudiantes, educadores, iglesias, organizaciones cívicas y ciudadanos comunes que comprendieron que había llegado el momento de superar sus diferencias para defender algo superior a cada uno de ellos: Panamá.
Aquella experiencia pertenece a otro momento histórico y enfrentó circunstancias completamente diferentes. No se trata de reproducirla.
Se trata de recuperar su espíritu.
Porque nuevamente necesitamos una movilización cívica, democrática y pacífica capaz de reconstruir valores que se han ido debilitando.
El enemigo de hoy
La corrupción no consiste solamente en robar dinero público.
También existe corrupción cuando una institución deja de cumplir la función para la cual fue creada; cuando un nombramiento depende de influencias y no de méritos; cuando una ley se diseña para beneficiar intereses particulares; cuando la burocracia convierte un trámite sencillo en una carrera de obstáculos; cuando el ciudadano comienza a pensar que para obtener lo que legítimamente le corresponde necesita una recomendación, un padrino o un favor.
Y existe una corrupción todavía más peligrosa: la corrupción de los valores.
Cuando una sociedad empieza a considerar normal lo que antes consideraba inaceptable, el problema deja de ser solamente jurídico. Se convierte en cultural.
Entonces aparece el “¿qué hay pa’ mí?”.
Y cuando esa pregunta sustituye al interés colectivo, las instituciones comienzan a deteriorarse desde adentro.
La educación: el punto de partida
Ningún país puede reconstruirse sin transformar su educación.
Otros países que atravesaron graves crisis comprendieron que la verdadera revolución comienza en el aula. Finlandia convirtió la formación de sus maestros en una prioridad nacional. Estonia combinó educación, tecnología y digitalización del Estado para construir instituciones modernas y transparentes.
No copiemos modelos. Aprendamos de ellos.
Panamá necesita un gran acuerdo nacional sobre educación que sobreviva a los gobiernos y a los ministros.
La educación no puede continuar siendo un territorio de enfrentamientos periódicos. Tiene que convertirse en una política de Estado.
Pero educar tampoco consiste únicamente en enseñar matemáticas, ciencias, idiomas o tecnología.
Hay que volver a enseñar ciudadanía.
Qué significa vivir en una República. Qué significa respetar la ley. Qué significa servir al país. Qué significa que los bienes públicos pertenecen a todos.
Un niño debe aprender desde la escuela que apropiarse de un dólar del Estado significa quitarle algo a otro panameño.
Instituciones que no dependan de personas
Las democracias sólidas no descansan en hombres providenciales.
Descansan en instituciones.
Y en la arquitectura republicana, la primera línea de contrapeso reside en el Órgano Legislativo. La Asamblea Nacional ostenta las herramientas constitucionales para poner un alto definitivo a la corrupción: aprobar leyes de transparencia real, eliminar privilegios injustificados, priorizar el mérito sobre el patronazgo político y ejercitar una fiscalización estricta sobre el uso del presupuesto. Cuando la Asamblea asume ese deber con altura republicana, protege a la nación; cuando renuncia a él, el clientelismo termina desgastando las bases de la democracia.
Necesitamos fortalecer la independencia de los órganos del Estado, profesionalizar el servicio público, ampliar la carrera administrativa, utilizar la tecnología para reducir la discrecionalidad y hacer que cada ciudadano pueda conocer cómo se utiliza el dinero público.
Mientras más transparente sea el Estado, menos espacio habrá para la corrupción.
La tecnología puede convertirse en uno de los grandes aliados de esta nueva Cruzada Civilista: trámites digitales, compras públicas transparentes, información abierta y sistemas que permitan seguir el recorrido de cada dólar desde que entra al presupuesto hasta que se utiliza.
La corrupción prospera en la oscuridad.
La transparencia enciende la luz.
Un país también se construye conectándolo
Panamá tiene otra deuda histórica: integrar verdaderamente su territorio.
Durante demasiado tiempo hemos pensado el país alrededor de la franja interoceánica mientras enormes posibilidades permanecen dispersas en nuestras provincias y comarcas.
La conectividad física, digital y logística también forma parte de la construcción institucional de una nación.
Carreteras, puertos, telecomunicaciones, educación y acceso a los servicios públicos permiten que un ciudadano de cualquier provincia tenga oportunidades semejantes a las de quien vive en la capital.
Un país desconectado termina siendo también un país desigual.
Y la desigualdad alimenta el clientelismo.
La metodología de la nueva Cruzada
Esta Cruzada no necesita caudillos.
Necesita ciudadanos.
Debe surgir de universidades, gremios profesionales, empresarios, trabajadores, estudiantes, educadores, iglesias, organizaciones comunitarias y ciudadanos independientes.
No debe pertenecer a ningún partido político.
Tampoco debe convertirse en plataforma electoral de nadie.
Su fuerza estaría precisamente en lo contrario: establecer unos pocos compromisos nacionales que puedan ser defendidos por panameños de distintas ideologías.
● Educación.
● Institucionalidad.
● Transparencia.
● Mérito.
● Justicia independiente.
● Digitalización.
Y una ética elemental que debería volver a presidir nuestra convivencia: lo público pertenece a todos.
De la indignación a la acción
Los pueblos no cambian únicamente porque estén indignados.
Cambian cuando convierten la indignación en conducta.
Por eso la nueva Cruzada debe comenzar por algo extraordinariamente sencillo.
Un símbolo.
Durante la Cruzada Civilista, el blanco se convirtió en una forma pacífica de resistencia ciudadana.
Quizás haya llegado el momento de recuperarlo.
Imaginemos una bandera blanca en las casas.
Una bandera blanca en los automóviles.
En los comercios.
En las universidades.
En las escuelas.
En las iglesias.
No tendría que llevar partido, candidato ni consigna electoral alguna.
Sería simplemente una declaración silenciosa:
Yo estoy contra la corrupción.
Una bandera puede parecer poca cosa.
Miles empiezan a ser un mensaje.
Cientos de miles pueden convertirse en una conciencia nacional.
La bandera blanca permitiría que el ciudadano expresara su posición sin gritar, sin insultar, sin cerrar calles y sin enfrentarse con otro panameño.
Cada bandera sería un recordatorio.
Para quien gobierna.
Para quien legisla.
Para quien administra justicia.
Para quien maneja recursos públicos.
Pero también para quien la coloca.
Porque luchar contra la corrupción no consiste solamente en exigir honradez a los demás.
Consiste en practicarla nosotros mismos.
La nueva Cruzada comenzará verdaderamente cuando dejemos de preguntar:
¿Qué hay pa’ mí?
y empecemos a preguntar:
¿Qué hay para Panamá?
Entonces esa bandera blanca, ondeando silenciosamente desde una casa, un automóvil, un comercio, una universidad, una escuela o una iglesia, estará diciendo mucho más que cualquier discurso:
Aquí hay un panameño que no se rinde.
El autor es exdirector de La Prensa



