La elección del próximo secretario general de las Naciones Unidas no será una más. Setenta y nueve años después de la creación del organismo, el proceso para escoger a quien sucederá a António Guterres abre la posibilidad de romper dos barreras históricas: que, por primera vez, una mujer ocupe la Secretaría General y que América Latina y el Caribe vuelvan a encabezar la organización después de 35 años. Pero, más allá del significado de ambos hitos, la elección plantea una cuestión de fondo sobre el liderazgo que necesita hoy Naciones Unidas.

No es un asunto menor: desde 1945, ninguna mujer ha ocupado el cargo más alto de Naciones Unidas y América Latina solo lo ha hecho una vez, con el peruano Javier Pérez de Cuéllar, quinto secretario general de la organización, quien ejerció durante dos mandatos, entre 1982 y 1991. Desde entonces, la Secretaría General ha pasado por África, Asia y Europa, pero nunca ha regresado a nuestra región.

Pérez de Cuéllar llegó a Naciones Unidas después de más de cuatro décadas de carrera diplomática. Su estilo estuvo marcado por la moderación, la discreción y la negociación en una época especialmente compleja, en la que le correspondió conducir la organización durante los últimos años de la Guerra Fría y en medio de una profunda transformación del escenario internacional. Su trayectoria dejó una referencia particularmente vigente hoy: la capacidad del secretario general para ejercer la diplomacia incluso cuando las grandes potencias mantienen posiciones enfrentadas.

Treinta y cinco años después de su salida del cargo, América Latina vuelve a tener una presencia significativa en la carrera. Entre las candidaturas latinoamericanas que participaron en el proceso figuran Michelle Bachelet, de Chile; Rebeca Grynspan, de Costa Rica; Rafael Grossi, de Argentina; y María Fernanda Espinosa, de Ecuador. A ellas se suma, desde el Caribe, Carolyn Rodríguez-Birkett, de Guyana.

La contienda, sin embargo, ya comenzó a dejar candidatos en el camino. Bachelet, expresidenta de Chile y ex alta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, anunció el 19 de septiembre que no continuaría con su candidatura después de quedar rezagada en la tercera votación informal del Consejo de Seguridad, en la que recibió un voto favorable, once desfavorables y tres sin opinión. Antes de retirarse, dejó planteada una idea que trasciende su propia aspiración: que la próxima persona al frente de Naciones Unidas sea una mujer de América Latina.

Por ahora, ese escenario continúa siendo posible. En la tercera ronda informal, celebrada el 18 de septiembre, Grynspan obtuvo nueve votos favorables, cinco desfavorables y uno sin opinión; muy cerca quedó Rodríguez-Birkett, con ocho respaldos, mientras Grossi y Espinosa permanecen también en la contienda. Más allá de las cifras de esta ronda, se trata de un proceso todavía abierto, en el que las posiciones pueden cambiar y será determinante conocer cómo se pronunciarán los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

Ahí aparece una de las grandes contradicciones de la elección. El proceso se ha hecho progresivamente más abierto: los candidatos presentan su visión, su hoja de vida y declaraciones sobre el financiamiento de sus campañas, y participan en diálogos públicos con los Estados miembros y la sociedad civil; sin embargo, la decisión fundamental continúa concentrada en el Consejo de Seguridad.

La Carta de las Naciones Unidas establece que el secretario general es nombrado por la Asamblea General por recomendación del Consejo de Seguridad. En la práctica, esto significa que el candidato necesita superar primero el filtro de quince países y, especialmente, evitar la oposición de cualquiera de los cinco miembros permanentes: Estados Unidos, China, Rusia, Reino Unido y Francia, antes de que la Asamblea General intervenga en el nombramiento.

Por eso, la elección no puede analizarse únicamente como una competencia entre nombres, países o regiones, pues también plantea una pregunta mucho más profunda: ¿qué tipo de secretario general necesita hoy Naciones Unidas?

80 años
Ninguna mujer ha ocupado la Secretaría General desde la creación de la ONU.
35 años
Han transcurrido desde que un latinoamericano dejó la Secretaría General. Fue Javier Pérez de Cuélla, entre 1982 y 1991.
5 países
miembros permanentes del Consejo de Seguridad tienen capacidad de bloquear una candidatura.

La pregunta surge en uno de los momentos más difíciles para el multilateralismo. Las guerras y las tensiones entre grandes potencias han vuelto a poner en evidencia las limitaciones del Consejo de Seguridad, mientras la organización enfrenta restricciones financieras y presiones para reformar su funcionamiento, en un escenario al que se suman desafíos que difícilmente pueden resolverse dentro de las fronteras de un solo Estado: cambio climático, desplazamientos humanos, desigualdad, nuevas tecnologías y crisis humanitarias.

El propio António Guterres puso en marcha la iniciativa ONU80, concebida para revisar el funcionamiento del sistema, reducir fragmentaciones y duplicidades y avanzar hacia una organización más ágil y capaz de responder a los desafíos actuales. La reforma, por tanto, no será un tema periférico para quien asuma la Secretaría General el 1 de enero de 2027, sino que formará parte central de su mandato.

El debate incluso ha alcanzado la duración del cargo. Ban Ki-moon, secretario general entre 2007 y 2016, ha propuesto sustituir el esquema de dos períodos de cinco años por un único mandato de siete años, bajo el argumento de que liberar al secretario general de la necesidad de buscar la renovación de su mandato podría otorgarle mayor autonomía frente a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Ban también ha defendido un liderazgo con mayor capacidad política de mediación y ha advertido sobre la necesidad de reformar el propio Consejo.

Y ese quizá sea el verdadero debate detrás de esta elección.

Que una mujer llegue por primera vez a la Secretaría General tendría un indudable significado histórico y que, además, proceda de América Latina y el Caribe devolvería a nuestra región a una posición que no ocupa desde Javier Pérez de Cuéllar. Sin embargo, ninguno de esos hitos, por sí solo, resolverá los problemas que enfrenta Naciones Unidas.

El desafío será convertir esa representación histórica en capacidad política. La próxima persona que dirija la ONU tendrá que dialogar con potencias enfrentadas, defender la Carta sin convertirse en portavoz de un bloque, recuperar espacios para la mediación y convencer a los Estados de que el multilateralismo sigue teniendo sentido precisamente cuando resulta más difícil practicarlo.

Tal vez allí se encuentre también una enseñanza del legado de Pérez de Cuéllar. En un texto publicado años después de dejar el cargo, el diplomático peruano sostuvo que la independencia y la imparcialidad constituyen elementos esenciales de la Secretaría General, una visión que recuerda que el poder de quien dirige Naciones Unidas no proviene de ejércitos ni de la capacidad de imponer decisiones, sino de algo mucho más difícil de construir: credibilidad, independencia y capacidad para mantener abiertos los canales de diálogo cuando otros los han cerrado.

Por eso, esta elección puede hacer historia, aunque su trascendencia no debería medirse solamente por el género o la procedencia geográfica de quien resulte elegido.

Después de ocho décadas sin una mujer al frente de Naciones Unidas y 35 años sin un latinoamericano en el cargo, ambos elementos tienen un enorme valor simbólico, pero el mundo de 2027 necesitará algo más que simbolismo: una Secretaría General capaz de ejercer liderazgo en una organización que debe demostrar nuevamente su utilidad.

La pregunta, entonces, no es únicamente si ha llegado el momento de una mujer o si le corresponde nuevamente a América Latina y el Caribe, sino si esta elección será capaz de producir el liderazgo que Naciones Unidas necesita para seguir siendo relevante en un mundo cada vez más fragmentado.

El autor es periodista e internacionalista.